De rupturas reales y falsas

En Chihuahua vivimos una pugna anticipada por la sucesión

Jaime García Chávez
Escritor
domingo, 11 agosto 2019 | 06:00

En Chihuahua vivimos una pugna anticipada por la sucesión. El senador por Morena, Cruz Pérez Cuéllar, se mueve fuerte en ese universo que podríamos llamar izquierda y del cual era alérgico meses atrás, actividades que me sirven para examinar la llegada de este tipo de actores bajo banderas impensables. Veamos.

Un tema explorado, pero de ninguna manera concluido, es el cambio de régimen. Se trata de una preocupación permanente en la ciencia política, con muchas explicaciones y modelos, y desde luego correspondientes a innumerables latitudes del planeta donde han sucedido. Ya se puede imaginar la diversidad de enfoques y las largas bibliografías existentes. Llama la atención que cuando se dice “cambio de régimen” se tiende a pensar que es para bien, que se sepulta un pasado para llegar a un estadio superior. En el estudio de las transiciones a la democracia de las últimas décadas –el ejemplo mexicano forma parte de ese elenco– se habla por una parte de la incertidumbre de las reglas cuando se pretende sustituir un sistema autoritario por otro de corte democrático, pero se insiste en la incertidumbre de la meta final, lo que significa, ni más ni menos, que proponiéndose un proyecto como este último se corre el riesgo de no desplazarse hacia ninguna parte, y en ocasiones hasta se puede decir que se va por lana y se sale trasquilado.

Es importante, además, una pieza que acompaña a los cambios de régimen: importantes actores del antiguo se fracturan –algunos dicen, entre los blandos y los duros– dando curso propiamente al cambio, pero a la migración de personajes muy reconocidos del anterior que transitan al nuevo, en ocasiones sin rubor alguno. Algún buen sabor ha de tener el poder para que esto suceda así. Cuando en efecto se deja atrás un autoritarismo, los aperturistas del anterior suelen ocupar cargos de importancia, lo que genera confusión, oposición, perplejidad, o de plano una crisis de confianza, pues nadie cree que los del pasado puedan hacerse cargo de las tareas de un presente que ofertó hacia el futuro una nueva alternativa.

Este fenómeno lo tenemos ahora en escena en nuestra vida política nacional. Nadie duda, a partir de un reconocimiento objetivo de la historia, que en México el quiebre de 1988 hizo migrar a actores del antiguo régimen a un proyecto con gran aliento hacia la democracia. Se trata de figuras señeras que realmente se comprometieron en la construcción de una nueva ruta. Los priistas de ayer, en un momento de abandono del proyecto que se alimentó con la Revolución Mexicana e implantación consecuente del neoliberalismo, los priistas que tengo en mente, pintaron su raya e hicieron posible a la larga la derrota del autoritarismo. En este reparto están las figuras muy conocidas de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, y el propio Andrés Manuel López Obrador, actual presidente de la República y que hacia la década de los 80 no era sino un cuadro menor del PRI en el trópico tabasqueño. 

Fueron los hombres y las mujeres de la ruptura, la ruptura real, porque trazó un momento de inflexión que ya no tuvo retorno y configuró la derrota del PRI, el viejo partido de Estado fundado por Plutarco Elías Calles en 1929. Esa “ruptura”, así denominada por Luis Javier Garrido, fue la matriz a partir de la cual el proyecto democrático se vio factible y como una necesidad para expresar la voluntad de un país con una enorme diversidad y contradicciones. Fue una ruptura nacional, que luego se fue repitiendo y también desfigurando en las diversas regiones de la República, especialmente en las entidades que integran nuestra maltrecha Federación. 

Pero el aliento inicial ya no fue el alimento de las múltiples rupturas que llegaron, a grado tal que siempre me he preguntado hasta cuántas rupturas tenían esencialmente un espíritu democrático, que ahora podemos revisar si vemos las diversas experiencias en gobiernos estatales emanados del PRD, y ahora de Morena, esta última bajo sospecha en tanto no se resuelva el atropello de Baja California, que ciertamente tiene un sentido para pulsar el reeleccionismo, pero tiene otro que de ninguna manera se puede dejar pasar –es un casus belli– pues el gobernador electo, Jaime Bonilla, tiene exclusivamente una voluntad ciudadana que lo faculta para un período de dos años, además improrrogable, que se agotará. Ir a contrapelo de esto es pensar que nuestros diputados pueden sustituir al cuerpo electoral de los ciudadanos.

Volviendo al tema, es inocultable el malestar que existe con esos hombres y mujeres del pasado que ahora se acomodan en la perspectiva de acrecentar su poder. Son los oportunistas de siempre, los que cambian de piel como las víboras para mostrarse devotos de un cambio que nunca desearon, salvo ahora que hay dividendos que repartir. Y ahora no tan sólo son los viejos priistas que se mudaron del autoritarismo para avanzar por una liberalización de la dominación política del partido hegemónico. Los afluentes que ahora vemos son de lo más diverso y a ello contribuye que sea deslavado el principio que da perfil a las formaciones partidarias. Podemos encontrar priistas más conservadores que los panistas. Archienemigos de la izquierda que ahora son adherentes de última hora a Morena, como si tuviesen una larga historia de méritos y armas en las filas de la izquierda mexicana. 

Una cosa es cierta y lo pongo por adelantado: a la hora de la fundación del PRD en 1989, se conjuntaron en una sola expresión dos viejos autoritarismos: el de raíz priista y el de filiación de la izquierda comunista, fuera partidaria o guerrillera, o de cualquier otra índole. Empero, el PRD surgió como producto de una insurgencia cívica que en un momento crucial, tanto de México como del mundo, realizó la crítica para reivindicar el sistema democrático, a grado tal que fueron los antiguos comunistas y socialistas los que generosamente entregaron su registro partidario, largamente buscado, para que el surgimiento del nuevo partido que se opondría al salinismo no tuviese obstáculos procedimentales y burocráticos para seguir en la búsqueda del poder en las sucesivas elecciones que se dieron durante ese sexenio, entre ellas primordialmente las que hubo en Tabasco. 

Cuando el PMS entregó su registro, cosa que lo enaltece, en la vida política local se abría una polémica que aún se recuerda en ciertos círculos: dije que al lado de un partido democrático, que la realidad estaba conformando, debía existir el de los socialistas, en un momento en el que ya el derrumbe del totalitarismo soviético era inevitable. A mi juicio hubiera sido mejor esa vía, pues la izquierda mantenía una visión mucho más amplia, sobre todo en los movimientos sociales y sectores, como la clase obrera, que pasó prácticamente al olvido, con todo lo que eso ha significado.

El PRD se disolvió aunque siga existiendo como franquicia actualmente. Emergió Morena reivindicando una dualidad todavía no resuelta: partido político y movimiento, que son dos cosas distintas y a largo plazo de obligada resolución para tener claridad sobre el futuro que viene para México. Pero aprovechando su carácter de movimiento, es decir de espacio donde todos caben, han llegado a este novísimo partido en el poder, personas de toda las características imaginables, con las historias más complejas y aun negras. Es propio de los movimientos que la pertenencia se traba a través de principios de identidad sumamente laxos. Por ejemplo, el nazismo y el totalitarismo enraizaron en Europa en regiones que se concebían a partir de una pertenencia racial, y entonces todos estaban en una pangermania, bajo la condición exclusiva de tener un origen alemán, o paneslavista, por la sola circunstancia de haber nacido eslavo. 

Dejo aquí esta descripción para preguntarme por el Chihuahua que arrancó ya rumbo al 2021. Pienso que para desgracia de nuestra región, estaremos contando un cuarto de siglo perdido, en más de un sentido, pero de manera inocultable en el político, en el ciclo que va de Patricio Martínez a Javier Corral, pasando por Duarte. Y en el centro del debate, las rupturas, más aparentes que reales, como la que estaría en la miga de la potencial candidatura de Cruz Pérez Cuéllar, panista ayer, momentáneamente por la noche un duartista de MC, y ahora morenista. Por eso me pregunto: ¿Hasta cuántas rupturas?, o ¿es que ya se entró sin tapujos al pragmatismo oportunista más pedestre? Afirmo esto a la luz de una contradicción entre izquierda y derecha reales en un proceso electoral y en uno de los confines del país más delicados como la frontera con los Estados Unidos de Trump.