Opinión

Decálogo para futuros aspirantes a cargos públicos

Sobre directrices éticas dirigidas a los actores políticos existe una diversidad de ensayos, reglas o principios

Jorge Breceda
Analista

sábado, 14 noviembre 2020 | 06:00

Sobre directrices éticas dirigidas a los actores políticos existe una diversidad de ensayos, reglas o principios, sin embargo, el que se propondrá a continuación tiene gran relación al pensamiento de Carlos Goñi, por lo que espero encuentren en esta opinión una herramienta para hacer política.

No se es dudoso que el valor de la coherencia y la congruencia, ambas características primordiales para las personas que se encuentran en la política, primero, deberá existir un nodo conector -visible- entre lo que dice y lo que se hace, en esa dualidad existen dos sentidos: vista y oído, ambos siendo indispensables para el proceso de comunicación política y para la famosa dialéctica del saber-poder de Foucault. 

Indudablemente los aspirantes deberán entenderse como seres indispensables en la formación de la democracia integral, pero una vez consolidándola, deberán reconocerse como elementos prescindibles, es decir, provocar que el gobernado se empodere a tal grado que ya no sea necesario un gobernante que imponga directrices, este se convertiría en el administrador de las políticas públicas cuya génesis se encuentra en los ciudadanos. 

El tercer elemento consiste en la tolerancia, el aspirante a gobernar no solo debe conocer a su ciudadanía, sino que deberá respetar el pensamiento de las minorías que la integran, la idea permitirá gobernar no desde la cosmovisión personal, sino en la pluralidad de necesidades y exigencias, consentir dicha situación permitirá trasladarse del pequeño comité al gran club.

Atendiendo al anterior, la existencia de un vínculo emocional será próspero, este debiera tener su génesis de manera primigenia, de no ser así, su nacimiento estará sustentado en el agradecimiento por haber sido votado, con ello, nacerá el sustento de intermediación o eje transversal apoyado en el afecto, cariño o aprecio, situación que debe ser dual, el gobernante deberá estimar al gobernado y viceversa, esto porque el ser humano se compromete -de mejor manera- con aquellas causas que nacen de las personas queridas. 

Es imprescindible que se tenga un espíritu voluntarioso, el aspirante a gobernar deberá de contar con un carácter tan potente que en su lenguaje no existe el “no”, sino el permanente deber de establecer los mecanismos para lograr el “sí”.

Sin lugar a duda, para lograr lo anterior se deberá tener la capacidad de imaginación, la obtención de dicha característica se condiciona a una formación multidisciplinar, es decir, por medio de un recorrido académico, empírico y profesional que haya provisto de herramientas intelectuales para la vida.

Basándose en lo expuesto, es necesaria la virtud de la paciencia en dos sentidos, primero, el político deberá llegar a cargos públicos con varias juventudes acumuladas, es decir, con una edad que garantice experiencia en el vivir, segundo, en el quehacer gubernamental -por ejemplo, la construcción de infraestructura- no debe de forzar los tiempos sacrificando el presupuesto público, esto último siendo una conducta despreciable. 

La característica -virtud- que continúa es la justicia, misma que no debe de situarse en la abstracción, para ello, se puede plantear la obligación de la utilización correcta del lenguaje, sobre todo, en el trato que reciben los adversarios políticos, un buen aspirante deberá de abstenerse de usar el verbo ser, por ejemplo, un contrincante pudo haber mentido, pero no por ello, es un mentiroso, esto ayudará a no degradar los personajes públicos y con ello la confianza integral. 

Ahora bien, se llega al décimo -pero no último-, preponderante poseer inteligencia inter e intrapersonal o como mínimo la capacidad de autogestionar las emociones, gobernar el comportamiento derivado de las mismas y permitir a otra persona (contar con consejero) que le prescriba cancelar comportamientos incorrectos: esa voz -aunque externa- asistencial. 

El autoreconocimiento epistémico es funcional en cuanto se cuente con la sinceridad de aceptarlo, ¿Cuándo ha visto un político que acepte ignorancia?, aun y cuando se sabe que no tiene conocimiento. Esta característica permitirá crear grupos multidisciplinares que enriquecerán la toma de decisiones en las políticas públicas, así como en la implementación y evaluación de estas.  

Alguna vez leía un diálogo que tuvo Napoleón derivado de la siguiente pregunta; ¿Qué debo hacer para educar bien a mis hijos?, el personaje francés contestó: “edúquese veinte años antes de tenerlos”, pues los aspirantes deberán tener una formación ciudadana altamente ética, construida por medio de los años y probada a toda cabalidad, porque solo a través del conocimiento se encuentra en posibilidad de modificar la realidad por medio de la enseñanza y el humanitarismo.