Opinión

El ciudadano y el Estado

Es común que términos cuyo significado está vinculado a un determinado contexto temporal sean irreflexivamente aplicados a épocas que no les corresponden

Pablo Héctor González Villalobos
Analista

lunes, 13 septiembre 2021 | 06:00

Es común que términos cuyo significado está vinculado a un determinado contexto temporal sean irreflexivamente aplicados a épocas que no les corresponden. Este error recibe el nombre de acronismo o anacronismo. Y eso es lo que ocurre con los conceptos de Estado, para referirse a la comunidad política, y de ciudadano, que alude a cada uno de los miembros de esa comunidad.

Estado y ciudadano son conceptos modernos. Nacen a partir de la materialización del ideal ilustrado en la Revolución Francesa. En el antiguo régimen, el Reino es la palabra que se utiliza para denotar a la comunidad política. Y quienes la conforman no tienen la categoría de ciudadanos. 

En efecto, el Reino antiguo se concibe a imagen y semejanza del cuerpo humano, en una metáfora que también se corresponde con la concepción que San Pablo plantea de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Así, en el Reino el Rey es la cabeza, pero también existen otros miembros del cuerpo: son los estratos o corporaciones. Eclesiásticos, militares, comerciantes, aristócratas. Son todos miembros del cuerpo y cada uno, en razón de la función que naturalmente le corresponde, tiene un régimen jurídico propio que protege a sus integrantes. Son los llamados fueros que se aplican, según corresponda, a los miembros del Clero, del Ejército, de la Aristocracia, etcétera.

Se trata, por tanto, de una comunidad no igualitaria (los siervos quedan siempre excluidos de cualquier protección) en la que, paradójicamente, el Monarca tiene poco poder, pues se encuentra con un sistema de contrapesos que se materializa en los fueros.

El ideal ilustrado planteó, entre otros principios, la igualdad universal de los seres humanos. Entre el Estado, que es el nombre que ahora corresponde a la comunidad política, y sus ciudadanos, ya no existen estratos intermedios ni regímenes jurídicos especiales. Y esto, en principio, suena muy bien, ya que se corresponde con la idea de la igual dignidad de toda persona humana.

Pero tiene un grave problema: la desaparición de los contrapesos naturales a quien era la cabeza de la antigua comunidad política genera, en las autoridades que representan y ejercen el poder en el Estado moderno, una concentración de poder sin precedentes en la historia occidental.  No es exagerado afirmar que nunca hasta entonces el gobernado, ahora considerado ciudadano, se había visto tan indefenso frente al poder político que en la nueva concepción es encarnado en el Estado.

De ahí la necesidad de generar novedosos contrapesos que limiten el ejercicio abusivo del poder. La teoría de la división de poderes, que tiene en Montesquieu a su exponente más conocido, es uno de ellos. El principio de legalidad, expresado coloquialmente con la fórmula de una sola ley para todos y nadie por encima de la ley, es otro de tales instrumentos para limitar la concentración del poder.

El reto para el futuro del Estado Constitucional y Democrático de Derecho, como bien los sabían los padres fundadores de la democracia norteamericana, es crear un sistema lo suficientemente equilibrado entre quienes ejercen el poder político, para que el mismo funcione y subsista no sólo cuando se cuenta con buenos funcionarios, sino también cuando la cosa pública queda en manos de malas personas. Tengo para mi que ello es necesario para que valga la pena ser ciudadano.

close
search