Opinión

Crónica de la niña con una maleta de ilusiones

Alexa salió de Guatemala hace siete semanas. Allá, donde la pobreza se anida en el alma y se nota en la ropa…

José Luis García
Analista

martes, 31 agosto 2021 | 06:00

Alexa salió de Guatemala hace siete semanas. Allá, donde la pobreza se anida en el alma y se nota en la ropa… donde comer tres veces al día es cuestión de suerte, donde dormir sin que la despierte un asalto a mano armada dentro su propia choza… allá se quedaron los problemas. Al menos eso pensó.

Un día despertó y su equipaje estaba listo: dos blusas, un pantalón y dos pares de calcetas. Ella puso en la maleta dos cosas más, las que nunca dejaría… su libro de cuentos de princesas y, lo más importante: ilusiones.

Era de madrugada, lo recuerda muy bien. Es una niña pequeña, pero cuando te platica su historia, estás hablando con un ser humano maduro, formado a golpes de hambre y crudas historias que, a su corta edad, ya registra en la memoria.

Su familia perdió todo en una de las 20 aldeas que tiene el departamento de Huehuetenango, de los más pobres de Guatemala, que registra un 78.3 por ciento de pobreza, muy cercano al municipio Antonio Díaz, del estado de Delta Amacuro, en Venezuela, que es considerada una de las zonas de mayor pobreza extrema (73 por ciento) de América Latina.

Esta niña, de escasos 10 años, con esos ojos que sonríen y brillan cuando corre por el patio del albergue atrapando imaginarias hadas voladoras, hoy quiere ir a la escuela, tener amigas para jugar al tenta, uno de los entretenimientos infantiles más populares en Guatemala. Alexa quiere esa oportunidad que le dibujaron sus papás, sus abuelos, antes salir de su casa y treparse, junto a 150 personas más, a “la bestia”, el tren de carga que lleva la muerte en el lomo.

Está sentada jugando a hacer pastelitos, con la tierra recién húmeda por la intensa lluvia y un vaso desechable en el que le sirven leche y cereal por las mañanas; le dice a su cocinera “mi ángel”, porque a veces le da doble porción de desayuno.

Allá, en aquel sitio que dejó para buscar un sueño en el que aún no despierta, se quedaron sus primos, sus amigos y el atún que cenó antes de subirse al tren en Chiapas, para recorrer más de 200 horas de terror por territorio mexicano.

No lo sabe, o no lo dice, pero “la bestia” se encarga de una ruta mortal en la que solo los testigos más valientes cuentan las historias de asaltos, violaciones, asesinatos y vejaciones del más descarado e impune trato que se le da a quienes, como Alexa y sus padres, vienen de otros países buscando el sueño americano.

Desde que Joe Biden asumió como presidente de los Estados Unidos, el flujo de migrantes se intensificó frente a las activas políticas de retorno instantáneo, lo que ocasionó una ocupación más alta de la habitual en los albergues.

Alexa llegó a Juárez. No sabe cómo. No es algo que le preocupe. De hecho nunca había escuchado el nombre de Ciudad Juárez. Ella solo recuerda que le dijeron que estaría mejor a donde fuera, pero jamás le explicaron que “la bestia” lleva 200 pesadillas, una por hora, en cada estación a la que llegaría.

Y ahora está en la Casa del Migrante, justo en Ciudad Juárez, donde atienden voluntarios de varias profesiones y oficios, amas de casa que se duelen de lo que pasa con las personas que son deportadas de Estados Unidos, o que nunca llegaron siquiera a cruzar la frontera.

Es la Casa del Migrante, refugio y el consuelo, la paz y el descanso para, en este momento, 380 guatemaltecos, venezolanos, haitianos y muchos mexicanos que fueron expulsados de Estados Unidos bajo el esquema del retorno instantáneo.

Ahí, donde Alexa todavía sueña con un mejor futuro, médicos, enfermeras, nutriólogos, sacerdotes, religiosas y decenas de voluntarios, se enfrentan a dos batallas: aliviar el dolor de los migrantes y, segundo, conseguir recursos para medicinas, alimentos, ropa, cirugías, pañales y lo más indispensable en momentos en que nadie voltea a ver a esta niña y a otros muchos niños, jóvenes, mujeres y hombres que tuvieron que llegar a esta frontera para buscar ayuda.

La Casa del Migrante, ubicada en la calle Neptuno, de la colonia Satélite, en Ciudad Juárez, como varios albergues más, han sido abandonados por el apoyo oficial. De la noche a la mañana desaparecieron los subsidios desde las oficinas públicas y las aportaciones voluntarias ya no alcanzan para que Alexa y 380 migrantes más, puedan regresar a su país o alcanzar una esperanza para llegar a los Estados Unidos, su meta final.

Alexa no tiene la culpa de lo que pasa en su tierra natal. Sólo sabe que una mañana extendió la mano para aferrarse a la de su padre, que la cuidó de cualquier tipo de espantos a bordo de “la bestia”; todos los ahorros invertidos por su papá en ese incierto viaje, se quedaron en los bolsillos de asaltantes, “cobradores de paso”, polleros y policías que exigían la “cuota” para seguir su camino hasta el norte de México, donde supuestamente los esperaban los “contactos” para cruzarlos a Estados Unidos.

Ahora está en la Casa del Migrante, donde cada anochecer reza el Padre Nuestro que le enseñaron las religiosas, lee sus cuentos de princesas y sueña con una mañana en la escuela. No quiere regresar a su casa, porque allá, donde se anida la pobreza en el alma, ya no hay nada que la espere, por eso carga en sus maletas todas las ilusiones posibles. Alexa nos necesita, a usted, a mí, a todos, ante la falta de apoyos oficiales.

*El nombre de Alexa es ficticio, para proteger su inocente identidad, pero en la Casa del Migrante, ella y cientos de seres humanos nos están esperando con urgencia.

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