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Opinión

De política y cosas peores | El futuro se ve sombrío

'Estás pendejo' –me dijeron mis amigos. 'Es usted un Quijote' –opinaron generosamente dos de mis cuatro lectores. 'Tú y tus promesas' –fue el escueto comentario de mi esposa

Armando Fuentes
Escritor

sábado, 07 mayo 2022 | 06:00

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Ciudad de México.– “Estás pendejo” –me dijeron mis amigos. “Es usted un Quijote” –opinaron generosamente dos de mis cuatro lectores. “Tú y tus promesas” –fue el escueto comentario de mi esposa. Esas reacciones suscitó el juramento que hice de no pisar suelo de Estados Unidos mientras Donald Trump estuviera en la Casa Blanca. Me irritaron los torpes comentarios que hizo contra México y los mexicanos, y no encontré forma mejor de protestar contra eso que dejar de ir “al otro lado”. Pendejada, quijotada, necia hablada, ustedes juzguen, pero cumplí al pie de la letra el voto que hice. Ahora díganme si no estaba yo puesto en razón al motejar de malvado a ese imbécil que llegó a pensar en la posibilidad de lanzar misiles al territorio de nuestro país, según él para destruir los laboratorios donde los cárteles de la droga las procesan, y así acabar con esas organizaciones criminales. Tan desmesurada estupidez sólo puede caber en la cabeza de un orate. Y pensar que López Obrador, nuestro presidente, está en buenos términos con ese hombre, cuyas órdenes acató siempre en la misma forma en que un criado obedece a su patrón. El futuro se ve sombrío. Lo digo aunque el futuro se me enoje. Increíblemente existe la posibilidad de que Trump vuelva a ocupar la presidencia de su país. Muchos estadounidenses, movidos por sentimientos de racismo, xenofobia y populismo, son partidarios de ese individuo cuya ignorancia corre parejas con su maldad. En previsión de que eso suceda procuraré ir lo más posible al país del norte y visitar mis sitios predilectos: la playa de la Isla del Padre al amanecer o a la caída de la tarde; la librería Barnes and Noble de McAllen; el restaurante Denny’s con su vivificante “Lumberjack’s breakfast”; el mercado dominical de chacharitas en Port Isabel y la tienda donde solía comprar cosas que no necesitaba pero que costaban solamente un dólar. Sucedió que la esposa de Eolio no estaba embarazada. La inflamación de vientre que mostró durante algunos meses era puro aire. En adelante los méndigos muchachillos del barrio iban con el acongojado marido y le pedían: “Señor Eolio: ¿me infla por favor la llanta de mi bicicleta con su pija?”. Don Esforcio acudió a la consulta de un ortopedista y se quejó de que el cuello se le había puesto duro, rígido. Después del correspondiente examen clínico el especialista procedió a interrogar a su paciente. Entre otras cosas le preguntó: “¿Ha tomado usted Viagra?”. “Sí, doctor –reconoció él–. Tanto he tomado que casi soy ya de sangre azul”. “He ahí la explicación de su problema –dictaminó el facultativo–. Seguramente una de las pastillas se le atoró en la garganta; por eso el cuello se le puso así, rígido y duro”. Un hombre demandó a su vecino por injurias. Se quejó ante el juez: “Le dijo ‘perra’ a mi mujer”. “No es cierto –se defendió el otro–. Sólo le dije que la próxima vez que dé a luz me regale un cachorrito”. Don Algón, salaz ejecutivo, se hallaba en su oficina con su linda asistente, la cual se estaba aligerando la ropa. En ese preciso instante el teléfono sonó. Quien llamaba era la esposa de don Algón. Le dijo él: “En este momento no puedo atenderte, querida. El personal me está pidiendo un aumento de sueldo”. El ciempiés y la luciérnaga se casaron el mismo día, cada uno con su respectiva pareja. Al día siguiente de la noche de bodas la luciérnaga le preguntó al ciempiés: “¿Cuántas veces hicieron ustedes el amor anoche?”. Respondió el miriópodo: “Una vez”. “¿Una sola vez? –se burló la luciérnaga–. Nosotros lo hicimos tres veces”. “Sí –admitió el ciempiés–. Pero es que ustedes no tardan tanto en quitarse los zapatos”. FIN.

 MIRADOR

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Por Armando FUENTES AGUIRRE

      El patio de la escuela está lleno de niños y de niñas que juegan; ellos a sus juegos: ellas a los suyos.

      Este niño no juega. Sentado en una banca, solitario, lo mira todo. Nadie lo mira a él, ni su maestra, a quien debería preocupar el hecho de que este niño no juegue y pase todo el tiempo del recreo sentado en una banca, solo.

      En su casa los papás del niño no le preguntan nunca cómo le fue en la escuela, ni qué le encargaron de tarea. El niño hace sus deberes y luego se tiende en su cama y cierra los ojos, aunque no es todavía la hora de dormir.

      ¿Qué piensa el niño? Piensa que nadie lo quiere. Y no hay nada más triste en el mundo que un niño que piensa que nadie lo quiere. Corta una flor y písala. Ahoga entre tus manos a un gatito. Quítale a una niña su muñeca y destrózala ante sus ojos. Ninguna de esas crueldades es comparable a la que sufre un niño que piensa que nadie lo quiere.

      Yo quisiera abrazar a todos los niños del mundo que no ríen, que no juegan, que no tienen amigos, ni papás o maestros que se preocupen por ellos. Crecerán así, solos, y quizá algunos de ellos serán malos sin saber por qué lo son.

      A cada niño debe quererlo alguien.

      Si a un niño le falta amor, a todo el mundo le falta amor.

¡Hasta mañana!...

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