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Opinión

De política y cosas peores | Es peligroso relacionarse con un delincuente

¿Qué hacían en la cama aquel hombre y aquella mujer? Desde luego no estaban jugando a la matatena

Armando Fuentes
Escritor

sábado, 11 junio 2022 | 06:00

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Ciudad de México.– ¿Qué hacían en la cama aquel hombre y aquella mujer? Desde luego no estaban jugando a la matatena. Desnudos ambos, ella se hallaba montada sobre él en la postura que los americanos llaman cowgirl o woman on top. El individuo, la cabeza en la mullida almohada, las manos tras la nuca, disfrutaba los rítmicos movimientos de su pareja. Pero no hay en el mundo dicha duradera. En eso se abrió la puerta de la alcoba y apareció el marido de la doña. Obvio es decir que el recién llegado quedose sin palabras, y eso que hay muchas en el rico idioma castellano. La mujer le dijo: “Epaminondas: sé que piensas que estamos haciendo algo malo. Puedo leerlo en tu cara”. Dos amigas se encontraron. Una le preguntó a la otra: “¿Cómo está tu esposo?”. Dijo la otra: “Regular”. La amiga se preocupó: “¿Le sucede algo?”. “No –respondió la mujer–. Pero hay otros mejores”. “¿Por qué en Estados Unidos no ha habido nunca un golpe de Estado? Porque en Estados Unidos no ha habido nunca una embajada de Estados Unidos”. Esa ingeniosidad o gracejada, que antes se oía frecuentemente, no tiene ya vigencia. En la nación que desde su nacimiento ha presumido ser el adalid de la democracia en el mundo hubo un intento de golpe de Estado. Su instigador es conocido, y un comité senatorial bipartidista ha determinado, ya sin lugar a dudas, su participación en la intentona. Es peligroso relacionarse con un delincuente. También hay gran peligro en tener trato con un estúpido. (“¡Oh Señor, Señor, Señor! / Mándame pena y dolor. / Mándame males añejos. / Pero lidiar con pendejos / ¡no me lo mandes, Señor!”). El mayor riesgo, sin embargo, lo representa un delincuente estúpido. Y Donald Trump es eso: un necio transgresor del orden jurídico; un prepotente violador de la ley cuyas acciones no se basan en el pensamiento, sino en el puro instinto de dominación, tal como sucede en el mundo animal. Si en Estados Unidos priva la ley; si en verdad impera la noción de la democracia; si quien comete un delito es castigado sin importar el poder del dinero o los cabildeos en los pasillos de la justicia, entonces ese hombre malo y necio, Donald Trump, debe ir a la cárcel. Si tal cosa no sucede el prestigio internacional de Estados Unidos sufrirá un serio revés, y el ejercicio democrático habrá recibido un duro golpe sin que el culpable sea castigado por su delito. ¿Cómo puede Biden exigir que haya democracia en Cuba, Nicaragua y Venezuela si no asume la defensa de la democracia en su propio territorio? Trump debe ser sometido a juicio y recibir sentencia condenatoria. Está sobradamente comprobado que fue él quien instigó a la turba de sus seguidores a ir al Capitolio y apoderarse del emblemático recinto como vía –equivocada vía– para seguir él en el poder. Si el mundo no ve a Trump tras las rejas todos los discursos que en el país del norte se pronuncien sobre la democracia y la integridad de la República serán sólo palabras, palabras, palabras. Astatrasio se olvidó del día que era. Se dirigió a su mujer. “Vieja: ¿qué es hoy?”. La señora respondió sin vacilar: “Un borracho, un irresponsable y un güevón”. “Qué día” –quiso precisar él. Con igual rapidez contestó la mujer: “Todos”. La pequeña piel roja le preguntó a su mamá por qué le habían puesto el nombre que llevaba. Le explicó la madre: “En nuestra tribu existe la costumbre de poner a los bebés un nombre relacionado con su nacimiento. Yo me llamo Nube Roja porque el día en que vine al mundo se vio en el cielo una nube de ese color. Tu papá se llama Águila Veloz porque en el momento en que nació cruzó por el aire un águila que volaba con extraordinaria rapidez. ¿Entendiste, Píldora Olvidada?”. FIN.

MIRADOR

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Por Armando FUENTES AGUIRRE

  Me habría gustado conocer a don Ramiro de la Vega y Gómez. Estudiante pobre, en Salamanca, se enamoró de la hija de un hombre noble y rico. Ella lo desdeñó, naturalmente. La pena y decepción del joven fueron tan grandes que decidió quitarse la vida. En el momento en que iba a ahorcarse vio recortada contra el cielo la cruz de la parroquia. Eso lo hizo desistir de su propósito.

    Abandonó los estudios y vino a México. Acá desposó a la hija de un cacique principal. Su suegro le dijo de un lugar en donde había piedras del color del sol. Aquello era oro. El que había sido estudiante pobre se hizo inmensamente rico.

    Volvió a España con su esposa india y sus pequeños hijos mestizos. Encontró que el padre de su antigua enamorada se había arruinado por la bebida y por el juego. Su mansión palaciega estaba en venta. La compró e hizo que el notario pusiera las escrituras de la propiedad a nombre de la mujer a la que había amado y que lo rechazó. 

    Ella fue a darle las gracias y le tomó las manos para besárselas. Le dijo que había enviudado, y que ahora su amor sería para él. Don Ramiro hizo llamar a su esposa y a sus hijos: “Éstos son mis amores”, respondió.

    Me habría gustado conocer a don Ramiro de la Vega y Gómez. Herido de amor, con amor sanó su herida.

    ¡Hasta mañana!...

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