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Opinión

De política y cosas peores | AMLO en Cuba

La gira de López Obrador por países pequeños se hizo para hacerlo sentir grande

Armando Fuentes
Escritor

lunes, 09 mayo 2022 | 06:00

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Ciudad de México– Ella le dijo a él: “Estoy educada a la antigua, y tengo pruritos de decencia. Quiero que lo hagamos con la luz apagada”. “Está bien –accedió él–. Entonces déjame cerrar la puerta del coche”. Don Chinguetas y doña Macalota estaban viendo juntos una serie. En los primeros 124 episodios el joven protagonista se dedicó a cortejar a la muchacha. En el episodio 125 ella le correspondió por fin. Entonces él la besó con pasión ardorosa. Doña Macalota le dijo a su marido en tono de reproche: “Tú nunca me besas así”. Replicó don Chinguetas: “A él le pagan”. Nada sé de relaciones internacionales. Igualmente lo ignoro todo acerca de relaciones nacionales. Y a los 57 años de casado apenas estoy empezando a aprender algo sobre relaciones domésticas. Alcanzo a entender, sin embargo, que la visita del presidente de una nación a otra es ocasión festiva, de músicas, desfiles, banderitas, cordiales ágapes, discursos laudatorios de ida y vuelta y ceremonias de tú me condecoras para condecorarte luego yo. Motivo de pesar fue para Cuba la explosión del Hotel Saratoga, con su trágica y dolorosa secuela de muertos y desaparecidos. En ese contexto la visita de AMLO a la Isla pareció poco oportuna. La gira de López Obrador por países pequeños se hizo para hacerlo sentir grande. En el caso de Cuba, hay que decirlo con paladina claridad, nuestro país usó a la Isla durante muchos años, sobre todo los de la Guerra Fría, como una especie de fantasma para poner temor en los Estados Unidos. Las muestras de amistad de México a La Habana tenían un propósito: suscitar la inquietud de nuestro vecino del norte ante la posibilidad de que el comunismo soviético cobrara influencia entre los mexicanos y su gobierno. Esos habilidosos escarceos hacían que la cornucopia del Tio Sam se volcara sobre nuestro país en ayudas económicas y generosas dádivas. Ahora, derrumbada la URSS y consolidado el poderío yanqui, tal ardid no asusta ya al gobierno americano, que debe haber visto la visita de AMLO a Cuba con más curiosidad que preocupación. En un solo sentido esa visita tendrá un final feliz: López Obrador sí pudo salir de Cuba, a diferencia de cientos de miles de cubanos que quieren escapar de la opresión en que viven, y no pueden. Espero que el tabasqueño no haya mencionado en la Isla palabras como “libertad”, “justicia” y “democracia”. Eso sería mentar la soga en casa del ahorcado, igual que si viniera a México el mandatario de otra nación y hablara aquí de la mentira, la demagogia, el populismo, el caudillismo absolutista y la ineptitud al gobernar. Don Gerolano, señor de muchos años, casó con Flordelisia, joven mujer sin conocimiento de la vida. La noche de las bodas el valetudinario galán le preguntó a su núbil desposada: “Dime, linda: ¿sabes lo que se hace en estas ocasiones?”. “No –respondió con candidez la inocente doncella–. No lo sé”. “Pues estamos arreglados –suspiró don Gerolano, pesaroso–. Tú no lo sabes, y a mí ya se me olvidó”. Otra noche de bodas me viene a la memoria: la de Purito, muchacho honesto y casto, con Ladinia, joven mujer que sabía del mundo y de la vida más de lo que supo Einstein acerca de la relatividad. La noche nupcial él le dijo, solemne y ceremonioso, a su sabidora novia: “Amor mío: en esta ocasión en que nuestra unión de almas de vuelve unión de cuerpos tengo un regalo invaluable para ti; algo que guardé celosamente, como perla de gran precio, para entregarlo a la mujer a quien daría el dulcísimo título de esposa: el don de mi virginidad”. “Te lo agradezco mucho, Puri –contestó Ladinia–. Al regreso de nuestra luna de miel yo te compraré una corbata”. FIN. 

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Por AFA

“Seguirá la onda cálida”

             

Dicen voces comadreras 

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MIRADOR

Por Armando FUENTES AGUIRRE

      Jean Cusset, ateo con excepción de las veces que sufre, dio un nuevo sorbo a su martini –con dos aceitunas, como siempre– y continuó:

      –Yo creo en la oración. La oración es el lenguaje de la fe, y la fe es una fuerza poderosa. Todos deberíamos aprender a orar, así como de niños aprendimos a hablar. Orar es elevarse; el que no ora permanece atado a la tierra.

      Contempló su copa Jean Cusset y prosiguió:

      –Pienso, sin embargo, que a la oración debe seguir el bien. Para que la oración adquiera todo su valor ha de estar seguida de las buenas obras. Para que llegue al cielo hemos de ponerle una escalera de bondad. Ora y visita a un enfermo. Ora y da limosna a un pobre. Ora y acompaña a alguien que está solo. Ora y ten un gesto amable para tu vecino, para tu amigo, para tu compañero de trabajo. Sólo así tu oración será más que palabras.

      Eso dijo Jean Cusset, y dio el último sorbo a su martini. Con dos aceitunas, como siempre.

         ¡Hasta mañana!... 

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