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Opinión

De política y cosas peores | Poca administración, y de no mucha calidad

He aquí tres pequeñas palabras con las que cualquier mujer puede abatir el ego de cualquier hombre

Armando Fuentes
Escritor
miércoles, 13 marzo 2019 | 06:00

Ciudad de México.- He aquí tres pequeñas palabras con las que cualquier mujer puede abatir el ego de cualquier hombre: "¿Ya estás ahí?". Hubo agitación y sobresalto en el conocido bar Lovento. Sucedió que uno de los parroquianos, al punto peodo, se había tragado una moneda. Los demás juzgaron que no podría expulsarla ni por el norte ni por el sur, pues la moneda era grande y se veía que el hombre no tenía canales anchos. Acordaron llevarlo al hospital, donde seguramente sería sometido a una operación quirúrgica para sacarle la moneda, pues con esto de la crisis económica no era el caso de perderla. En eso un solitario tipo que bebía en la barra fue hacia los alarmados circunstantes y les dijo con rostro inexpresivo: "Yo puedo sacarle la moneda". Preguntó uno, escéptico: "¿Cómo?". Repitió el otro, imperturbable: "Yo puedo sacarle la moneda". En ese punto intervino el infeliz que se la había tragado: "Proceda usted, por favor -le suplicó al sujeto-, pues siento ya cerca del piloro la frialdad del metal acuñado, y su dureza". Sin decir palabra el individuo tomó en su mano diestra -en su diestra mano- los testículos, compañones, dídimos o testes del afectado y se los apretó con todas sus fuerzas, de modo que lo hizo lanzar un tremendo ululato de dolor. Junto con el ululato lanzó también la moneda, que cayó en el suelo tintineando. (Fue águila, por cierto). "¡Milagro!" -exclamó uno de los contertulios, creyente él. "¡Ah chingao!" -dijo otro, no creyente. Un tercero -el que se había mostrado incrédulo- le preguntó, admirado el tipo: "Dígame, respetable caballero: ¿es usted médico graduado, o sabe de las artes hipocráticas?". "Ni una cosa ni la otra -replicó el que había sacado la moneda-. Soy recaudador de impuestos". "Prediquen, aunque sea con la palabra". Tal consejo les daba San Francisco de Asís a sus hermanos. Quería decirles que el mejor predicador es fray Ejemplo. La lección es importante, pues con frecuencia algunos de los que andan en la vida pública -y muchos también en la privada- dicen una cosa y hacen la contraria. El presidente López, por ejemplo, declaró el pasado fin de semana: "Ya chole con la politiquería; la grilla ya me tiene hasta el copete". Sin embargo en sus comparecencias matinales es posible hallar ejemplos flagrantes de politiquería. Por ejemplo, no es de buena política eso de motejar con adjetivos denigrantes a quienes lo critican, y menos aún tratar de intimidarlos en cualquier manera. "Poca política; mucha administración", recomendaba don Porfirio. La fórmula no es obsoleta o anacrónica. Tiene vigencia permanente. Y en los días que corren -¡ya pasaron cien!- estamos viendo poca administración, y de no mucha calidad. Himenia Camafría, madura señorita soltera, decidió tener gallinas en su corral. Para el efecto fue a una granja y le pidió al granjero que le vendiera 10 gallinas y 10 gallos. "Señorita -acotó el hombre-, para 10 gallinas con un gallo tiene". "Deme 10 -exigió con energía Himenia-. No quiero promiscuidades en mi casa". Doña Macalota se puso frente al espejo y en seguida la comentó, desolada, a su esposo don Chinguetas: "Me veo vieja, fea y gorda". "Bueno -la consoló el muy desgraciado: "Por lo menos tienes buena vista". Las personas con escrúpulos de moralina no deben leer este cuento final. Una joven mujer entró en el consultorio del odontólogo y sin decir palabra empezó a desvestirse. El dentista, azorado, la detuvo al punto. Le dijo: "El consultorio del ginecólogo está en el segundo piso". "Ningún ginecólogo -replicó airada la mujer sin dejar de quitarse prendas-. Usted le puso la placa dental a mi marido, usted me la saca". FIN.