Ciudadanos sin clase

Cuando un individuo, hombre o mujer, demuestra determinados niveles en su conducta, comportamiento, estilo de vestimenta...

Francisco Ortiz Bello
Analista
domingo, 07 abril 2019 | 06:00

Cuando un individuo, hombre o mujer, demuestra determinados niveles en su conducta, comportamiento, estilo de vestimenta y capacidades para socializar, se dice que tiene clase entendiendo tal expresión en el sentido de una buena aprobación hacia esa persona. Pero qué es exactamente la clase en los seres humanos? ¿Se trata de una etiqueta que discrimina a unos y exalta a otros? ¿Es una manera de distinguir ciudadanos de primera o de segunda? Veamos.

La reciente crisis migratoria que ha afectado seriamente nuestra ciudad, en varios sentidos, ha puesto de relieve conductas nada encomiables por parte de algunos juarenses. Ha sacado lo peor del género humano en cuanto a solidaridad, empatía y humanismo. 

Ante lo que algunos equivocadamente perciben como “potencial amenaza”, las reacciones de rechazo, odio, encono y hasta racismo o marcada xenofobia han empezado a manifestarse por parte de grupos reducidos de fronterizos hacia la población migrante asentada en nuestra ciudad. Completamente reprobable esa actitud.

Desde luego que no voy a negar los efectos perturbadores que tiene la llegada masiva de migrantes a Juárez. Eso es una verdad que no se puede negar tampoco, con todos los impactos sociales y económicos que eso implica. Pero de eso a llevar al extremo una postura de rechazo, discriminación y hasta agresividad hacia centroamericanos y cubanos hay un mundo de diferencia.

Para comprender mejor la naturaleza del problema es necesario repasar varias consideraciones importantes. La migración humana es un fenómeno tan antiguo como la historia del mundo. Desde los comienzos de la humanidad, grupos de personas emigran de sus lugares de origen por las más diversas causas, pero siempre buscando mejores oportunidades, desarrollo, seguridad u otras condiciones particulares. Fueron migrantes quienes fundaron la Gran Tenochtitlán, hoy Ciudad de México. Nueva York es una ciudad de migrantes. Estados Unidos es un país de migrantes.

En ese orden de ideas, hoy, la migración es considerada por la ONU y diversas agrupaciones y organizaciones mundiales, como un derecho de las personas, de los seres humanos. Por eso, todos los países que integran dichas organizaciones deben contemplar dentro de sus legislaciones migratorias ese derecho, y considerar mecanismos legales de protección, asistencia, refugio y asilo a migrantes extranjeros. Están obligados a hacerlo por las leyes internacionales en la materia.

De acuerdo con el reporte 2018 de la OIM en su calidad de Organismo de las Naciones Unidas para la Migración (WMR por sus siglas en inglés), el volumen de migrantes internacionales alcanzó la cifra de 244 millones en 2015, representando el 3.3 por ciento de la población mundial, por lo que el informe concluyó entonces que el número de migrantes internacionales sigue en aumento. De ese tamaño es el fenómeno en el mundo.

Pero más allá de lo legal o jurídico, sin duda el ángulo más delicado y sensible de cualquier fenómeno migratorio es la parte humana, la que tiene que ver con las personas y sus afectaciones emocionales, físicas, de salud y hasta psicológicas cuando se enfrentan a los obstáculos naturales en su paso por diferentes países.

Independientemente de la causa que haya ocasionado la migración de personas, individual o colectiva, tan sólo por estar fuera de sus lugares de origen, la mayor parte de las veces sin dinero ni recursos, los pone en automático en una condición sumamente vulnerable y de alto riesgo. Esa es la parte más aguda del problema migratorio. Como mexicanos, hemos exigido a EU un trato digno, respetuoso y humanitario a nuestros connacionales que han migrado a ese país.

Analizado desde esa óptica, en nuestra ciudad les ha faltado esa sensibilidad humanitaria a los tres niveles de gobierno, no en la atención inmediata y directa a cosas tan elementales como el alimento, la salud o el techo -eso se ha dado en aceptable tiempo y calidad-, sino en cuanto al diseño de un programa o política pública que atienda el problema de manera integral, en su conjunto y deje de ser solamente una asistencia reactiva. Programa que debe ser coordinado, operado y ejecutado en estrecha colaboración y coordinación por autoridades federales, estatales y municipales para que sea efectivo. Y que debe contemplar todos los recursos económicos, materiales y humanos que requiere su implementación.

Tan sólo como botón de muestra que comprueba esta descoordinación y desarticulación en la atención del problema, hasta este momento no existe una dependencia u órgano de gobierno -de cualquiera de los tres niveles- que tenga un censo preciso y detallado de los migrantes asentados en nuestra ciudad. ¿Cuántos son? ¿Cuántos por nacionalidad? ¿Cuántos por tipo de estatus migratorio en EU? ¿Cuántos hombres? ¿Cuántas mujeres? ¿Cuántos niños? ¿Cuántos adultos mayores? ¿Enfermos, sanos? ¿Cuántos albergues hay? ¿Cuántos públicos y cuántos privados?

Esa información, vertida en un censo bien hecho, sería fundamental e indispensable para tener un punto de partida real para diseñar el programa de atención integral. Pero sobre todo sería información oficial. Sin ese censo real, fidedigno, actualizado, todo son especulaciones, estimaciones, cifras irreales y por tanto se dan palos de ciego en la atención global del problema. ¿Dónde está el Instituto Nacional de Migración? ¿Qué está haciendo en este tema? 

Pero no sólo la autoridad tiene responsabilidad directa en la atención del problema. También la sociedad tiene participación importante, si bien indirecta, no deja de ser determinante para la resolución del problema. Y cuando digo sociedad me refiero a todos. A usted que me lee, a sus vecinos, a mí, a todos.

Habrá quienes deseen colaborar de manera activa, más participativa, más directa y se reconoce tal actitud. Sin embargo también es entendible que haya quienes o no quieran o no puedan, pero no obstaculizan las acciones de los que sí desean hacerlo. Dice un refrán mexicano “Mucho ayuda el que no estorba”, y no estorbar también es una buena forma de participar en la solución de esta crisis migratoria.

Pero quiero abordar, en este punto, el tema de los “ciudadanos sin clase” entendiendo que son aquellos a los que, en situaciones extremas que alteran su estatus de comodidad individual, sacan lo peor de sí mismos para volcarlo sobre los otros, y en esto no es sólo contra los migrantes.

Además del fenómeno migratorio, en Juárez están ocurriendo muchas cosas que alteran el orden normal de la vida cotidiana. El excesivo tiempo de cruce en los puentes internacionales tiene severamente alterado el ritmo de la ciudad, en general, fuertes congestionamientos viales por las filas de cruce, además de condiciones atípicas en materia de seguridad pública, problemas de orden económico derivados de muy diversas causas son, entre otros, temas que tienen alterados a los juarenses.

Todo ese “coctel” de problemas nos han llevado a ver cómo, personas son capaces de agredir a otras personas. No importa de qué lado del problema se esté, si se es migrante o trailero, policía o ciudadano, autoridad o religioso, lo peor que nos puede ocurrir como ciudad, como comunidad, es caer en la fácil tentación de la violencia, de la agresividad, como mecanismos o formas para dirimir diferencias o conflictos.

Eso sólo nos llevará a una espiral interminable de más violencia y de más agresividad que terminará por alejarnos aún más de la solución del mismo. No podemos permitir convertirnos en “ciudadanos sin clase”, de esos que atropellan todo a su paso para llegar primero, para cruzar el puente, para dar vuelta donde no se debe, para saltar la fila del banco, para lo que sea y como sea sin respetar el orden ni la legalidad, ni el espacio de los demás.

Permitir que condiciones extremas e inéditas influyan de manera negativa en nuestro comportamiento es, precisamente, lo que distingue a los “ciudadanos sin clase”, sin educación, sin buenas formas, sin decencia, y por eso se tornan violentos, agresivos, impositivos aunque con eso contribuyan al deterioro de las condiciones de convivencia social armónica, ordenada, civilizada.

Dejemos que la autoridad haga su parte. Exhortemos a los tres niveles de gobierno a que encuentren el camino de la coordinación institucional, de la legalidad del orden y de la adecuada y necesaria gobernanza, pero también, como ciudadanos, pongamos nuestro granito de arena. Contribuyamos en algo así sea lo mínimo que podamos hacer. O, cuando menos, no estorbemos a los que sí desean hacerlo.