Opinión

De política y cosas peores | Una ocurrencia más

'No te cases con esa mujer. Es una perdida'

Armando Fuentes
Escritor

jueves, 23 enero 2020 | 06:00

Ciudad de México.— “No te cases con esa mujer. Es una perdida”. Tan drásticas palabras le dijo la mamá de Babalucas a su hijo cuando el tontiloco le anunció su propósito de casarse con Calilla, mujer muy complaciente a la que le habían contado los lunares del cuerpo todos los hombres de la localidad en edad de ejercer su varonía, cuyo número se calculaba en 415. “Ay sí, perdida -se burló Babalucas del consejo maternal-. ¿Y luego cómo la encontré?”. (Sus amigos le advirtieron lo mismo. Le comentaron hablando de Calilla: “Está toda agujerada”. A esa objeción respondió Babalucas: “No la quiero para llevar agua”). Don Chinguetas y su esposa Macalota se hallaban en una banca del parque. En otra banca cercana un muchacho le estaba diciendo a su dulcinea palabras llenas de amor que los esposos alcanzaban a oír con claridad. Doña Macalota le indicó en voz baja a su marido: “Parece que le va a proponer matrimonio. Ésa es una ocasión muy íntima. Tose, para que el muchacho se dé cuenta de que estamos aquí y se detenga”. “¡Ah no! -se negó terminantemente don Chinguetas-. ¡Que se joda! ¡A mí nadie me tosió!”. Eran las 3 de la mañana. Nevaba copiosamente; soplaba un cierzo helado; la temperatura era de 15 grados Celsius bajo cero. En eso sonó el teléfono del doctor Ken Hosanna, que dormía profundamente en la tibieza del lecho conyugal al lado de su esposa. ¿Quién lo llamaba a hora tan irregular? Era doña Panoplia de Altopedo, señora de buena sociedad, rica, soberbia e hipocondríaca. Le dijo al médico que se sentía mal y le pidió -casi le ordenó- que fuera inmediatamente a su casa. Maldiciendo en su interior el facultativo procedió a vestirse y se dirigió al domicilio de la desconsiderada mujer. Bien dice el dicho: “El médico y el cura no tienen hora segura”. Al cabo de un par de horas el facultativo regresó a su casa. “¿Cómo te fue?” -le preguntó su esposa. Respondió el galeno: “Desperté al marido de doña Panoplia y le dije que de inmediato llamara a sus hijos e hijas, lo mismo que a las hermanas, hermanos, primos, sobrinos y demás familiares de la señora”. La esposa del médico se preocupó:”¿Tan mal así está doña Panoplia?”. “No tiene absolutamente nada -contestó, rencoroso, el doctor Hosanna-. Pero no quise ser el único pendejo que anduviera levantado a esa hora en una noche como ésta”. El novio de Glafira fue a pedir su mano. Don Poseidón, el papá de la muchacha, le preguntó al pretendiente: “¿Puede usted mantener una familia?”. Antes de que el solicitante pudiera responder añadió el viejo: “Piense bien lo que va a contestar, joven. Somos ocho”. El planteamiento de López Obrador en el sentido de que sean los propios consumidores los que midan su gasto de luz y luego acudan a hacer el pago que ellos mismos determinen implica un grado de confianza en los ciudadanos que algunos conocedores de la naturaleza humana calificarán de excesivo. A otros les parecerá peregrina esa propuesta, y dirán que es una ocurrencia más de las que cada día le llegan en la madrugada al presidente y que tienen como efecto, primero, asustar a sus colaboradores, y luego dar tema de conversación a todos los tomadores de café a lo largo y ancho del país. No faltará tampoco quien diga que ese anuncio de AMLO es un distractor para que ya no hablemos de la rifa del avión, y se preguntarán qué otro distractor inventará luego el tabasqueño para quitarnos de comentar, unos con razonable escepticismo, otros con inmoderada chunga, eso de que cada mexicano pagará la luz según sea su voluntad. En fin, esto de las mañaneras es un manantial perenne de ocurrencias. Entre una y otra los mexicanos vamos a. No sabemos a dónde. FIN.