Opinión

Cuando la lealtad es por conveniencia

Sin que suene a presunción, tuve el honor de hacer la última entrevista que Don Manuel Bernardo Aguirre concedió a un periodista

José Luis García
Analista

lunes, 15 noviembre 2021 | 06:00

Sin que suene a presunción, tuve el honor de hacer la última entrevista que Don Manuel Bernardo Aguirre concedió a un periodista, unos meses antes de que el exgobernador falleciera. Como era su costumbre, la petición que hizo fue tajante: “no grabe nada”.

Entonces lo único que hice fue acudir a la clásica libreta y pluma. Pero hubo frases que debí escribir con puntual insistencia del mismo entrevistado. “Anótele bien”, y repetía lo que él consideraba importante. Aunque todo lo que decía era importante.

Pero una de esas frases la recuerdo con cuidado: “En política no hay que hacer pactos de sangre”, porque “a veces la lealtad es muy convenciera”. A más de 20 años de aquella entrevista, hoy puedo construir este texto que lleva, sin duda, esa frase por delante y que cobra un sentido preciso porque la palabra “leal”, en estos momentos, se ha convertido en el punto medular de sobrevivencia política.

Con sus excepciones, pero la lealtad tiene dos caras: la que nos conviene y la que ya no nos sirve. A lo largo de los años he aprendido a escuchar ese concepto que lleva una altísima carga emocional momentánea. Insisto, hay contadas excepciones, pero en su mayoría, la parte sentimental rebasa, con mucho, a la esencia y fin de lo que significa lealtad.

La definición es importante, aunque todas las fuentes coinciden en que lealtad es cumplir con las normas de fidelidad y honor; es un valor que vincula sentimentalmente a un sujeto con otro, con una causa, con una ideología o con un propósito, incluso, con uno mismo.

Es un atributo del ser humano y se puede manifestar en el trabajo, en la comunidad, en la escuela, la empresa o en la creencia religiosa. Se puede ser leal al club deportivo, al barrio, al cuidado del medio ambiente, a la nación, a la pareja.

Lealtad es defensa, cuidado y obediencia sobre lo que uno cree y en lo que se confía. Ser leal es sinónimo de confianza y compromiso, es cerrar los ojos y entregar a esa persona leal, hasta lo más valioso de nuestras vidas porque sabemos que lo va a cuidar y a respetar.

Pero hay lealtad que se tatúa en el alma y está la “lealtad” que se dibuja en el pecho con hojas de lechuga. Está la lealtad que no se dice y aquella que se grita para que todos la escuchen. Entre una y otra, la diferencia es que la primera se practica y, la segunda, es la que queremos que todos vean, pero la escondo cuando no es conveniente.

Escuché, hace años, a un filósofo popular, Juan Carrasco, -que jamás escribió libros pero que nos guió a muchos de sus discípulos voluntarios-, decir: “cuando la lealtad no te sirva puedes tirarla, pero hasta en la basura se va a notar que es tuya”.

¿Ser fiel conviene? ¿O la lealtad puede ser cambiada para mis propios intereses? Conozco ejemplos que cuento con los dedos de la mano, de personas fieles a su creencia religiosa, a la que defienden y se pegan con esa fe que taladra el alma hasta hacerte sentir lo que en su corazón anidan: esperanza.

Conozco -también la cuento con los dedos de la mano-, gente leal con sus convicciones políticas, personas que le son leales a sus amigos, a su familia, a su equipo de futbol y se la parten cuando el peligro los acecha. Ser leal es la parte íntima, personalísima, pero no se pregona… se ejerce.

Sin embargo también la lealtad se manosea y se puede prostituir hasta convertirla en un make up perfecto para esconder al verdadero sentido de la obediencia: el sometimiento condicionado.

Ese maquillaje, que a todas luces es una cobija transparente, es la que todos observan y nadie dice algo, porque atreverse a criticar o a señalar, es igual a echar agua bendita en la piel del diablo.

Por eso aseguro que la lealtad tiene esas dos caras: la que nos conviene y la que ya no nos sirve, porque se trata, para mucha gente, de “pactos de sangre” del momento, algo que nació ahí, de pronto, sin la más mínima intención de hacerlo realidad, pero que a la vuelta de un día, ya no es conveniente.

Las lealtades por conveniencia duran 24 horas. Mañana ya no sirven. La lealtad por convicción, es esa que nació en el corazón y se va curtiendo a base de batallas y enormes pruebas de todo tipo. Hoy te soy leal, mañana al otro y al siguiente al que se ponga enfrente.

La lealtad no debiera tener una transformación camaleónica, pero es una realidad innegable. Y entonces se llama traición. Porque se traicionan la confianza, el honor y hasta el prestigio. 

A estas alturas de la vida, entender la lealtad por conveniencia es más fácil que poner a prueba la lealtad genuina. Y una vez que caduca -tras esas 24 horas- la lealtad que ya no sirve (hoy, porque ayer sí), puede uno decir con tranquilidad: la lealtad es cíclica… se va y regresa… cuando conviene. Observemos con cuidado algunos ejemplos que brotan entre las esferas del poder y, en serio, cualquier semejanza para nada es una coincidencia. ¿Verdad?

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