El crimen paga mejor

Ezequiel es un joven de 21 años que a los 16 emigró del sur de Veracruz a Ciudad Juárez con el sueño de cruzar a EU

Manuel Narváez
Analista
lunes, 11 noviembre 2019 | 06:00

Ezequiel es un joven de 21 años que a los 16 emigró del sur de Veracruz a la fronteriza Ciudad Juárez con el sueño de cruzar a los Estados Unidos para buscar trabajo y enviar dinero a su familia.

Al igual que miles de jóvenes mexicanos que abandonaron sus estudios de secundaria para trabajar y contribuir con el gasto familiar, siendo adolescente se empleó en una de las cadenas de autoservicio que dominan el mercado en México.

Por dos años “jaló” embolsando la mercancía de los clientes, lo cual le permitía juntar diariamente unos $185.00 en propinas, en un horario de 8:00 am hasta las 5:00 pm. Todos los días  acudió a la tienda, salvo los diez consecutivos que faltó a finales de octubre de 2014, cuando enfermó de dengue.

Durante 24 meses Ezequiel H. combinó su rol de “cerillo” y ayudando a acomodar mercancía en los anaqueles de la tienda, gesto que el encargado le agradeció obsequiándole una bata roja. En diciembre de ese mismo año, le ofrecieron la chamba de ayudante, con turnos rotativos en la mañana y en la tarde, y con un salario semanal de mil 300 pesos más prestaciones de ley.

El 'Gelatinoso', como le apodaban por el abundante gel que se untaba en su cabello lacio azabache, pidió al encargado de la tienda que le diera dos días para pensar en la oferta de trabajo, porque quería comentarlo con su hermana mayor (23), la que estaba al cuidado de sus 4 hermanos menores, ya que su mamá trabajaba en casa de una familia pudiente en Cárdenas, Tabasco.

Cumplido el plazo, Ezequiel rechazó la propuesta laboral argumentado que se marcharía a Juárez con el objetivo de cruzar “al otro lado”, ya que sus ingresos como cerillo o el salario semanal ofrecido eran insuficientes para cubrir las necesidades de sus hermanos que aun cursaban la primaria, y toda vez que la diabetes de su madre se complicaba cada día, por lo que requeriría de diálisis y se vería obligada a renunciar a su trabajo y a los 7 mil pesos.

Sin más equipaje que tres mudas de ropa y unos zapatos bastante gastados de la suela, el  'Gelatinoso' cruzó más de medio país a base de raits. Diez días le tomó llegar a su destino, el último tramo de tres días fue con un conductor de tráiler que cubría la ruta Tuxpan-Reynosa-Monterrey-Juárez.

Con una tarjeta de presentación de la empresa de fletes cuyo conductor le entregó, así como 600 pesos en a bolsa, Ezequiel arribó a Juárez a mediados de febrero 2015. Por un golpe de suerte el recién llegado conoció a un grupo de migrantes mexicanos y centroamericanos que cantoneaban en el poniente de la ciudad, quienes le ofrecieron un espacio en el suelo de la construcción de dos piezas en la que dormían 8 personas, todos con edades que fluctuaban los 15 y 25 años.

Al cabo de una semana, el veracruzano consiguió jale de “bombero” en una de las gasolineras ubicadas a la salida a Nuevo Casas Grandes. Aunque el turno era de noche y los ingresos apenas superaban los mil 800 pesos semanales, Ezequiel aguantó dos largos años, mismo tiempo en el que estuvo mandando tres mil pesos mensuales a su familia.

Para el verano del 2017, fastidiado de trabajar de noche y dormir poco durante el día, el joven sureño optó por cambiar de aires. Hacía un mes que salía con Mónica, una madre soltera de 19 años, con una criatura de 2 años de edad, que trabajaba en una maquiladora en el parque industrial Bermúdez.

La nueva pareja se conoció en una fiesta, allá por Horizontes del Sur. Esa noche fue la primera vez que Ezequiel tuvo contacto con el cristal, una droga que Mónica ya consumía desde los 15 años. A la semana de conocerse, el  'Gelatinoso' se mudó a la casa de renta de su novia, que contaba con una modesta cama, comedor, lavadora y un pequeño refrigerador que apenas tenía en su interior leche, huevos y cerveza. En la repisa del cuarto había una pipa utilizada para el cristal.

Tras cinco meses desempleado y constates pleitos con Mónica por la falta de dinero para los gastos personales y el pago semanal de la prima de ésta que cuidaba a su criatura, Ezequiel buscó la tarjeta del chofer del tráiler que lo trasladara de Tuxpan a Juárez.

Después de varios días intentando comunicarse al celular por fin contestaron al otro lado de la línea. Mario ya no trabajaba en los transportes, pero le dijo a Ezequiel que tenía un conocido que podría emplearlo; se reunieron en un bar sobre el eje Juan Gabriel, donde el veracruzano selló su destino.

En tan sólo año y medio el  'Gelatinoso' pasó de las penurias a la bonanza. Maneja un discreto auto de seis cilindros, modelo 2016, tiene dos celulares de los viejitos, porta un radio como el que usan las fuerzas de seguridad, trae fajada al cinto una .9 milímetros y una R-15 en el piso del copiloto.

Su novia Mónica se fue a vivir con su hijo a un condado al norte de El Paso, Texas. Ezequiel la visita cada quince días, cuando “escapa” de supervisar la zona que le encomendaron, muy cerca de los antros de lujo, que recorre con dos blindadas tras de él.

A su familia en el sur de Veracruz le envía 15 mil pesos quincenales. Su mamá recibe atención médica particular, aparte de la pensión que le otorga el Gobierno. Dos de sus hermanos, ya mayores de 18, están por alcanzarlo en Juárez el otro sigue con su mamá y su hermana, no estudia, pero recibe una beca Benito Juárez; su hermana mayor atiende su propia sala de belleza en una plaza de la ciudad de donde son originarios.

Ezequiel sabe de los riesgos que implica trabajar para el crimen organizado. Es consciente de que su vida puede ser muy corta, pero asegura que la prefiere tal como la vive, porque –según él–  ya no pasa hambre ni duerme en el suelo; su mamá está mejor atendida que en el IMSS, sus hermanos ya tienen trabajo en la organización a la que pertenece y su hermano menor y la hermana mayor, tienen mejor futuro.


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