Opinión
Cultura de la paz para el buen vivir

Desarrollo Humano, una herramienta para la paz

Era el 19 de marzo de 2018. Tres jóvenes estudiantes de cine habían desaparecido en el municipio de Tonalá, Jalisco

Fátima Silva Contreras

lunes, 08 febrero 2021 | 06:00

Era el 19 de marzo de 2018. Tres jóvenes estudiantes de cine habían desaparecido en el municipio de Tonalá, Jalisco. El caso resonó a nivel nacional, muchas ciudades del país encontraron familiar el dolor e indignación.  

Una semana después, un grupo de 19 estudiantes y egresados de la maestría en desarrollo humano del Iteso acudimos a la colonia Jalisco, a pocos kilómetros de donde ocurrió la desaparición. El objetivo: acompañar con talleres a 450 adolescentes y jóvenes en las jornadas de la pascua juvenil. Jamás imaginamos lo que estaba por venir.

Ese día la violencia me alcanzó, el contexto me rebasó. Ni mis años de experiencia como educóloga, ni los disfraces, pelotas, paliacates, olores, texturas, juegos, etc., funcionaron. Los facilitadores mandamos a volar el programa e intentamos ajustarnos, tratamos de dialogar con ellos. Tampoco eso funcionó. Se rompían las reglas una y otra vez; los adolescentes se insultaban, golpeaban y amenazaban constantemente. Se reían unos de otros, se reían también de mí. Expresé mi molestia por faltarme al respeto. 

Hacia el final de la jornada, uno de ellos en un tono nada retador ni irónico, sino más bien confundido, me dice: “Maestra, si está tan enojada, ¿por qué no nos grita?”. Comprendí entonces que ellos esperaron todo el día a que yo les gritara, que los pusiera “en paz” (irónico, ¿no?). Acostumbrados a la violencia en su día a día les faltó mi grito para “cuadrarlos”. Es su señal, a lo que suelen responder. Sólo pude decir: “No tengo por qué gritarte, que me faltes al respeto no significa que yo deba faltarte al respeto a ti”. Sin decir nada, me respondió con una mirada desconcertada y tierna. Y me dijo todo.

Alicia, una catequista que había escuchado, me explicó que el nivel de violencia en sus hogares es muy alto y que ese día les enseñé que existen otras formas de relacionarse, que con eso bastaba. Quizá no logré los objetivos de las actividades planeadas, pero Alicia, sin saberlo, resumió con esa frase la propuesta del desarrollo humano. Supe que el mensaje había llegado. 

Esa noche lloré como hacía tiempo no lo hacía, indignada y rebasada por la realidad. Los adolescentes viven fuertemente violentados en su día a día por sus padres, maestros y la Policía misma. La manera en que han aprendido a responder ante la violencia es violentando a otros, violentándose entre sí, incluso entre amigos. 

Tres días después algunos valientes regresamos. Había algo, la espinita de aportar a ese contexto tan complejo. Mi cuerpo temblaba, el miedo me invadía, pero me invadió junto con otros. Con Néstor, a quien de camino le conté cómo lloré desconsolada y se sorprendió al verme de nuevo ahí. Con Fabiola, quien también se había desvivido intentándolo todo. Con Antonio, a quien a pesar de conocerlo esa mañana trabajamos en sintonía y compenetración. Hablábamos el mismo idioma: desarrollo humano. 

La recompensa no se hizo esperar. El ambiente fue distinto y nosotros con él. Preguntamos a los jóvenes su percepción en torno a la violencia que les rodeaba, sobre cómo se sentían sabiendo que días antes habían desaparecido a tres jóvenes apenas a unos kilómetros de ahí. Después, planteamos en conjunto estrategias de cuidado de nosotros mismos y de los demás. Creamos un mural. Cerramos cantando, haciendo oración y escribiendo palabras de agradecimiento.  

Hablar de desarrollo humano es hablar de experiencias, de personas con rostro y nombre, de compañía, equipo y familia. Es rebeldía, es transgredir la violencia misma, haciendo las cosas distintas. Es amar al otro, apostar por la paz.

MDH. Fátima Silva Contreras

Licenciada en Ciencias de la Educación y maestra en Desarrollo Humano por el Iteso, donde es académica en la Dirección de Integración Comunitaria. Cuenta con 15 años de experiencia en el diseño, ejecución, seguimiento, evaluación y sistematización de intervenciones educativas. Ha acompañado procesos formativos de manera individual y grupal con jóvenes, mujeres, promotores de salud, educación y derechos humanos, indígenas y catequistas, en estados como Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Tabasco y Jalisco. Tiene un diplomado en “acompañamiento humano y espiritual en clave maya” (fortalecimiento del corazón). Actualmente, colabora en distintos proyectos de la Maestría en Desarrollo Humano vinculados al fortalecimiento del tejido social y la ética del cuidado. Es además facilitadora en el diplomado en educación para la paz y justicia restaurativa que coordinan CFIC-Iteso, impartiendo el módulo “transformación positiva de conflictos”, así como el módulo de cierre donde ayuda a la consolidación de proyectos de intervención comunitaria y la recuperación de aprendizajes.