Opinión

De política y cosas peores | El coronavirus no tiene la culpa

Algunos expertos afirman que la economía de México está prendida con alfileres. Eso dicen los optimistas

Armando Fuentes
Escritor

viernes, 26 febrero 2021 | 06:00

Ciudad de México.- "Anoche tuve actividad sexual intensa -le dijo el travieso muchacho a su maestro-. ¿Podría usted posponerme el examen?". "De ninguna manera -negó el profesor-. Puedes escribir con la otra mano". La abejita y su hijito estaban en el cáliz de una florecita. Preguntó el pequeñuelo: "Mami: ¿cómo nací yo?". "Hijo mío -respondió la abejita-. Creo que ha llegado el momento de que te hable de los hombrecitos y las mujercitas". En el campo nudista él le dijo a ella: "Siento un gran atractivo por ti". Bajó ella la vista y exclamó: "¡Mira, de veras!". El niño le contó a la vecina: "La primera vez que mi mamá vio a mi papá se enamoró de él perdidamente". "¡Qué bonito! -se conmovió la señora-. Y seguramente sigue igual de enamorada de él". "Quién sabe -replicó el pequeño-. Nada más aquella vez lo vio". Algunos expertos afirman que la economía de México está prendida con alfileres. Eso dicen los optimistas. Los pesimistas aseguran que los tales alfileres se están cayendo uno a uno. Ciertamente no es ésta la única crisis económica que ha afrontado nuestro país. La primera, según datos fehacientes, ocurrió cuando Acamapichtli gobernó Tenochtitlan, del año 1350 al 1403. Y de ahí p'al real, como se dice: crisis tras crisis tras crisis. Ésta que ahora vivimos, sin embargo, se ha visto agravada por los efectos de la pandemia que, en efecto, le vino como anillo al dedo al régimen de la 4T para explicar la mala situación financiera en que el país se encuentra. Pero el coronavirus no tiene la culpa de todos nuestros duelos y quebrantos económicos. Hay que citar el gasto desmesurado en obras de incierta rentabilidad, como el Tren Maya; de dudosa operación, como el aeropuerto de Santa Lucía, cuya inauguración constituyó una de las más evidentes farsas que se han visto en el tinglado actual, y como la refinería de Dos Bocas, obsoleta y viciada desde antes de nacer. Eso, unido a las cuantiosas dádivas repartidas por el régimen a su clientela electoral, tiene a las finanzas públicas en estado de emergencia. Lejos de mejorar las cosas van a peor. No pongo en duda la honestidad de la administración, por más que algunos empiecen a encontrar en ella elementos para la suspicacia. Lo que aparece clara es su incapacidad para hacer un gobierno eficiente y de bien para la comunidad nacional en general. Lo demás es palabrería mañanera. En el bar el tipo que bebía su copa, solitario, le relató al cantinero: "Tuve muy mala suerte con mis dos esposas. La primera me abandonó para irse con otro hombre, y la segunda no". Aquel caníbal se portaba mal: haraganeaba todo el tiempo, se iba de parranda con amigos y solía tener dimes y diretes con las mujeres de la tribu vecina. Su mujer le comentó a una amiga: "No sé qué hacer con mi marido". Ofreció la otra antropófaga: "Si quieres te presto mi recetario". Don Wormilio declaró en la oficina a la hora del café: "Le voy a sugerir a mi esposa que compartamos el trabajo de la casa". Preguntó uno de sus compañeros: "¿Te has vuelto feminista y abogas por la equidad de género?". "No -replicó el pequeño señor-. Lo que pasa es que yo solo no puedo con todo el quehacer". En el funeral de la señora su compadre lloraba lleno de aflicción. "No se aflija, compadrito -lo abrazó el marido de la finada-. Le prometo volverme a casar". Noche de bodas. La novia salió del baño cubierta sólo por vaporoso negligé de encaje blanco que dejaba a la vista todos sus encantos. Para su sorpresa su flamante marido estaba viendo en la tele el partido de futbol. Le dijo el desposado a su dulcinea: "Me hiciste esperar tres años para esto. Espera tú 15 minutos a que termine el juego". FIN.