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Opinión

Ciudad Juárez: lugar de encuentro

Mientras que algunos de los refugiados viven un calvario por la falta de documentos que acrediten su estancia legal en el país, otros tienen éxito y logran regularizar su permanencia

Laura Estela Ortiz Martínez
Doctora

viernes, 10 junio 2022 | 06:00

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Los migrantes que llegan a nuestra ciudad navegan entre el éxito y el fracaso en su intento de prosperar en México, un país que en la mayoría de las ocasiones supone un movimiento más hacia Estados Unidos, pero que en otras ocasiones termina por ser su hogar.

Mientras que algunos de los refugiados viven un calvario por la falta de documentos que acrediten su estancia legal en el país, otros tienen éxito y logran regularizar su permanencia, consiguen un trabajo digno y un techo para poder vivir con su familia tras una travesía a menudo cargada de penas y dolor. 

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El recuento de estados y capitales norteamericanas podría ser el de una clase de geografía en la que los alumnos reproducen mecánicamente la lección. Pero no es un ejercicio de memorización de nombres de lugares, cada uno de ellos es un destino y un sueño para el grupo de migrantes que llegan continuamente a refugios y albergues. Todos tienen un familiar en esas ciudades lejanas; todos imaginan un futuro ahí, saben que la vida del otro lado de la frontera no es fácil, y que de este lado tampoco, pero la comparación con las historias que dejan atrás casi carece de sentido. “¡Nooo!”, responde un coro de voces a la vez cuando se les pregunta si alguna vez han pensado en regresar a sus lugares de origen. 

Masaya, Puerto Príncipe, San Pedro Sula, Tipitapa, Choluteca, La Mosquitia, Copán, Olancho… Un nuevo recuento de lugares al ser preguntados por su origen. La mayoría proceden de Honduras, El Salvador, Guatemala, Haití y algunos de los estados del sur de México.

Escuchar sus historias ayuda a entender por qué mujeres y hombres deciden un día emprender una peligrosa travesía, dejando hogar, trabajo, tradiciones, idioma, dialectos y familia.  

Uno de los muchos casos para dar ejemplo es el de  Juan, que hace algo más de un año logró cruzar la frontera sur. Lo acompaña su esposa Alicia y su  hija Elisa, de 15 años. 

Juan era transportista. Una pandilla criminal le obligó a llevar un cargamento ilegal a El Salvador, donde fue interceptado por la policía. Estuvo preso un año y, aunque logró demostrar su inocencia, la venganza no se hizo esperar. A pesar de que Alicia y Elisa cambiaron de residencia, la pandilla solo necesitó un par de meses para localizarlas y continuar amenazándolas. La gota que colmó el vaso fue un intento de secuestro de la menor. “Gracias a la resistencia de los vecinos, ellos no pudieron llevársela. Fue en ese momento cuando supe que no tenía mucho tiempo para huir, vendí todo y tomé camino”, cuenta Juan entre lágrimas, quien actualmente se encuentra trabajando en una tienda de artesanías en el Centro de Ciudad Juárez. Alicia, en cambio, trabaja en la limpieza del local y Elisa queda al cuidado del personal del albergue donde les hacen el favor de dar alojamiento. 

Como la de Juan, las historias están a la orden del día, huir de la violencia, y la movilidad para la búsqueda de nuevas oportunidades es un problema  social común.

En esta, como en otras ciudades fronterizas, los migrantes se integran al mercado laboral siendo este la clave para incluirlos en sus comunidades de acogida y permitirles hacer una contribución positiva para el lugar que los recibe.  Esto es especialmente relevante para los millones de refugiados centroamericanos, ya que las remesas, por las que se entiende, normalmente, el dinero o los artículos que los migrantes envían a sus familiares y amigos en los países de origen, suelen ser también el vínculo más directo y mejor conocido entre la migración y el desarrollo.

Nuestra frontera es un lugar acogedor y benevolente, basta con darse una vuelta a las calles del Centro, a los puentes internacionales, a los centros comerciales, a los pequeños supermercados, ahí podemos escuchar los diferentes acentos y dialectos de los hermanos migrantes que se emplean como meseros, cocineros, vigilantes, albañiles, obreros de maquilas, así como trabajadores en bodegas y comercios, algunos preparan alimentos típicos de su país de origen poniéndolos a la venta para sobrevivir. Empresarios, iglesias, comerciantes y personas de buena voluntad brindan confianza y fe a un grupo de personas que la han perdido en el camino, y ofrecen jornadas de trabajo sin pedir documentos, otros lo hacen de manera formal promoviendo aún más su integración laboral. 

Ciudad Juárez persevera en el problema migratorio, a pesar de todo, abre paso, se convierte cada día en ese emblemático rincón de México, que vio llegar a nuestros padres y hermanos hace muchos años de lugares lejanos y les brindó una oportunidad de progreso para que salieran adelante y se convirtieran en los agentes de cambio del hoy y sigue recibiendo diariamente a cientos de personas vulnerables para darles asilo. Juárez es símbolo de valores, de resistencia, de vigencia de las instituciones. Sus ciudadanos reiteran su estoicismo, y su capacidad de mantener, pese a todo, la dignidad de los otros, el acogimiento y la solidaridad para todo el que llega a pedir una mano de ayuda. Ciudad Juárez es origen de almas nobles y lugar de encuentro para quien lo necesita. Porque… ¡todos somos migrantes!

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