Opinión

Cuando todos piensan igual, nadie está pensando

La frase que intitula la opinión la mencionó el estadounidense Walter Lippman

Jorge Breceda
Analista

sábado, 11 enero 2020 | 06:00

La frase que intitula la opinión la mencionó el estadounidense Walter Lippman, la cual refleja la importancia del pluralismo democrático, ya que únicamente por medio del diálogo, el debate, la discusión y la aceptación de victoria-derrota se puede construir un Estado sólido y próspero.

Atendiendo a lo anterior, resulta trascendental examinar la importancia de crear o fomentar estructuras democráticas bajo una perspectiva pluralista. Entiéndase el término de pluralismo como la posibilidad que dentro de una comunidad existan diversas posturas ideológicas y que sus participantes estimen las cualidades de aquellos paradigmas que no son compartidos.

¿Por qué se deben reconocer cualidades en las otras posturas ideológicas? Por múltiples situaciones, entre las que se encuentra, primero, que de la asignación de valor a las ideas contrarias se exalta la victoria del paradigma vencedor, segundo, porque al identificar –fehacientemente– la perspectiva dominante se construye su antítesis, situación que abonará propiamente al debate; tercero, a aquéllos que no cuenten con una percepción democrática sólida, esto le permitirá a repensar el modelo que adoptarán.

La anterior teorización se plantea con un objetivo, en las redes sociales; en la nueva plaza pública –como lo llamaría Jürgen Habermas– se observa la defensa ultranza de diversas posturas políticas y propiamente de políticas públicas, el problema no es la decisión de la defensa sino la falta de objetividad con la que se hace tal salvaguardia.

La problemática de encontrarse ensimismado en una ideología política –objeto idealizado– es que esa entidad se encuentra tan cercana que es imposible ver todas las características; más aun, se ven menos, ya que, entre más cercano se encuentre un objeto menos se puede ver –su totalidad–.

Además, que las poblaciones con culturas –-políticas– dominantes se caracterizan por ser entes totalizadores, sujetos de poder –estado– que no permite la contradicción o refutación a la acción pública, lo que impide el crecimiento o evolución ciudadana.

Retomando, la defensa que se hace de gobiernos municipales, estatales y el federal, así como de sus indistintas políticas públicas y planes de gobierno debería contener un filtro en donde la pluralidad existiera como prerrequisito, es decir, la oportunidad de reconocer que la otra postura política puede resolver de mejor manera alguna problemática social; por ende, reconocer el error y ajustar la intercesión.

No es de soslayar que todos los gobiernos tienen cualidades que deben ser vitoreadas y celebradas, sin embargo, la crítica a determinadas acciones o a la ausencia de gobierno no puede ser sobajada ni por las mayorías ni por minorías.

Más aun, los gobernantes deberían acudir a esa crítica fundamentada que permita un incremento en la eficacia del quehacer gubernamental, situación que se encuentra lejana a la realidad, ya que se dan tres fenómenos precisos, unos peores que otros, así su redacción:

Primero, menoscabar las opiniones distintas a la propia con argumentos carentes de sustento (político, económico o social) o peor, emitiendo argumentos ad hominem: contra la persona y no contra lo dicho.

Segunda, ignorar lo que se dice de su gobierno fuera del discurso oficialista, es decir, no permitirse opiniones fuera del acicalamiento de los cercanos; esto no sólo aísla al ciudadano de los demás, sino que lo sitúa en una postura peligrosa, ya que si bien se protege de comentarios negativos, tarde o temprano –la redacción de la historia– pasará factura; en analogía es como vivir dentro de una burbuja de jabón resguarda, sin embargo, tal protección es del todo endeble.

Tercero –el peor–, enviar a voceros a pelear sus batallas, es decir, no se tiene la suficiente valentía para hacer frente a la crítica, por ende, se demuestra la incapacidad absoluta de gobernar o un leal cumplimiento a la postura –cual quier– política que se dice sustentar.

Ahora bien, se ha de recordar que la construcción de identidades no sólo implica la lealtad a las ideas sino a la defensa de las otras, porque en ellas se encuentra intrínsecamente el valor de la propia identidad. Para concluir, se exhorta a poseer una postura ideológica, siempre y cuando exista un eje transversal que reconozca la pluralidad, es decir, encontrarse permanentemente en la posibilidad de ver lo mejor y lo peor de cada postura; hasta la propia.