Opinión

De política y cosas peores | Aguas

Todavía empleamos ese término, ‘¡aguas!’, para prevenir a alguien acerca de un peligro o riesgo

Armando Fuentes
Escritor

lunes, 22 marzo 2021 | 06:00

Ciudad de México– Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le contó a un amigo: “Tenía yo tres años cohabitando con esa mujer, pero terminé la relación con ella porque me hizo una pregunta indiscreta”. Quiso saber el amigo: “¿Qué pregunta indiscreta fue ésa?”. Replicó el tal Pitongo: “Una noche me preguntó: ‘¿Cómo te llamas?’”. Mis cuatro lectores conocen ya a Jactancio Elátez, sujeto presuntuoso. Un cierto amigo suyo se lo topó en la calle y le preguntó: “¿Cómo te ha ido?”. “Más o menos bien –contestó Jactancio, displicente–. Vivo en Nueva York, donde soy director del World International Universal Cosmic Bank. Tengo una suite permanente en el Plaza, un condominio en Miami, una villa en la Toscana, un chalet en Paris y una casa en Saltillo”. Inquirió el otro: “¿Y en cuestión de mujeres?”. Dijo Elátez: “Traigo de novia a Miss Universo”. “¿Miss Universo?” –repitió el amigo lleno de admiración–. “Sí –confirmó Jactancio–. Con esta crisis tiene uno que conformarse con lo que salga”. El alcalde de Cuitlatzintli se presentó en el convento de la Reverberación. Le dijo a sor Bette, la madre superiora: “Vengo a invitar a las hermanas a las fiestas patronales”. Inquirió la reverenda, desconfiada: “Pa’ tronales ¿qué?’”. “¡Aguas!”. Según antiguos coronistas esa voz de advertencia se usaba ya en la Ciudad de México en la época de la Colonia. Servía para avisar a los transeúntes que desde la ventana de alguna de las casas caería a la calle el contenido líquido del recipiente llamado bacinica, perica, borcelana o nica, y –con términos más culteranos– taza de noche, la necesaria, la miravisiones o el tibor. Todavía empleamos ese término, “¡aguas!”, para prevenir a alguien acerca de un peligro o riesgo. Con frecuencia López Obrador repite su afirmación en el sentido de que no se va a reelegir. Nuevamente lo hizo este fin de semana en el curso de su visita a Oaxaca. Recuerdo ahora la traviesa frase que hizo don Artemio de Valle Arizpe, ingenioso y pícaro paisano mío saltillense, a propósito del nombre de un ilustre y respetado historiador, don Antonio Pompa y Pompa. Dijo el autor de “La Güera Rodríguez”: “No molesta la pompa; lo que molesta es la insistencia”. Pues bien: en el caso de AMLO lo que despierta suspicacias –al menos en quien esto escribe– es la insistencia con que niega la posibilidad de su reelección. Tal se diría que quiere familiarizar a la ciudadanía con ese vocablo, “reelección”, que hasta ahora ha sonado en México a anatema. Había un dicho popular que se aplicaba a quien fingidamente se resistía a recibir algo que en el fondo deseaba con afán: “No quiero, no quiero; échamelo en el sombrero”. A mí me escama esa insistencia de López Obrador, quien una y otra vez, aunque no venga al caso, niega que vaya a reelegirse. ¡Aguas!... Pimp y Nela forman una pareja singular: él es gigoló y ella su pupila. Una noche de plenilunio exclamó Nela con suspirante acento: “¡Cómo me gusta el brillo de la Luna!”. Acotó Pimp: “A mí lo que me gusta es el brillo de la lana”. El recién casado le dijo tímidamente a su flamante mujercita: “Dulciflor: el pastel de bodas ya se está acabando. ¿Cuándo vas a empezar a cocinar?”. (Podrías empezar a hacerlo tú, recién casado. Ahora las tareas domésticas se reparten por igual entre el hombre y la mujer, lo mismo que el sostenimiento de la casa. Ya no son los tiempos de antes). Una joven esposa le preguntó a su amiga: “¿Cómo es tu marido?”. Respondió la otra: “Es alguien común y corriente; un hombre de todos los días”. “¡Qué afortunada eres! –la envidió la primera–. El mío es de una vez al mes”. FIN.