De política y cosas peores | ‘La mujer obedeciendo manda’

Lo llevó al lecho, y valida de sus artes de mujer lo fatigó hasta hacerlo dormir profundamente

Armando Fuentes
Escritor
martes, 15 octubre 2019 | 06:00

Ciudad de México.- Lo llevó al lecho, y valida de sus artes de mujer lo fatigó hasta hacerlo dormir profundamente. Luego lo mató taladrándole el cráneo con una estaca que le clavó a golpes de martillo. Ese suceso, Armando, no lo saqué de la nota roja de algún periódico amarillo. La sanguinosa narración viene en la Biblia. Está en el libro de los Jueces, 4:17, y se refiere a una mujer con nombre de hombre, Yael, que asesinó a un hombre con nombre de mujer, Sísara. La tal Yael no es tan famosa como Dalila la de Sansón o Judith la de Holofernes, pero comparte con ellas el mérito de haber puesto en vigor, si bien en manera bastante radical, eso del empoderamiento femenino, ahora tan de moda. La verdad, sobrino, es que la mujer siempre ha estado empoderada, desde Eva a nuestros días. Te recuerdo la conocida anécdota de Churchill. Algún entrevistador le preguntó qué opinaba acerca de la afirmación en el sentido de que en el siglo XXI la mujer dominaría al hombre. Con simulado asombro sir Winston exclamó: "¿También en ese siglo?". Yo siempre me he dejado mandar por las mujeres. De ahí mi éxito con ellas. Desde sus principios el mundo ha vivido bajo un matriarcado, ya visible, ya encubierto. Una señora de las de antes daba consejos a su hija que se iba a casar. Le dijo entre otras cosas: "La mujer obedeciendo manda". Tenía razón. A los hombres nos gusta sentir que llevamos las riendas, aunque en realidad seamos los arrendados. Hace días alguien habló en el café acerca de un sujeto a quien su esposa no mandaba. "Pues será marciano" -acotó otro. Pienso que los hombres estamos divididos en dos clases: los que reconocemos que nuestra mujer nos manda y los mentirosos. Yo tuve un jefe de oficina despótico, tiránico. En su presencia los empleados temblábamos, le teníamos miedo. Era un hombrón de estatura gigantea, ancho de espaldas, con cuello de toro, brazos como troncos y manos como yunques. Cuando gritaba, cosa que hacía con frecuencia, las hojas de papel volaban por el aire, se desprendían los cuadros de la pared y las máquinas de escribir caían de los escritorios. Un día fui a su casa con motivo de cierto asunto de trabajo, y mientras lo esperaba en la sala pude oír que su esposa le gritaba a él. De pendejo no lo bajaba; lo ponía como jaula de perico, palo de gallinero, trepadero de mapache o lazo de cochino. Y él: "Sí, mi vida"; "Cálmate por favor, mi cielo"; "Perdóname, mi amor". Tiempo después conocí a la señora. Era una mujeruca que no levantaba seis palmos del suelo, poco agraciada, delgaducha como Doro Merande la de las películas. Pesaría 45 kilos, y le tenía el pie encima a aquel ogro de 110 o más. Explícame eso, Armando, tú que por ser papá, profesor y periodista tienes explicaciones para todo. Lo cierto es que las mujeres han estado siempre empoderadas, aun antes de que surgieran las doctrinas feministas. Y qué bueno, porque ellas saben hacer mejor uso del poder que nosotros, sobre todo cuando hemos llegado a la edad del no poder. Supe de una maestra, señorita ya de edad, que fue electa alcaldesa de su pueblo. El primer día de su gestión se le presentó en el recinto municipal su antecesor. "¿Qué andas haciendo?" -le preguntó ella. Respondió el hombre: "Vengo a darte algunos consejos y a hacerte algunas recomendaciones". "Mira, cabrón -le dijo la profesora-. No me casé para no tener ningún pendejo que me diga cómo hacer las cosas. Así que ya te me estás yendo a la chingada". Aprende esa lección, Armando: trata siempre con respeto y consideración a las mujeres, no sea que con alguna te suceda lo que a Sísara le sucedió con Yael. FIN.