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Opinión

De política y cosas peores | Mujeres en peligro

Tomamos un taxi sin considerar si acaso hemos abordado el vehículo que nos llevará a la muerte

Armando Fuentes
Escritor

lunes, 02 mayo 2022 | 06:00

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Ciudad de México– Tenía 14 años de edad, y se llamaba Lucía. Se la robó un jefe revolucionario que pasó como un mal viento con su tropa por el lugar donde vivía la niña, la Villa de Patos, que ahora se llama General Cepeda, en el sur de Coahuila. Sus padres fueron a despedirla a la estación del ferrocarril; llorando la mamá, el padre en silencio hosco. Cuando partió el tren Lucía les dijo adiós tímidamente con la mano por la ventanilla del vagón, avergonzada, como si ella tuviera la culpa de lo que sucedía. El padre pasó el brazo sobre el hombro de su esposa y le dijo con acento al mismo tiempo triste y rencoroso: “Cómo no tuvimos puros hijos hombres”. De eso hace ya más de 100 años. Pienso que muchos padres cuyas hijas han desaparecido, o están muertas, siguen diciendo en nuestro tiempo esa dolida frase. México es uno de los países del mundo en donde es más peligroso ser mujer. A la discriminación prevaleciente se ha añadido el continuado riesgo de padecer violencia y crimen por el solo hecho de ser eso: mujer. Los hombres no lo entendemos. Por la noche salimos a la calle sin pensar si la forma en que vamos vestidos nos pondrá en peligro. Tomamos un taxi sin considerar si acaso hemos abordado el vehículo que nos llevará a la muerte. Bebemos en el antro sin detenernos a sospechar si acaso alguien le puso a nuestra bebida alguna droga que nos quitará el sentido y nos dejará indefensos. Un filósofo griego cuyo nombre ahora se me escapa y ganas no me dan de perseguirlo, dijo estas palabras: “De tres cosas doy gracias a los dioses. La primera: de haber nacido humano y no bestia. La segunda: de haber nacido griego y no bárbaro. La tercera: de haber nacido hombre y no mujer”. Injusticia grande es el hecho de que en nuestro tiempo las mujeres deban vivir con miedo. Ocasiones que deberían ser de gozo y alegría son para ellas motivo de inquietud y de temor. Se preocupan por cosas que a los varones nos tienen sin cuidado: el modo de vestir; la manera de andar; la forma de comportarse; el hecho de mirar. Entre nosotros las mujeres afrontan más riesgos que los hombres. La violencia y la muerte las acechan a ellas en mayor medida que a nosotros. Eso no debería ser. A los varones eso nos debe avergonzar. Mientras nuestras ciudades, nuestras calles y sitios de reunión no sean un lugar seguro para las mujeres, nuestro país no será un lugar seguro para nadie. Un preso le preguntó a otro recién llegado a la penitenciaría: “¿Qué condena te impuso el juez?”. Respondió el otro, pesaroso: “99 años de cárcel”. “¡Qué suerte tienes! –exclamó el primero–. A mí me dictó prisión perpetua”. ¿Todavía se usa la palabra “raya” para designar el salario o sueldo que se percibe en el sitio donde se trabaja? Un tipo se presentó a cobrar su raya semanal, que era de 100 pesos, y se encontró con que su sobre traía 120. Nada dijo, claro. Aplicó el sabio principio según el cual el silencio es oro. Sucedió, sin embargo, que la semana siguiente su sobre traía 80 pesos en vez de los 100 que debería traer. Entonces sí reclamó. “Me dieron 20 pesos menos” –protestó enojado. Le indicó el pagador: “La semana pasada le dimos por error 20 pesos más. ¿Por qué entonces no dijo nada?”. Adujo el individuo: “Porque un error se los puedo pasar, pero dos ya no”. También se llama “raya” la línea que se forma al separar con el peine dos porciones de cabello. Sucedió que Astatrasio Garrajarra llegó a su casa en estado de ebriedad completa. Su mujer, temerosa de que el briago se hubiera gastado el sueldo de la semana en la parranda, le preguntó: “¿Y la raya?”. Tartajeó el majadero: “Una vieja me despeinó todo”. FIN. 

MIRADOR

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Por Armando FUENTES AGUIRRE

“¡Mírame, mírame, mírame!”.

Parece que el jardín me llama a gritos cuando entro en mi biblioteca y enciendo la computadora para. Iba a poner “para trabajar”, pero sucede que para mí escribir no es tarea, sino gozo, y el que hace lo que le gusta no tiene jamás que trabajar.

Pero estaba hablando de mi jardín. Le sorprende que ponga los ojos en la pantalla de la computadora en vez de ponerlos en él. La pantalla no tiene más que palabras. En cambio el jardín tiene árboles, y flores, y verdor de césped, y un palio azul, el cielo saltillero, pintado con el color del manto de la Virgen. 

Dejo mi mesa de trabajo y voy al ventanal a ver ese prodigio: mi jardín. Miro las rosas cortesanas, las inocentes margaritas, los nupciales alcatraces, y esta flor que se llama amor de un rato porque abre sus pétalos cuando va a caer la tarde y los cierra cuando todavía la noche no ha venido. 

Miro mi jardín. ¿Cómo dejar de verlo si es una maravilla? Que la pantalla de la computadora espere. Las palabras pueden esperar. Las flores no.

¡Hasta mañana!... 

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