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Opinión

De política y cosas peores | Una pequeña sorpresa

Era el dueño del circo, y por lo tanto se sentía el dueño del mundo

Armando Fuentes
Escritor

domingo, 08 mayo 2022 | 06:00

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Ciudad de México.— Era el dueño del circo, y por lo tanto se sentía el dueño del mundo. Fue grande su desazón, entonces, cuando al entrar en el remolque donde viajaba y vivía con su mujer la vio en trance más que comprometido con Bi El Bi –Big Little Boy–, el guapo y musculoso enano del circo. Antes de que el poderoso empresario pudiera articular palabra le dijo su esposa: “Recuerda, Barno, que te dije que te tenía una pequeña sorpresa”. Y ya que hablamos de sorpresas no puedo dejar de mencionar la que se llevó aquel sujeto que fue una tarde a una casa de citas de lujo, y a la primera que vio entre las elegantes meretrices que ahí prestaban sus servicios fue a su esposa. Supo entonces que eran mentiras las que ella le contaba para explicar sus cotidianas ausencias vespertinas: que iba a jugar paco con sus amigas; que ese día era la junta del club de jardinería; que tenía su clase de yoga, etcétera. Ardió en cólera el marido al ver aquello. Iba a prorrumpir en dicterios denostosos, pero la señora lo detuvo con imperioso ademán: “Momento –le dijo terminante–. Tú vienes aquí a divertirte y a gastar el dinero que deberías destinar al sostenimiento de la casa. Yo, en cambio, vengo a trabajar y a ganar dinero para el sostenimiento de la casa. ¿Y vas a reclamármelo?”. Pienso que la señora tenía razón. Lo que sucede es que todavía en nuestros tiempos se aplica un rasero moral de manga ancha para el hombre y otro, severo y riguroso, para la mujer. No viviremos en una sociedad justa mientras no sean iguales para ambos géneros los criterios de moralidad (o de inmoralidad)... Y ya que hablamos de sociedad igualitaria recordemos el caso del hijo del hacendado del tiempo de don Porfirio que se aprovechó de la inocencia de una linda rancherita para saciar en ella sus rijos de varón recién llegado a la edad generativa. El padre de la muchacha era el caporal de la hacienda, y puso el hecho en conocimiento de su patrón, el hacendado. El rico señor le respondió: “Entenderás que mi hijo no puede casarse con tu hija. Pero mira: si a consecuencia de lo sucedido ella queda embarazada y tiene un hijo, te daré 5 mil pesos. Si queda embarazada y tiene una hija, te daré 10 mil”. En aquel tiempo ambas sumas eran exorbitantes. Así, el caporal, dándole vueltas al sombrero que tenía en las manos, le dijo con timidez al hacendado: “Y si no queda embarazada, ¿podría darle otra oportunidad?”. Existe una leyenda negra acerca de las haciendas del porfiriato, difundida por los historiadores oficiales a sueldo del gobierno. (De esos especímenes hay en la actualidad varios –y consentidos– ejemplares). Según esa leyenda el hacendado porfirista era un hombre cruel que trataba a sus peones como esclavos, ejercía sobre sus mujeres el derecho de pernada y los explotaba hasta la muerte. Algún hacendado así debe haber habido, es innegable, pero la regla general era la del patrón benévolo, paternalista, que trataba bien a sus trabajadores, siquiera fuese por propio interés, y cuya esposa ejercía con sus mujeres y sus hijos los deberes dictados por la caridad. Y a propósito de caridad recordemos al pordiosero que solía implorar la del prójimo a las puertas de un banco. Salía el gerente de la institución y el hombre le decía con gemebundo acento al tiempo que le tendía el bote en el cual recogía las monedas que le daban: “Una limosna por el amor de Dios”. El banquero ni siquiera volteaba a verlo. Un día el pedigüeño le dijo: “Una limosna por el amor de Dios y de María Santísima”. Entonces el banquero echó mano a la cartera y le dio un billete de 100 pesos al tiempo que le decía: “Así con dos firmas sí”... FIN.

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