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Opinión

De política y cosas peores | Accidente áereo

Lord Feebledick regresó a su finca de campo después de haber asistido en Londres a la cena mensual de los veteranos del Cuarto Regimiento de Lanceros

Armando Fuentes
Escritor

jueves, 12 mayo 2022 | 06:00

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Ciudad de México.– Lord Feebledick regresó a su finca de campo después de haber asistido en Londres a la cena mensual de los veteranos del Cuarto Regimiento de Lanceros. Al entrar en su alcoba vio algo que casi lo hizo perder su tradicional flema británica. He aquí que su esposa, lady Loosebloomers, estaba en pleno acto de fornicio con su profesor italiano de canto, el maestro Solfaredo. No iba preparado lord Feebledick para una eventualidad como ésa, de modo que sólo acertó a decir: “Esto no me gusta nada”. Respondió el profesor Solfaredo: “Tiene usted mucha razón, milord. Visto desde fuera este acto carece por completo de atractivo estético”. La pequeña niña le preguntó a su abuelo: “Abue: cuando hace mucho frío por las noches ¿te castañetean los dientes?”. “No lo sé, hijita –respondió el anciano señor–. No dormimos juntos”. En la merienda de los jueves declaró una invitada: “Tuve cinco hijos. Uno con mi primer marido, uno con el segundo, y los otros tres yo sola”. Si el presidente López tiene un mínimo de consciencia debe vivir en estado de continua zozobra. Y es que en cualquier momento puede suceder un accidente aéreo sobre la Ciudad de México o en el Aeropuerto “Benito Juárez”, y él tendría la mayor responsabilidad en esa tragedia que cobraría centenares de vidas. Los repetidos caprichos del prepotente mandatario han convertido en un constante riesgo la navegación aérea sobre la capital, tanto que los pilotos de líneas extranjeras que deben volar a la CDMX, o despegar desde ella, han sido advertidos de los peligros que ahora deben afrontar. La absurda cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en Texcoco; la conversión de un aeropuerto militar en civil; el defectuoso rediseño del tráfico aéreo sobre la urbe; la saturación del campo aéreo actual; las condiciones en que trabajan los controladores aéreos; todo eso constituye un barril de pólvora con la mecha permanentemente encendida y que en cualquier momento puede estallar. Jamás había yo sentido al tomar un vuelo hacia la CDMX la inquietud que experimento ahora. La verdad es que AMLO nos ha complicado la vida en todos los sentidos: el de la salud, el de la seguridad, el de la economía. El hecho de que sea un presidente popular no hace de él un buen presidente. De hecho, algunos lo califican ya como el peor que hemos tenido en los tiempos modernos, y vaya que hemos tenido unos muy malos. En esto de la aviación López Obrador y su gente deben oír las voces de expertos calificados y no las de los cortesanos que tienen 90 por ciento de sumisión y 10 por ciento –o menos– de preparación. Por lo pronto preocúpese AMLO cada minuto de cada hora de cada día, pues en cualquier momento puede acontecer un desastre que a muchos de seguro les costaría la vida y a él la tranquilidad de conciencia por el resto de su vida. Don Centinario, señor de edad madura, acudió a la consulta de su médico. Le dijo: “Hoy por la noche tengo una cita con una dama de pocos años y bastantes ímpetus. Deme algo que me ayude a hacer honor a la ocasión”. Respondió el facultativo: “Tengo un centilitro de las miríficas aguas de Saltillo. Es bien conocida la taumatúrgica virtud de esas maravillosas linfas. Una gota de ellas cayó por accidente junto a la Torre de Pisa, y la legendaria construcción se enderezó. Por ser usted mi paciente le administraré tres, y ya verá sus prodigiosos efectos”. Esa misma noche don Centinario llamó por teléfono al doctor. Le informó lleno de entusiasmo: “¡Cuatro veces, doctor! ¡Cuatro veces!”. “Magnífico –lo felicitó el galeno–. Y ¿qué dijo la dama?”. Replicó don Centinario: “Todavía no llega”. FIN.

MIRADOR

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Por Armando FUENTES AGUIRRE

No es que Malbéne busque la polémica: es que la polémica lo busca a él, y siempre lo halla. Su más reciente artículo, publicado por la revista Signum, de seguro dará motivo a discusión. En él dice esto:

 “Quizá no sea difícil vivir sin Dios, pero no ha de ser fácil morir sin él. En las horas finales hemos de percibir el infinito, después de haber vivido siempre sin pensar en él. Es entonces cuando necesitamos a Dios. No nos preguntemos si existe o no. A esa pregunta sólo la fe puede responder. Entonces, seamos creyentes o no hagamos todos juntos una oración de súplica. ‘Señor Dios: te pedimos por favor que existas’”.

Ciertamente estas palabras no parecen escritas por un teólogo. Por más que se les vea como expresión poética más que como declaración literal, lo cierto es que una manifestación así inquieta a los creyentes. Pero Malbéne lo ha dicho varias veces: “Mi tarea es inquietar, no aquietar”.

         ¡Hasta mañana!... 

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