Opinión

De política y cosas peores | Despojados de la soberbia

Muchos males e incontables pesadumbres nos vinieron con el año que se fue

Armando Fuentes
Escritor

lunes, 04 enero 2021 | 06:00

Ciudad de México— Primer lunes del nuevo año. Lo recibo con un cuento picaresco al cual seguirá una reflexión. Sucede que un sujeto se enteró de que cierto amigo suyo se hallaba en el hospital. Fue a visitarlo y lo encontró en la cama en posición de decúbito prono, vale decir bocabajo. El lacerado tenía las pompas vendadas como trasero de momia cairota. “Me apena verte en esta situación” -le dijo a su amigo el visitante. Respondió el herido: “La cosa pudo haber estado peor”. Preguntó el amigo: “Pues ¿qué te sucedió?”. Relató el otro: “Estaba haciendo el amor con una dama cuando de pronto el pesado candil del aposento se desprendió del techo y me cayó en las pompas, dejándomelas aplastadas”. El amigo se condolió: “Es lamentable lo que te pasó. Pero ¿por qué dices que la cosa pudo haber estado peor?”. Replicó el encamado: “Porque si el candil se hubiera desprendido unos segundos antes me habría caído en la cabeza”. (No le entendí). Muchos males e incontables pesadumbres nos vinieron con el año que se fue. Lamentamos la pérdida de muchas vidas, valiosas todas, y sentimos el sufrimiento de aquéllos que lloran a un ser querido de quien ni siquiera pudieron despedirse en vida y al que en la muerte no pudieron despedir. Es difícil, y se antoja desmesura, decir que la cosa pudo haber estado peor. Sin embargo he aquí que nos fue conservado el don precioso de la vida, y con ella el hálito de la esperanza. Quizá lo que sucedió -y sigue sucediendo- nos hará más humildes. Posiblemente nos despojará de todo resto de soberbia, si alguna nos quedaba, al pensar en nuestra fragilidad y nuestras indigencias. De lo malo algo bueno podemos rescatar. Ojalá aprendamos la virtud del agradecimiento -a Dios, a la vida, al destino, al azar, a lo que sea- por el día nuestro de cada día. Sursum corda. Elevemos los corazones. A lo lejos se ve ya llegar la luz. En la fiesta don Wormilio no decía palabra. El anfitrión le preguntó a alguien que lo conocía: “¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan callado?”. Explicó el otro: “Sufre un impedimento que desde hace mucho tiempo lo ha privado de la facultad de hablar”. Quiso saber el anfitrión: “¿Qué impedimento es ése?”. Contestó el otro: “Su mujer”. El arquero de Suiza disparó su arco, y su flecha partió en dos la manzana que el niño tenía sobre la cabeza. Dijo el suizo: “I am William Tell”. El arquero de Inglaterra disparó su arco, y su flecha partió en dos la manzana que el niño tenía sobre la cabeza. Dijo el inglés: “I am Robin Hood”. El arquero de México disparó su arco, y su flecha atravesó una oreja del niño, que escapó a todo correr profiriendo ululatos lastimeros. Dijo el mexicano: “I am sorry”. El padre Arsilio fue a buscar a don Algón, próspero ejecutivo de empresa. Quería solicitarle un donativo para las obras sociales de la parroquia. Cuando llegó a su oficina no lo vio. Tampoco estaba visible su secretaria, la señorita Rosibel. Pensando que los dos se hallarían trabajando en el privado del magnate el buen sacerdote llamó con leves toques a la puerta del despacho, y seguidamente la abrió. No debió hacerlo. El espectáculo que vio fue poco edificante. Don Algón y su asistente se hallaban sobre el escritorio ministerial del empresario haciendo cosas poco ministeriales. Se azaró el señor cura, y apresuradamente cerró la puerta. Casi al punto salió de su despacho don Algón, confuso y apenado, arreglándose desmañadamente la ropa y los cabellos. “Perdone, padre -le dijo avergonzado al sacerdote-. Me pescó en el peor momento”. Replicó el padre Arsilio con una gran sonrisa: “El peor momento para usted; el mejor para mi parroquia”. FIN.