Opinión

Derecho a la cultura

Hace casi una década al maestro Alfonso Muela se le encomendó el cargo de director de Educación y Cultura, sin duda, el mejor comandante para la defensa de ambas categorías que ha tenido este Municipio

Jorge Breceda
Analista

sábado, 04 septiembre 2021 | 06:00

La opinión que leerá no depende de la base conceptual de un autor o alguna teoría conocida (como comúnmente escribo), se fundamenta en el conocimiento empírico; una mirada desde la subjetividad, tal situación derivada de la propuesta de eliminar la Secretaría de Cultura del Estado, dicho lo anterior, comencemos.  

Hace casi una década al maestro Alfonso Muela se le encomendó el cargo de director de Educación y Cultura, sin duda, el mejor comandante para la defensa de ambas categorías que ha tenido este Municipio. 

Posterior al inicio de la administración municipal me asignan la responsabilidad de hacerme cargo de una dirección de área: Dirección de Cultura, esos primeros días me permitieron confirmar tres cuestiones:

1. La importancia que tenía la cultura en el presupuesto gubernamental -ínfimo-, 

2. La lucha que sería implementar programas culturales sustanciales -resistencia al cambio- y

3 El valor cuantitativo y cualitativo de contar con una ciudadanía culta -positivo-. 

Recuerdo que el maestro Muela propuso implementar espacios culturales itinerantes, es decir, sacar elementos culturas de espacios tradicionales a la calle, con un lema al interior de la dirección basado en “si la ciudadanía no va al teatro o museo, el museo y el teatro debe ir a la ciudadanía”. 

Fue entonces que con ayuda de excelentes docentes del Centro Municipal de las Artes implementamos un espacio cada sábado al frente de la exPresidencia Municipal, elegimos tal ubicación porque las tardes en ese espacio de la ciudad el tránsito peatonal era exacerbado. 

La oferta cultural contaba con una obra de teatro, un ensamble de jazz, un espacio de piano, el personaje de Don Chendo que además de ser el animador, brindaba cápsulas de la historia del Centro de la ciudad, en ocasiones tuvimos exposiciones al interior de la exPresidencia de arte plástica: pintura y esculturas. 

Lo anterior, con esfuerzos extraordinarios de equipo, porque cuando falta presupuesto económico lo único que resta es imaginación y recurso humano lleno de talento. Ahora bien, como paréntesis: la administración municipal tenía comprados espacios de publicidad en los medios locales, los canales más vistos, hasta las radiodifusoras de amplitud modulada.

Recuerdo que desde la administración central, se decidió que la promoción de estas intervenciones culturales, fueras promocionadas en radiodifusoras de amplitud modelada. 

En una de ellas, los titulares del programa criticaron fervientemente la política pública bajo el argumento de que a las personas del Centro de la ciudad no les interesaría observar y escuchar este tipo de eventos, hasta el grado de proponer que en lugar de que se tocará un violín, se colocará música con narcocorridos. 

Momento en el que aproveché para explicar la conexión que tiene la cultura, el arte y la estética, elementos que son transversales uno con otro y universalmente aceptados, mencioné como “La rendición de Breda” de Velázquez o cualquier sinfonía de Beethoven provoca en el receptor una emoción positiva, misma que no es opcional: el arte obliga.

Posterior a ello, se dieron el lujo de contraargumentar criticando a Juan Gabriel mencionando que su música no contaba con los acordes, cambios drásticos en el ritmo de la música o letras poco profundas, concluyendo con “lo que hace él, cualquier persona lo puede hacer” por lo que eso no puede considerarse arte. 

La respuesta fue traer nuevamente a Beethoven, un sujeto que realizó su música con cuatro notas, ¡solo cuatro notas! ¿Cualquiera lo pudo hacer? Sí, pero no lo hizo, el creador es Beethoven, tan es así que nadie puede negar que el orden de esas cuatro notas provoca emociones: ahí el valor del arte.

 Concluyó la “entrevista promocional” advirtiéndome que sería un fracaso y que mejor pensáramos en narcocorridos, reggaetón o la banda, oferta musical que sería aceptada. 

El primer sábado, colocamos el templete, preparamos el escenario (micrófonos y bocinas) y -debo aceptarlo- con miedo colocamos 50 sillas, el temor era que nadie se detuviera a ver el espectáculo, el equipo se reunió y al grito: “rómpase una pierna”, principiamos.

¿Qué sucedió? Con alegría les puedo contar que los 50 espacios con silla fueron pocos, se podía observar al emblemático trabajador de la obra sentado en su bote -de pintura- lleno de herramientas de trabajo observando, emocionándose y siendo cautivado con la actuación de los artistas. 

Por ello, es dable reiterar que el derecho a la cultura se debe salvaguardar no por el cumplimiento cuantitativo -un derecho más que se protege-, sino por elementos cualitativos, ese obrero que por un momento fue tocado por ese polvo de mariposas que le hizo emocionarse, sin saber la razón. 

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