Opinión
Cultura de la paz para el buen vivir

Donde hay vida hay conflicto

Hace algunos años en un texto de Johan Galtung (Paz por medios pacíficos) leía la frase que encabeza esta nota: donde hay vida hay conflicto

Gerardo Pérez Viramontes

lunes, 29 marzo 2021 | 06:00

Hace algunos años en un texto de Johan Galtung (Paz por medios pacíficos) leía la frase que encabeza esta nota: donde hay vida hay conflicto. Surgió entonces la duda respecto de una expresión que se usa al referirse a ellos (resolver conflictos): ¿Podemos abocarnos a “resolver la vida”? En otro texto (Elogio del conflicto) los autores enfatizan que los seres humanos constantemente enfrentamos conflictos que van apareciendo en nuestras interacciones con los demás. Al movernos por las ciudades, al ir de compras al tianguis o al acudir a un centro de salud, nuestros intereses, necesidades y deseos se enfrentan con los deseos, necesidades e intereses de los demás. Día con día vamos entrando y saliendo de situaciones en las que debemos intuir qué hacer con los conflictos, tanto para lograr nuestros objetivos como para no obstaculizar los de los otros. Incluso, la decisión de no hacer nada “para llevar la fiesta en paz”, es también una forma de hacer frente a nuestras disparidades. Otros autores ayudan a replantearnos verdades que hemos dado por sentadas desde una perspectiva antropocéntrica, al no considerar la complejidad en la que nos desenvolvemos como especie. La conflictividad está presente en el universo (el movimiento de las galaxias, la energía contenida en los agujeros negros, los ciclos de los cometas, etc.) e imprime huellas profundas en nuestros comportamientos. Nuestra propia biología subsiste gracias a las contradicciones que mantienen ciertos equilibrios entre salud y enfermedad, cordura y locura, muerte y vida. Por eso, más que la resolución, expertos en el estudio de los conflictos (por ejemplo Lederach ) enfatizan la necesidad de aprender a regularlos o transformarlos utilizando, entre otras herramientas, la imaginación y la creatividad.

El conflicto es la otra cara de la convivencia. Surge y se consolida con quienes convivimos. Mientras no interactuamos con alguien, no hay divergencias, disparidades o desacuerdos. Sin embargo, para manejar sin violencia los conflictos, hay que tomar en cuenta que existen conflictos latentes, situaciones en las que las inconformidades o malentendidos se pueden arreglar con la comunicación y el diálogo; conflictos manifiestos, en los que se deben hacer explícitas las contradicciones para atenderlas antes de que escalen (“batir y batir los conflictos para que emerjan sus elementos constructivos” -dice Galtung); y tomar en cuenta que en muchas ocasiones, al no contar con capacidades para afrontar las divergencias, los implicados en ellas recurren a la forma más burda y simple que existe para “resolverlas”: la imposición, el uso de la fuerza o la desaparición del contrincante. La violencia es siempre una posibilidad para resolver nuestras diferencias. El problema que se deriva al utilizarla es la “espiral de violencia” que genera.

La complejidad cósmica, biológica y socio-cultural constitutiva de la conflictividad humana se manifiesta de mil maneras en la vida cotidiana. Así, ante la pandemia del Covid-19, hay quienes consideran que se debe vacunar de manera universal a todas las personas para conseguir la inmunidad de rebaño, mientras otros sostienen que el virus es un invento detrás del cual se esconden negros intereses; controversia que evidencia una disputa entre percepciones y valores. Frente a la legislación energética aprobada recientemente, empresas productoras de energías limpias están amparándose para anular sus efectos; una divergencia clara entre poderes e intereses de distintos tamaños. Ante la negativa de las autoridades para reabrir espacios escolares, padres de familia exigen el regreso a clases dada las pérdidas que están teniendo sus hijos en materia de socialización y aprendizaje; contraposición en la que están en juego necesidades humanas fundamentales como protección, entendimiento o libertad. Ante la decisión de un partido político de postular como candidato a uno de sus integrantes, voces diversas se alzan en contra de tal nominación al considerarlo una persona indeseable; desacuerdo que surge por lo que cada uno de los actores implicados entiende por justicia y reconocimiento social. Ante la escasez de agua que se sufre en ciertas zonas de la ciudad, expertos en hidrología critican la gestión del vital líquido que han hecho los gobiernos locales; enfrentamiento que gira en torno a lo que se considera prioritario o no para una sociedad.

Las contradicciones, divergencias o desacuerdos, respecto de poderes, valores, percepciones o intereses, están presentes en otros tantos escenarios de interacción humana. Más que resolución, la invitación de los expertos es trascender las dicotomías, transformar el modo de relacionarnos, buscar el justo medio, utilizar el pensamiento paradójico, poner en práctica la empatía. Nadie posee la verdad de lo que son las cosas. La diversidad biológica y cultural nos hace ver, sentir, valorar, actuar de formas distintas. Lo que nos hace iguales son las capacidades que tenemos para el diálogo y la negociación. Negociar es ampliar las alternativas para la toma de decisiones. El aporte de todas y todos es fundamental para construir un mundo mejor sin imposiciones ni exclusiones. Entender que la única manera de lograr mis objetivos es ayudando a los demás a conseguir los suyos. Pero en las sociedades neoliberales y capitalistas -aclaran Benasayag y Del Rey- la idea misma del conflicto parece que ya no tiene sentido y las concepciones de vida en común tienden a ser intolerantes con todo lo que se les opone. Suponen que lo minoritario debe someterse a la mayoría, y que los contestatarios y disidentes son lo anormal. Sin embargo, los conflictos, nacidos de la multiplicidad, crean sociedad. La represión del conflicto solo conduce a la violencia generalizada. Hay que asumir el conflicto, “padre de todas las cosas”, según Heráclito -aclaran los autores.