Cocalero

En el año 2009 vi un documental llamado “Cocalero” en la plataforma digital Netflix

Sixto Duarte
Analista
martes, 19 noviembre 2019 | 06:00

En el año 2009 vi un documental llamado “Cocalero” en la plataforma digital Netflix. Este documental trata sobre la campaña política de Evo Morales rumbo a la Presidencia de Bolivia, por allá del año 2005. Evo Morales era el fenómeno político del momento.

En el documental se refleja el ascenso al poder de Evo, desde sus tiempos como líder del sindicato cocalero hasta la elección de presidente. En aquel momento la producción me impactó por muchas cosas. Una de ellas y quizá la que recuerdo con mayor claridad es el “jingle” de su campaña: una canción llamada “Somos MÁS”. La canción, con la singularidad de la música andina, alude a la reivindicación latinoamericana; además, juega con la frase “Somos MÁS”, misma que implica multitud o adhesión, al tiempo que promueve el acrónimo MAS, que deriva de “Movimiento Al Socialismo”, el partido político de Evo. Sin duda, quien haya creado este “jingle” es un estratega político-electoral muy hábil.

En el documental se muestra también el círculo cercano a Evo, en donde destaca Álvaro García Linera, su vicepresidente y quien estudió en la UNAM en la década de los 80, antes de regresar a Bolivia a integrarse a los movimientos insurgentes. La llegada de Evo, el primer presidente indígena de Bolivia, venía en su momento a contrastar con la tónica de la clase política de la nación sudamericana, pues incluso había gobernado un personaje cuyo marcado acento norteamericano evidenciaba falta de arraigo en Bolivia (ver videos de Sánchez de Lozada en YouTube).

Las cosas han cambiado mucho desde que vi aquel documental. Hoy, más de diez años después, Evo ya no gobierna Bolivia; tuvo que venir asilado a México por la convulsión política de su país. A raíz de la crisis constitucional que impera en aquella nación sudamericana, muchos comentarios se han desatado en las “benditas” redes sociales, como las llamó el presidente López Obrador. Desafortunadamente, como siempre, las conclusiones que se ven en estas plataformas tienden a ser simplistas, adoleciendo del mínimo análisis reflexivo. Prácticamente podemos resumir las dos posturas en “Evo es un dictador” o “Evo fue víctima de un golpe de Estado”. No hay matices.

Por un lado, el ejercicio de gobierno de Morales ha sido quizá uno de los más exitosos en el hemisferio: el PIB se cuadruplicó durante su gestión, al tiempo que la pobreza extrema se redujo a un tercio de las cifras de 2005, mientras la economía creció a razón del cuatro por ciento anual. Sin embargo, también tocó intereses de empresas multinacionales, específicamente aquéllas dedicadas a la extracción.

Durante su gestión no se le acusó de genocida ni de corrupto, prácticas comunes en Latinoamérica. Su caída se debió al interés de querer continuar gobernando, idea que intentó ejecutar sin violencia (como en los casos de Venezuela, u otras naciones) y que terminó por ser su final. 

Hasta el momento no sabemos si Evo ganó o perdió la elección, pues los informes reflejan incertidumbre en el resultado. Al llevarse a cabo la elección en Bolivia, y al ser señaladas las anomalías registradas en todo el proceso electoral por parte de la Organización de Estados Americanos, Morales acató dichas recomendaciones, promoviendo la renovación de los vocales del Tribunal Electoral, y aceptando convocar a nuevas elecciones, es decir, agotando las vías institucionales. Este argumento, que desarmaba a la oposición, no fue ponderado por los golpistas, quienes decidieron ejecutar el golpe de Estado de cualquier manera, evidenciando que lo que les importaba no era que se llevara el proceso dentro del cauce institucional, sino que Evo saliera del poder.

Un tema es si hubo irregularidades o no durante el proceso electoral, y otro que Evo haya dejado el poder por presiones de las fuerzas armadas. En cualquier lugar del mundo, cuando el ejército pide la salida de gobernantes, se llama golpe de Estado. Ese tema, como las comparaciones con Angela Merkel, ni siquiera merecen discutirse.

México tiene una larga tradición de abrir sus puertas a los oprimidos, y a los perseguidos. Podemos referir a la diáspora libanesa, al éxodo judío (antes y después de la guerra), al exilio español, al propio León Trotsky, así como a chilenos y argentinos que huyeron de las dictaduras en sus países (incluido José Miguel Insulza, exsecretario general de la OEA). Para aquellos que dicen que Evo es un prófugo, quizá haya que recordarles que las figuras del asilo y del refugio son precisamente para atender esas circunstancias. Si alguien no es perseguido en su país, ¿por qué lo dejaría todo para venir aquí?