Opinión

¿Deprimido o aburrido?

El tema político ya cansa. Estamos sobresaturados

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 08 noviembre 2020 | 06:00

El tema político ya cansa. Estamos sobresaturados; sin rubor oímos: se tomaron 33 mil millones de pesos de un fideicomiso, millones que nadie nunca sabrá dónde quedarán. Y no pasa nada. Hoy dice Sarmiento: Los proveedores de Pemex están pagando el pato. Les deben 168 mil millones de pesos, 35 por ciento más que el año anterior, muchos pueden quebrar ante el incumplimiento de la empresa que el gobierno quiere de nuevo convertir en monopolio. Y no pasa nada. La viñeta de este miércoles en El Diario nos pinta un país solo y un presidente rebasado, desolado. Con la ropa holgada, el rictus de enojo en el rostro, solo, rumiando sus pensamientos. La prensa, una paloma a pie de calle.  

Comienzo a escribir este martes temprano, -the longest day-, y la algarabía electoral de EU tiene ecos en todo el mundo. El abanico de posibilidades y cábalas se abre al infinito; las predicciones y posibles escenarios de los analistas no conocen límites. Cierto, las elecciones en EU importan al mundo entero. Su poder económico y la forma especial de su sistema democrático llaman la atención. China agazapada. Y lo único que sucederá es que gane uno y pierda otro, con sus consecuencias. Estas elecciones pondrán prueba el sistema democrático norteamericano. Ya lo hizo Trump durante cuatro años.

¿Qué no se ha dicho de Trump? Pero México sí debe estar atento y espero que no se haya, ya, equivocado. Con tres mil kms. de frontera vivimos al pie del volcán. Vea usted: México ha comprado a EU, de enero a septiembre, 10 millones 795 mil toneladas de maíz amarillo para producción industrial de frituras y hojuelas, para forraje para hacer tesgüino tan necesario a nuestras etnias, y tortillas de maíz amarillo. Espero que nuestra política exterior haya acertado y no tengamos que comprar maíz, frijol y papa a Evo. Igual, el problema de la violencia y del tráfico de drogas. México debe darse cuenta de que está al lado de una pelea entre leones. Ante cualquier sorpresa Trump se defenderá con todo lo que esté a su alcance, simplemente con todo. Hasta el momento, la paradoja es que ya no se trata de la trama rusa, ahora es el presidente mismo quien boicotea las elecciones. El poder, todo por el poder. 

El poder, la sed de poder, la lucha por el poder, el poder por el poder, constituyen uno de esos lados oscuros de la naturaleza humana. Solo podemos hablar de poder cuando, por un lado, se dan energías reales capaces de cambiar la realidad y, de otro, una conciencia que dirija tales energías, una voluntad que les dé unos fines, una facultad que ponga en movimiento las fuerzas en una dirección determinada. En este sentido, ni los animales ni la naturaleza tienen poder. 

Esto hace del poder algo problemático. Pero, más delicado aún, cuando nos preguntamos: ¿para qué sirve el poder? ¿Qué lo justifica? Por sí mismo, el poder no es ni bueno ni malo; solo adquiere sentido por la decisión de quien lo usa. Más aún, por sí mismo no es ni constructivo ni destructivo, sino una posibilidad para cualquier cosa pues está regido esencialmente por la libertad. Cuando no es la libertad, -y libertad quiere decir “el hombre”-, la que le da un destino, es decir, cuando el hombre no quiere nada, entonces no ocurre absolutamente nada. Se podrá tener el poder para nada y entonces es el caos. 

Si el poder es, pues, neutro y su valor depende de quien lo detenta, en quien ha de ponerse el mayor cuidado es sobre quién recae el poder. En esto radica la ambivalencia de la democracia que puede ser burlada de muchas formas. Elecciones democráticas las hay hasta en Cuba, en Venezuela y Nicaragua. Sobre quién recaiga el poder, es de la máxima importancia. Si en esto no se tiene el cuidado debido, se cumple la profecía de Nietzsche: “la democracia es la dictadura de la estupidez”; o el conde de Miarbeau: “nos diferenciamos de las vacas, de esos mansos animales llevados al matadero, en que nosotros elegimos a nuestros verdugos”. 

El poder significa, en consecuencia, tanto la posibilidad de realizar cosas buenas y positivas como el peligro de producir efectos malos y destructores. Este peligro crece al aumentar el poder; este es el hecho que se ha introducido en la conciencia del hombre con consecuencias aterradoras. De aquí puede surgir también el peligro de que quien disponga del poder sea una voluntad dotada de una orientación moral falsa, o que no obedezca ya  ninguna obligación moral. El poder desvinculado de la dimensión ética es demencial. Incluso puede ocurrir que, detrás del poder, no esté ya una voluntad a la que pueda apelarse, una persona que responda, sino una organización anónima, en la que cada uno sea conducido y vigilado por distancias próximas encontrándose así, aparentemente, dispensado de toda responsabilidad. Esto queda claro en los sistemas dictatoriales de cualquier signo y forma. Esta forma de peligro que el poder representa se vuelve especialmente amenazadora, como ocurre hoy, cuando se va haciendo cada vez más débil el sentimiento que inspira a la persona su dignidad y su responsabilidad, su honradez, los valores personales de la libertad, del honor, del carácter originario de su obrar y de su existir. Existen aspirantes al poder claramente enfermos, inficionados por la violencia, el revanchismo, el odio, la mezquindad. Los conocemos. 

Entonces el poder adquiere un carácter que solo puede ser definido en último término desde la perspectiva cristiana: el poder se vuelve demoniaco. En la medida en que el obrar no se funda ya en la conciencia de la persona, y no se responde de él en sentido moral, aparece en el que obra un espacio vacío de naturaleza peculiar. No tiene el sentimiento de ser el que obra, de que la acción comienza en él, y, en consecuencia, debe responder por ella. Parece como si desapareciera en cuanto sujeto y que la acción no hiciese más que pasar por él. El poder corrompe. Se convierte en un gran peligro.

¿Los peligros del poder se dirigen solo contra los demás? No. Ya Sócrates habría dicho: “Amigo mío, olvidas al que es más profundamente perjudicado en caso de abuso de poder: ¡aquel que lo ejerce!” Y a la objeción de que ese tal ya sabría protegerse, el viejo sabio habría contestado: “El peligro no le viene de fuera: con tal peligro podría arreglárselas. Le viene de dentro: de sí mismo. El poder tiene la propensión a un uso cada vez más fuerte, o sea, a un uso que desprecia toda norma por encima de él. Entonces, el que sucumbe a él, cree que domina a los demás, pero en realidad él mismo es el dominado y, por cierto, por su propio poder”. Misteriosa cosa es el poder. Pero también existe el poder de la humildad, del servicio, de la no violencia. Del amor, del perdón. De la oración. El poder del Crucificado. Nada, absolutamente nada rechazó Cristo con tanta decisión como el poder; lo vio siempre como la tentación demoníaca por antonomasia, por ello solo desde la cruz revela su identidad y nos presta el más grande servicio. ¿Por qué se busca el poder con tan desbordada pasión? (ver. R. Guardini. El Poder.)

Entonces, ¿Deprimidos o aburridos? Dejamos a Richard A. Friedman, profesor de psiquiatría clínica y director de la clínica de psicofarmacología en Weill Cornell Medical College, para otra ocasión. Ahora estamos muy entretenidos con el show político, aunque se desarrolle sobre miles y miles de muertos por el virus, muertos de los que nadie se hace responsable, son simple fatalidad. Cierro el viernes temprano.