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Opinión

De política y cosas peores | La moral es un árbol que da moras

'Yo sé quién es usted. Usted no sabe quién soy yo, pero aunque no me vea de uniforme soy general igual que usted'

Armando Fuentes
Escritor

sábado, 06 agosto 2022 | 06:00

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Ciudad de México.— “Yo sé quién es usted. Usted no sabe quién soy yo, pero aunque no me vea de uniforme soy general igual que usted. Lo oí hablar mal del señor Presidente, y no hice nada porque cada quien tiene derecho a sus opiniones, pero luego empezó usted a injuriar a su esposa, y eso no se lo voy a permitir. En mi presencia nadie insulta a una mujer decente, y menos si es la Primera Dama. Pídale usted una pistola a uno de los matones que lo acompañan, y que otro me preste la suya a mí, y vamos afuera a arreglar esta cuestión”. El ofensivo tipo farfulló unas palabras de disculpa y salió escurrido con sus acompañantes del restorán donde la acción tuvo lugar. El insolente sujeto era Gonzalo N. Santos, llamado “El alazán tostado”, cacique en aquel tiempo de San Luis Potosí. Quien lo retó era el general Antonio Cárdenas Rodríguez, coahuilense que comandó el Escuadrón 201, de aviadores, aportación de México a la causa aliada en la Segunda Guerra Mundial. Del tiranuelo potosino quedó una frase cínica que se repite mucho, pues cada día la política a la mexicana da algún motivo para repetirla: “La moral es un árbol que da moras”. Cierto agente de Hollywood le dijo a su representado, un escritor de guiones para el cine: “Te tengo dos noticias, una buena y una mala. La buena es que la Columbia materialmente devoró tu guion. La mala es que la Columbia es una chiva que tengo en la casa de campo a don voy a leer los guiones”. Pues bien: la buena noticia es que Delfina Gómez sale de la Secretaría de Educación Pública  -la misma que ocuparon José Vasconcelos, Agustín Yáñez y Jaime Torres Bodet-, dependencia a la cual llevó al nivel más bajo de su historia, y la mala noticia es que va como candidata de Morena al gobierno del Estado de México. Una sombra de  desprestigio acompaña a esa señora. Se sabe que como alcaldesa de Texcoco expolió a los empleados municipales al quitarles un porcentaje de sus sueldos para costear propósitos personales de política. López Obrador festejó la nominación de su delfina -perdón por el deleznable juego de palabras-, lo cual equivale a celebrarse a sí mismo, pues la exalcaldesa, exdiputada, exsecretaria y extorsionadora era su corcholata. Ninguna duda cabe ya de que la 4T es el territorio no sólo de la  ilegalidad, sino también de la impunidad, pues premia la inmoralidad en vez de castigarla. Lo dicho: en el actual régimen la moral es un árbol que da moras. Y chínguensen. (Una disculpa por la ene final).  Un individuo joven y que se veía en buen estado de salud se dirigió a doña Panoplia: “Tengo hambre, señora. Deme una limosna”. Le dijo ella, irritada: “Trabaje”. “¡Uy no! -se asustó el sujeto-. Luego me da más hambre”. En el Bar Ahúnda un solitario parroquiano le contó al cantinero: “He tenido muy mala suerte con las mujeres. La primera a la que le propuse matrimonio me dijo que no, y la segunda, mi actual esposa,  me dijo que sí”.. Don Poseidón, granjero acomodado, era dueño de una mula torda que quería vender. Se la compró un vecino suyo, norteamericano, pero cuando intentó llevársela el animal se negó a salir del corral. “¡Holofernes! -llamó don Poseidón a su mujer. Acudió la señora, y su esposo le pidió: “Tráeme uno de esos chiles habaneros que estás asando en el comal”. Se lo trajo ella y regresó a su cocina. Don Poseidón, entonces, le introdujo a la mula el habanero en salva sea la parte. Con el ardimiento que eso le produjo la retobada acémila salió del corral a todo escape. “Gee! -exclamó consternado el norteamericano (ellos no pueden decir “Jesus”)-. ¿Y ahora cómo alcanzar yo a la mula?”. Llamó don Poseidón: “¡Holofernes!”. FIN.

MIRADOR

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Por Armando FUENTES AGUIRRE

Declara un cierto amigo mío:

-Yo no creo en Dios, pero en el Señor de la Capilla sí.

Hoy es el día más grande para los católicos de Saltillo, mi ciudad. El 6 de agosto se celebra al Santo Cristo de la Capilla, cuya doliente imagen ha presidido la devoción del pueblo desde el siglo diecisiete. 

Ver al crucificado es conmoverse. No es un Cristo desgarrado, sanguinoso. Tampoco tiene la extremada serenidad del que pintó Velázquez. Es un Cristo divino y humano al mismo tiempo, que muestra apenas en la mejilla “la sexta llaga” que los imagineros mexicanos ponían a sus cristos, la herida que causó el traidor beso de Judas, tan malvado beso que hizo estallar la carne en el rostro de Jesús.

 Fui a saludar al Señor de la Capilla en su novenario, como hicieron mis padres, mis abuelos, mis bisabuelos y los bisabuelos de ellos. Soy un heterodoxo. Lo soy desde los 3 años, cuando le pregunté a mi padre al pie del púlpito en  que el cura alargaba su sermón. “Papá: ¿a qué horas se mete el payaso?”. Ante el Santo Cristo, sin embargo, escondo todas mis heterodoxias, y le presento como ofrenda mi vacilante fe de inepto pecador. Salgo en paz de su capilla porque sé que me ha perdonado. Él todo lo perdona. Él a todos nos perdona.    

¡Hasta mañana!...

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