¿Cómo se reconoce lo que es justo?

Sin tremendismos podemos decir que nuestro mundo es recorrido por el escalofrío que precede a las grandes catástrofes

Heziquio Trevizo
Presbítero
domingo, 11 agosto 2019 | 06:00

Sin tremendismos podemos decir que nuestro mundo es recorrido por el escalofrío que precede a las grandes catástrofes. Lo vivido estos días, las masacres y su motivación, la nueva desestabilización planetaria, la amenaza mutua y el armamentismo desenfrenado, las economías de guerra, la catástrofe ecológica ya irreversible, todo ello hunde sus raíces en el humus pantanoso de la política entendida en su peor forma: centros negativos de poder sombrío.

Y el centro de gravedad habremos de buscarlo en la política desvinculada de la ética y del derecho, y reducida a una lucha innoble por los privilegios del poder. Mis lectores conocen mi credo sobre la política: “si se destruye la civilización y se da muerte a la mayor parte de la humanidad dentro de los próximos 30 ó 50 años, ello no ocurrirá por las plagas o la peste: nos matará la política. La política se nos ha convertido literalmente en una cuestión de vida o muerte”. Esta idea de K. W. Deutsch contiene mucho de verdad. El S. XX, el más sangriento de la historia, así lo demuestra. La política debería servir para la paz, la libertad; debería ser la garante de la justicia y el derecho para que la sana convivencia entre los ciudadanos sea posible. Me platicaba un amigo que recién fue a Chipre, cómo la cárcel en Nicosia ahora es museo y sólo un reducto está reservado para los delincuentes menores. Así sucede cuando la voluntad política y la voluntad ciudadana coinciden. Política, entonces, no es encumbrar a un hombre o a un grupo a las ventajas del poder. Política es capacidad para poner en la práctica una doctrina social. Por lo tanto, la política, arte secundario puesto que es instrumental, se halla condenada al fracaso más innoble si no se asienta en una doctrina generosa, verdadera y sinceramente llevada adelante. De lo contrario hablaremos de el vaciamiento de la política (Arendt) o de la desvirtuación de la política (B.XVI). 

 H. Arendt agudamente señala que “el olvido de las costumbres, de los criterios tradicionales” ha concluido en los despotismos más despiadados. Y es claro que alude a las costumbres y tradiciones cristianas. Muchas veces esta reserva no ha podido responder a las circunstancias y ha sido rebasada y callada como lo es hoy mismo.

Cuando hablamos del final de una tradición no pretendemos negar, como es obvio, que mucha gente, incluso tal vez la mayoría (aunque esto lo dudo) todavía viva según criterios tradicionales. La pérdida de esas tradiciones fundantes y unificadoras ha sido percibida por los grandes pesimistas de la historia. Más sorprendente resulta encontrar el primer presentimiento de una catástrofe inminente, no en el sentido físico o estrictamente político, sino como una ruptura inminente de la continuidad tradicional, en pleno siglo XVIII, en Montesquieu y, un poco más tarde, en Goethe. Montesquieu y Goethe, ninguno de los cuales ha sido nunca acusado de ser un profeta del desastre, se expresaron sobre el tema con bastante claridad.

Montesquieu escribe en ‘L´Esprit des lois’: «La mayoría de las naciones de Europa están aún regidas por las costumbres. Pero, si por medio de un prolongado abuso de poder, si por medio de alguna enorme conquista, el despotismo se consolidase en algún momento, no habría costumbres ni clima intelectual que pudiesen resistírsele». El temor de Montesquieu es que en la sociedad del siglo XVIII solamente quedaban las costumbres como factores de estabilidad y, de acuerdo con él, las leyes «rigen las acciones de los ciudadanos», estabilizando así el cuerpo político del mismo modo que las costumbres estabilizan la sociedad, habían perdido su validez. El catolicismo prestó unidad 15 siglos a la cultura occidental; Lutero la dinamitó, dice Nietzsche. Así “las costumbres” cristianas que son la nuestras, es lo que hemos perdido. Y ahí tenemos la desestabilización social. Leemos tranquilos:  19 cuerpos desmembrados en Uruapan. Al perder las costumbres y las tradiciones, son los rasgos humanos lo que hemos perdido. 

Pocos años después Goethe escribe a Lavater en un tono parecido: «Como en una gran ciudad, nuestro mundo moral y político está socavado por caminos subterráneos, sótanos y alcantarillas, sobre cuya conexión y condiciones de habitabilidad nadie parece pensar o reflexionar; pero aquellos que saben algo de todo esto encontrarán mucho más compresible si aquí o allá, de vez en cuando, la tierra se resquebraja, el humo sale por la grieta y se oyen extrañas voces» (me suena como a los colectores que se van hundiendo en la ciudad). Esas voces venidas del abismo las oyeron unos marineros griegos y el emperador romano los llamó para que hablaran de ello. Ambos pasajes fueron escritos antes de la Revolución Francesa, y pasaron más de 150 años hasta que las costumbres de la sociedad europea finalmente cediesen, el mundo subterráneo surgiese a la superficie y se escuchase su extraña voz en el concierto político del mundo civilizado. Sólo entonces, en mi opinión, podemos decir que la edad moderna, que comenzó en el siglo XVIII, sacó realmente a la luz en el mundo moderno en que vivimos hoy en día. (cf. H. Arendt. La promesa política). Sin este rompimiento con nuestras tradiciones y costumbre no se entenderían las masacres ni la violencia espeluznante que vivimos aquí. Más sencillo, lo decían las abuelas: “temor de Dios es lo que le falta a estos”, es decir, este mundo y su organización, que ya no es obra de Dios, es diseño del hombre. Y la concepción perversa de la política es la raíz de ello. También los que gobiernan o aspiran a ello, tienen el corazón infestado por la enfermedad de la violencia. De ahí su actitud maniquea: Nosotros y... los otros. 

¿Cómo se reconoce lo que es justo? El 22 de agosto de 2011, B.XVI pronunció en el Parlamento alemán uno de sus más bellos mensajes a nuestro mundo y su cultura. “Desde mi responsabilidad internacional, quisiera proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho”, tal es el tema.

Se apoya en un pasaje bíblico, cuando el joven rey Salomón, al inicio de su reinado, le es concedido hacer a Dios una petición. “¿Qué pedirá el joven soberano en este momento tan importante? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? No pide nada de todo eso. En cambio, suplica: «Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal» (1R 3,9). Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que en definitiva debe ser importante para un político. Su criterio último, y la motivación para su trabajo como político, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, sin el cual nunca tendría la posibilidad de una acción política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. ‘Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?’ (San Agustín). Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas no son sólo palabras. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó a él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos. ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente? La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivo y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los ‘recursos’ de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo”. El discurso completo se encuentra fácilmente en la red. 

En fin: “Quitad lo sobrenatural y sólo quedará lo que no es natural”.  Chesterton. “Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo ‘actual’”. W. Benjamin.