Opinión

El derecho a la desconexión

Bryan Pérez trabaja en una conocida maquiladora de Ciudad Juárez

Jesús Antonio Camarillo
Académico
sábado, 16 marzo 2019 | 06:00

Bryan Pérez trabaja en una conocida maquiladora de Ciudad Juárez. Es un empleado modelo. No sabemos si entra o no en la categoría de “godín”, problema demasiado filosófico, pero el caso es que su jefe inmediato acostumbra delegar casi todo en él. El “no” no existe en el vocabulario de Pérez. Su disponibilidad es absoluta. Le gusta ufanarse de que siempre está listo y echándole ganas las 24 horas del día. Esa frase, “echándole ganas” es algo así como su manifiesto programático desde hace muchos años. Por las noches, Bryan duerme con su celular pegado a la almohada, cual arma letal de mafioso siciliano. No pocas veces recibe llamadas a las tres o cuatro de la madrugada. Es uno, u otro de sus “jefes”, que le llaman simplemente porque les surgió una porción de inquietud administrativa y como Bryan es el mejor operativo del que se tenga memoria en la empresa, se tiene que, invariablemente, recurrir a él.

Si a Bryan Pérez le decimos que existe, explícita o implícitamente –dependiendo del sistema jurídico– algo llamado “derecho a la desconexión”, lo más probable es que nos mande, amablemente, a otro tipo de desconexión. Es casi seguro que también nos tache de flojos empedernidos o de ideólogos de una izquierda recalcitrante. En su mundo, esa categoría es impensable y quizá sería un tipo de contradicción sobre su propia manera de ver la vida.

Sin embargo, a Bryan Pérez le asiste, aunque él no lo quiera, ese derecho fundamental. Dentro de los amplios contornos del derecho humano al respeto a la vida privada, el derecho a la desconexión digital irrumpe como una manifestación del derecho laboral al descanso efectivo. Se diría que cuando el derecho a la desconexión es respetado se genera un espacio de autodeterminación para personas que como Bryan, viven una especie de esclavización propia de los avances tecnológicos.

Sin percatarse, Bryan ya no tiene vida propia. En la era de la hiperdigitalización, ha sido consumido por una errónea concepción de la competencia y la productividad. Bryan, en efecto es el hombre-bono. Gana mejor que cualquiera de sus compañeros que ocupan el mismo nivel. Recibe “tortibonos” hasta porque es el empleado que se tarda menos tiempo en el baño. Vive para la empresa y gracias (sic) a la tecnología está siempre conectado a los “objetivos trazados” de su compañía.

A estas alturas a él ya no le interesa ese derecho a la desconexión digital, ni sus alcances. Tampoco sus orígenes, cuando menos los explícitos, pero sería bueno recordar que fue Francia, y muy recientemente –2017–, la primera que exteriorizó el derecho y lo empezó a formular con todas sus letras. Lo hizo, por cierto, de manera muy ambigua, dejando a la labor contractual entre trabajadores, empresas y colectivos la concretización de sus modalidades. Sin embargo, aunque su contenido quedó supeditado a eventuales pactos colectivos ello constituyó el primer paso de lo que vendría después, pues diversos países, sobre todo en Europa han incorporado la figura.

Se entiende que la innovación francesa estuvo plagada de una autorestricción legislativa por evidentes razones. Una de ellas es que, como todo derecho fundamental, el derecho a la desconexión no es absoluto y se tienen que tomar en cuenta diversas situaciones para encontrar el mejor de sus alcances e implicaciones. Una de las más visibles es la que atiende al tipo de trabajo o profesión que se desempeñe. Una desconexión absoluta y permanente en algunas de ellas podría traer consigo consecuencias no sólo jurídicas, sino éticas también.

Calificado por algunos, erróneamente, como un derecho “snob” o frívolo, en realidad el derecho a la desconexión es uno que ya estaba presente, implícitamente, en instrumentos laborales tradicionales, pero que requiere para su efectiva puesta en marcha y frente a los desafíos de la nueva vida tecnología, una explicitación coherente que coadyuve a su real y efectiva garantía.

Aunque no le guste a Bryan.