Opinión

De política y cosas peores | Condenación eterna

Se llamaba José Guadalupe, pero sus papás le decían Chelupito

Armando Fuentes
Escritor

martes, 28 enero 2020 | 06:00

Ciudad de México.- Se llamaba José Guadalupe, pero sus papás le decían Chelupito. Sus compañeros de la escuela -estaba en tercer año de primaria- no lo llamaban así: le decían “Pin”. Pin para acá; Pin para allá. Con ese apodo, y con el diminutivo que usaban sus papás para dirigirse a él, hacían un juego de palabras que le gritaban al salir de clases para que todos lo oyeran y se rieran de él: “¡Pin! ¡Chelupito!”. Hasta la señorita Esther, su profesora, se reía de aquello que a él lo hacía sufrir. “Pégales” -le aconsejaba su papá. ¿Cómo pegarles? Él era pequeño, el más bajito del salón; los otros eran más grandes y más fuertes. “¡Pin! ¡Chelupito!” repetían el grito en el recreo. Y se reía la señorita Esther, y también las otras profesoras, y los maestros, y hasta el director. “¡Pin! ¡Chelupito!”. Un día les mentó la madre a los que le gritaban, y en bola lo persiguieron por la calle. Se salvó metiéndose en la iglesia. Ahí se estuvo, temblando por el miedo, hasta que oscureció y vio que sus perseguidores ya se habían ido, cansados de esperar a que saliera. “¿Por qué llegas a esta hora?”. “Me dejó castigado la señorita Esther”. “¿Qué hiciste?”. “Dije una maldición”. “No vuelvas”. Y los siguientes días igual. Lo buscaban para pegarle y él corría, se refugiaba en la iglesia y ahí se estaba hasta que se iban. “¿Qué hiciste ahora?”. “Hablé en clase”. “No vuelvas”. “Copié en el examen”. “No vuelvas”. “No supe la lección”. “No vuelvas”. Un día el padre Claro le preguntó por qué iba a la iglesia todas las tardes. Se lo dijo tratando de contener el llanto. El sacerdote regañó a los chiquillos y les advirtió que si volvían a decirle cosas a Chelupito, o a perseguirlo, los iba a acusar con sus papás. Ya no le hicieron nada. El padre Claro era bien parecido. Se dejaba la barba y el bigote, cosa que al obispo no le gustaba nada y a las feligresas mucho. Las muchachas de la parroquia bromeaban entre ellas: “¿Te gusta alguien?”. “¡Claro!”. El padre Claro, sin embargo, rehuía a las mujeres, fueran jóvenes, de mediana edad o incluso viejas. En el seminario le habían enseñado a recelar de la mujer, y aun a temerla. Era ocasión de pecado, la mayor tentación de que se valía el espíritu maligno para hacer caer al hombre y llevarlo a la condenación eterna. Mundo, demonio y carne, los tres enemigos del alma. La carne era la mujer. El maestro de menores les decía siempre que las mujeres tienen entre las piernas las mandíbulas del diablo. Desde niño -sus padres lo llevaron al seminario cuando tenía 11 años- el padre Claro aprendió que debía mantenerse alejado de las mujeres. Por causa de Eva se perdió el género humano. Él no se perdería. En presencia de una mujer se metía las manos en las mangas de la sotana y la saludaba sólo con una inclinación de cabeza. Se daba cuenta de que dos o tres muchachas de la parroquia lo procuraban, insistentes, con cualquier pretexto, y eso lo llenaba de inquietud. Tenía sueños que no se atrevía a confesar. En esas ocasiones las sábanas de su cama amanecían mojadas. Entonces se castigaba a sí mismo antes de dormir. Se hacía quemaduras con el cigarro. El dolor le duraba días y lo defendía de las insidias de las mujeres, que eran las insidias del demonio. Había una joven, sin embargo, tan inocente y pura que no podía albergar en su corazón insidia alguna. Lo miraba con amor y estaba seguro de que podría tomarla cuando quisiera. Ella misma, avergonzada, le confesó un día lo que sentía por él. Pero era mujer, y las mujeres son la puerta del infierno. La carne, sin embargo, es débil, y un día cedió a la tentación. Ahora vive con el temor de que Chelupito les cuente a sus papás lo que le hizo. FIN.