Opinión

¿El fin de la era Gutenberg?

Que la lectura se convierta pues, en algo tan natural como echarse un trago de agua o en algo tan cotidiano como comerse un burrito en las calles de Ciudad Juárez

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 24 abril 2021 | 06:00

Un editor que anticipándose a la quiebra decide cerrar su editorial, en el ocaso de la era de la imprenta, la era Gutenberg. Es Samuel Riba, cuya vocación le nació mientras robaba ensayos izquierdistas en una librería de París, en el verano del 68, y a quien le cala hasta la médula la anunciada desaparición de los autores literarios. La era digital ya está aquí, pero hay que darle sepultura, con todas las solemnidades, a la larga época del libro impreso. Riba invita a un reducido grupo de amigos escritores a realizarle a la era o galaxia Gutenberg un réquiem en Dublín. “Un funeral no sólo por el mundo derruido de la edición literaria, sino también por el mundo de los escritores verdaderos y los lectores con talento, por todo lo que se echa en falta hoy en día”.

Riba, que aunque le publicó a infinidad de autores siempre soñó con encontrar al escritor genial, es el personaje principal de la novela “Dublinesca”, de Enrique Vila-Matas. Novela de ideas, caracterizada por la famosa intertextualidad al servicio de la trama, muy propia de Vila-Matas, “Dublinesca” nos conduce por los recovecos de la faena editorial, pero también nos dirige hacia el barranco que antecede al inminente fin de la literatura, lesionada de muerte por la irrupción de la era digital.

Debo aclarar que no pretendo incurrir en un indecente reduccionismo que pretenda sintetizar en tales términos la obra del escritor español. Me atrevo, modestamente, a evocar a “Dublinesca” y a su autor, en la semana de la celebración del Día Internacional del Libro. Lo hago porque se me antoja citar un libro que habla de libros, de muchos libros, muy al estilo de Vila-Matas. Porque para homenajear al libro impreso -que es en lo que yo pienso cuando se celebra un “Día del Libro” y no en una tableta o en un monitor- podemos llevar a cabo un funeral, como el organizado por Riba, el editor. Con toda la tristeza a cuestas podríamos orquestar las pompas fúnebres de la galaxia Gutenberg, pero es que a esa galaxia todavía se le mueve la colita. La anunciada muerte del libro impreso lleva ya varias décadas y las editoriales cada vez optan menos por los grandes tirajes impresos. Ahora vivimos en la coexistencia planetaria –si es que resulta lícita tal expresión- de la galaxia Gutenberg y la galaxia digital. Un dualismo pues, notablemente desproporcionado: por un lado, una famélica galaxia Gutenberg y, por el otro, una robusta y altanera galaxia digital.

Pero la era Gutenberg, para subsistir, no requiere cifras infladas provenientes de encuestas o censos. En esos ejercicios, casi todos mienten. Nadie quiere que se le vea como un auténtico analfabeta funcional. Por ejemplo, según los últimos datos oficiales, la población alfabeta en México de 18 años y más lee en promedio 3.4 ejemplares al año. Son datos de risa. Bueno fuera que, aunque evidentemente bajos, los estándares reales de lectura en México anduvieran por ese número. Basta recordar que en las universidades mexicanas hay estudiantes –y quizá hasta profesores- que nunca han leído un libro completo. En las anécdotas del poder formal el caso de un expresidente mexicano incapaz de mencionar el título de uno, un solo libro, se volvió emblemático. Tampoco requiere de exuberantes embelesos que identifiquen al lector con “el éxito” o con frases de motivación barata. No, requiere más bien de esfuerzos materiales a la usanza del célebre José Vasconcelos. Llevar la lectura a donde se tenga que llevar, así sea montada en una mula. Que la lectura se convierta pues, en algo tan natural como echarse un trago de agua o en algo tan cotidiano como comerse un burrito en las calles de Ciudad Juárez. Así nomás. Sin tanto aspaviento.