Opinión

De política y cosas peores | No podemos salvarnos solos

La pobreza es campo fértil para los fanatismos políticos o religiosos, y esos fanatismos son capaces de dañar a la nación más rica

Armando Fuentes
Escritor

viernes, 12 febrero 2021 | 06:00

Ciudad de México.- Se conocieron, se trataron una semanas y decidieron casarse. Pocos días antes de la boda él le hizo una confesión: "Cometí el error de casarme dos veces". "No importa -responde ella al tiempo que le mostraba un retrato con dos niños-. Yo cometí dos errores sin casarme"... Don Chinguetas le pidió a su esposa: "Por favor, tráeme una naranja". Preguntó la señora: "¿Te traigo una pelada?". "Está bien -aceptó don Chinguetas-, pero primero la naranja"... Pepito estaba comiendo chocolates en el parque. Pasó un señor y le dijo: "No comas tanto chocolate, niño. Te va a hace daño". Replicó el chiquillo: "Mi abuelito comía mucho chocolate, y vivió hasta los 104 años". Adujo el señor: "Seguramente eso no se debió al chocolate". Quizá no -contestó Pepito-. Entonces más bien se debió a que nunca se metía en lo que no le importaba". Himenia Camafría, madura señorita soltera, llegó corriendo a la casa de su amiguita Celiberia y le dijo con voz llena de agitación: "¿Ya te enteraste? ¡Solicia está acusada de robo de infante!". "¡Pobrecita! -se condolió Celiberia-. Siempre quiso tener un niño. No me extraña que se haya robado uno". "Pero éste era un infante de Marina" -precisó la señorita Himenia... Los pobres necesitan de los ricos para mejorar su condición, pero los ricos necesitan de los pobres para salvarse. La frase no es melodramática ni sensiblera. Tampoco entraña consideraciones meramente religiosas. Lo cierto es que no podemos salvarnos solos: si uno entre nosotros se pierde, con él nos perdemos un poco también todos. La miseria de los pobres acaba por volverse amenaza o castigo para el egoísmo de los ricos. Y esto que se dice de los hombres puede afirmarse igual de las naciones. Si los países ricos tienen instinto de conservación deben propiciar condiciones de justicia y bienestar en los países pobres en vez de aherrojarlos con inhumanas condiciones derivadas de maniobras económicas que se hacen en los grandes centros financieros del mundo. Los pobres son peligrosos por la sencilla razón de que son muchos. Llega el momento en que ni aun la fuerza mayor puede frenarlos en sus demandas de justicia. Lo mismo sucederá tarde o temprano con los pueblos: no es literatura ficción sugerir la posibilidad, algún día, de una especie de revolución universal. La pobreza es campo fértil para los fanatismos políticos o religiosos, y esos fanatismos son capaces de dañar a la nación más rica. De la pobreza deriva el terrorismo que una vez se abatió abatió sobre el país más poderoso de la tierra. No deberían enfrentarse, pues, globalifóbicos y globalifílicos, sino antes bien deberían buscar juntos la fórmula de la justicia, camino único hacia la paz. No pretendan los enemigos de la globalización vivir en una sociedad idílica donde el dinero no cuenta para nada, ni prediquen los globalizadores la existencia de un mundo regido sólo por las leyes del mercado, sin referencia a lo ético o moral. Si se me permite una frase -ésta sí melodramática-, diré que el peligro mayor que se cierne sobre es pobreza. Si estalla causará más daños que los provocados por todas las bombas que se han hecho estallar en todas las guerras. Si no vamos hacia los pobres, ellos vendrán contra nosotros. Cuando eso suceda no diga el mundo que no se lo advertí... El visitante le preguntó a la señora de la casa: "¿Está Pedro su esposo?". "No -responde la mujer, que no oyó bien-. Nada más está algo crudo"... Un individuo le hacía el amor a una rancherita en lo más espeso del bosque. Pregunta ella, nerviosa: "¿Estás seguro, Libidiano, de que a esto se referían los señores del Gobierno cuando nos mandaron acá a promover la reproducción forestal?"... FIN.