Opinión

El averno

Así titula Vasconcelos el final del presidente Madero

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 21 noviembre 2021 | 06:00

Así titula Vasconcelos el final del presidente Madero. Hay quienes hacen la historia, son sus testigos; los hay que nos han dejado en prosa de estupenda calidad lo vivido; es el caso de V., que una en página dolorida y genial narra los momentos decisivos cuando la patria quebró su rumbo.

Herido el general Lauro Villar, Huerta ofreció sus servicios a Madero. De momento se había convertido así en el jefe militar del centro del país. V. se encontraba en Tampico (con Adriana), negociando lo de unas refinarías por encargo del presidente. Ahí lo alcanzó la noticia de la sublevación. De inmediato tomó el tren de regreso a la Capital. 

“Nuestro tren llegó casi a medianoche la estación de Colonia. No había coches, así es que, seguidos de cargadores, nos trasladamos a pie, por la colonia Juárez, donde Adriana tenía su casa. A la mañana siguiente no había ya los teléfonos ni tranvías ni taxis. Desempolvando una bicicleta arrumbada me dirigí a Chapultepec. Por el ascensor privado entré al castillo. Los rosales de la terraza no denunciaban ninguna alarma. En uno de los miradores hallé a Sarita. La rodeaban militares, entre ellos el director del Colegio Militar. Al presentarme a los oficiales, expresó que eran del Estado Mayor del general Huerta. Luego dijo la señora: - Pancho está en Palacio y desea mucho verlo. No es fácil atravesar la ciudad, pero ahora salen para allá esos caballeros, y les voy a rogar que lo lleven. ¿Qué noticias trae? ...- - Pues – respondí-, que el país está en paz, pero angustiado por el rumor de que el señor Madero está preso; me alegra saber que no es cierto…, - Entonces, llamándome aparte, me recomendó: - Dígale eso mismo a Pancho. Se lo ruego…

Sin incidente atravesamos las calles desiertas y entramos a Palacio. El único peligro serio estuvo en que pudieron entregarme a los sublevados… En el Salón Azul encontré a Madero. Después del abrazo afectuoso le repetí la consigna: - El país está en paz; solo que se dice que Huerta le ha quitado a usted el mando y lo ha convertido en su prisionero-. En ese instante asomó con el andar zigzagueante de fiera cauta, el propio Huerta. Madero reía de mi dicho… - A ver: oiga usted, general, oiga lo que dice V. … - Sin darme la cara, el taimado oyó y calló. Ni un músculo tembló en su faz renegrida. Sus ojos vieron desviado y guardó silencio… Madero habló: - Ya ve usted… Aquí está el general, todo lealtad… - Y al pasarle Madero el brazo por el hombre el traidor logró escurrirse.

Caminando, Madero me explicaba: “No acababa de emprenderse el asalto de la Ciudadela por temor de causar destrozos en las casas circundantes. El embajador americano, voz cantante de la sublevación, amenazaba con practicar un desembarco marino en Veracruz si se causaba perjuicio a uno solo de los yanquis que vivían en la zona amenazada. El día anterior todo el cuerpo diplomático empujado por el embajador, había ido a pedirle que renunciara. Él les contestó despidiéndolos, negándoles el derecho de opinar en cuestiones de política mexicana”… - Pase por la Secretaría Particular – añadió -, y vuelva a la hora del almuerzo para que lo haga con nosotros. Y no se preocupe, triunfaremos, porque toda la razón está de nuestra parte.

En la Secretaría hallé menos optimismo. En torno a Sánchez Azcona, estaban los viejos maderistas. Muchos no pisábamos el Palacio desde hacía meses, alejados por pequeñas inconsecuencias de los más inmediatos colaboradores de Madero. El peligro nos volvía a juntar. Recuerdo, entre otros, a Bordes Mangel y Urueta. En voz alta se comentaba la pasividad de los ministros, especialmente la incapacidad notoria del encargado de la guerra. – Lo que debía hacer Madero, - exclamaba Chucho Urueta-, es mandar a paseo a todo su gaviete y constituir otro con jóvenes de lealtad reconocida.

Volví a los salones presidenciales a la hora del almuerzo y Madero me dijo de nuevo: Luego que pase esto cambiaré el gabinete. Son muy honorables todos mis ministros, pero necesito gente más activa. Sobre ustedes los jóvenes caerá ahora la responsabilidad. No me van a decir que no. Verá usted; esto se resuelve en unos días, y, en seguida, reharemos el gobierno, tenemos que triunfar porque representamos el bien. Pobre de México si llegare a imponerse toda esa canalla que nos amenaza. No, no puede ser. El bien tiene que triunfar… - En el comedor de Palacio se servía una comida sencilla, pero bien aderezada. Un Barsac de las viejas reservas llenaba de oro verdoso la transparencia de las copas. La conversación del presidente era animosa, pero los ministros tenían aire lúgubre.

De cuando en cuando estallaba una granada que se perdía por las azoteas, destrozando algún ladrillo y haciendo temblar ligeramente la cristalería. - ¿Por qué? – pregunté, dirigiéndome al Ministro de la Guerra, Ángel García P., tras unos disparos -, ¿por qué los sublevados tienen tan buena puntería y, en cambio los nuestros nunca le pegan a la Ciudadela?

La versión de que estaban de acuerdo sublevados y atacantes me acababa de ser confirmada en la Secretaría. El ministro de la Guerra, sin embargo, no tenía cara de traidor, sino de bembo. - ¿Por qué no asaltan y acaban en dos horas con ese manojo de ratas? – insistí -. Es una vergüenza que cuatrocientos hombres tengan en jaque a toda la nación que está en paz y apoya al gobierno -. Sólo entonces contestó el ministro: - Eso no me compete; la responsabilidad de la situación la tiene el general Huerta.

También me habían aleccionado para que influyera en Madero a fin de que quitara el mando a Huerta y lo diera al general Ángeles, de lealtad incuestionable. La víspera había hecho Huerta una infamia que justificaba el Consejo de Guerra aparte de la destitución. Por una calle estrecha que desemboca a la Ciudadela había metido un regimiento de irregulares maderistas. Los sitiados, sin duda prevenidos, se habían limitado a soltar las ametralladoras. Toda la ciudad vio la carnicería y la traición. – Y Madero no se ve, - exclamaban todos.

O no vio a tiempo o creyó más oportuno contemporizar, entregándose a lo irremediable; extremándole a Huerta la confianza, para desarmarlo, y por lo mismo que ya se sentía en sus manos. Esta hipótesis, sin embargo, parece contraria al carácter decidido de Madero. Su valentía instintiva se hubiera rebelado de transigir con un canalla. Lo más probable es que el destino, al consumar fines tortuosos, ciega a los más lúcidos en el instante en que va a destruirlos. Sobreviene una especie de parálisis la víspera de las derrotas injustas, pero inevitables. La maldición que pesa sobre nuestra patria oscureció la mente del más despejado de sus hijos. Entorpeció la acción del más ágil de sus héroes. A madero lo envolvió la sombra. ¿Qué gran destino ignora estos eclipses? De la penumbra saldría él, limpio y glorioso, cometa rutilante de la historia patria. Pero la nación caería en abismos que todavía no sobrepasa.

Huerta acudía también a la embajada americana para verse de noche con los jefes sublevados y si la traición no acababa de consumarse era porque no se lograban acuerdos en la disputa del poder. Por su parte, el embajador tenía prisa. El 4 de marzo se acababa su representación, Taft terminaba en marzo y estábamos a mediados de febrero. Del reconocimiento del golpe de Estado por el gobierno americano, dependía el éxito de los sublevados.

El 22 de febrero de 1913 se consumó el asesinato brutal de Madero y Pino S., crimen horrendo, vil y despreciable, agravado por las circunstancias de traición a la patria y a la revolución. Solo quedaba don Gustavo Madero y no debía seguir vivo. Huerta lo invitó a comer al Gambrinus donde lo hizo prisionero. Los esbirros lo amordazaron y lo subieron a un auto previamente dispuesto. En el camino lo golpearon en la cabeza con las pistolas para impedir que forcejeara y para acallar sus voces de auxilio.

En la Ciudadela esperaba su presa el caudillo Félix Díaz. Personalmente vejó a Gustavo ya mal herido. Otros vinieron a picarle el vientre con bayonetas. A tirones lo desnudaron; alguien le mutiló el miembro que acercó a los labios de la víctima. Luego lo pisotearon. Le dieron quizás el tiro de gracia. Lo cierto es que el cadáver no fue entregado a la familia; no hubo autopsia; destrozado, lo mandaron enterrar en secreto. Y el ojo de vidrio de Gustavo anduvo de mano en mano como trofeo.

Concluido su rito azteca, Félix Diaz se fue a sus habitaciones privadas; recibió a su barragana; se bañó, se perfumó. En seguida, montó un hermoso caballo y salió con sus huestes rumbo a Palacio para cumplimentar al nuevo presidente, Huerta. No pocas damas de la antigua aristocracia porfirista mojaron sus pañuelos en lágrimas patrióticas y los arrojaron al paso del vencedor que, “pálido y sonriente”, dijeron los diarios, ostentaba un ramo de violetas en el ojal. Las campanas de Catedral se echaron a vuelo todo el día. Comenzaba la fase destructiva y caníbal de la revolución”.

Condensado del Ulises Criollo. “Till my ghastly tale is told/ this heart within me burns”. Con este verso del poeta inglés, Coleridge, concluye V. su relato

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