Ciudad de migrantes

Entendamos una cosa: somos una ciudad de migrantes

Cecilia Ester Castañeda
Escritora
jueves, 16 mayo 2019 | 06:00

Entendamos una cosa: somos una ciudad de migrantes. Ciudad Juárez aún no se llamaba así y ya era destino de migrantes. Es más, la frontera no pasaba ni siquiera por la futura Ciudad Juárez cuando ésta desde hacía tiempo constituía una población de habitantes nacidos en otros lares. Todavía no se descubría América y en la región ya se habían registrado inmigraciones y emigraciones. En la época en que la Misión de Guadalupe aún no se fundaba existían pueblos nómadas recorriendo aquí el lecho crecido del río Bravo. 

Y el “paso del norte” dio la razón de ser a la misión-villa-ciudad asentada en este estratégico solaz en medio del desierto. Empecemos a partir de ahí.

Porque mientras “el sueño americano” forme parte de la conciencia colectiva e impulse las aspiraciones de gran número de personas alrededor del planeta, mientras la línea fronteriza entre Estados Unidos y México pase por esta parte del río Bravo y mientras haya una diferencia considerable en la percepción de la calidad de vida entre ambos países o entre la zona norte y otras regiones mexicanas, a Ciudad Juárez seguirán llegando migrantes. Dejemos eso claro.

Sin importar las influencias coyunturales, lo más probable es que por lo menos durante las próximas décadas nuestra ciudad continúe siendo receptora —y expulsora— de migrantes. 

La constante en Paso del Norte y luego en Ciudad Juárez siempre han sido los drásticos cambios en las condiciones locales. Poblacionalmente hablando, los repetidos crecimientos desmesurados se han debido al arribo de inmigrantes, refugiados y repatriados que han transformado una y otra vez la región.     

Hoy nos encontramos nuevamente en uno de esos momentos de cambio. Así como antes a la frontera llegaba gente de originaria Parral, Chihuahua, de Torreón, Coahuila, o del estado de Veracruz, hoy en las calles locales vemos migrantes sobre todo cubanos o centroamericanos. Cierto, se trata de circunstancias distintas —siempre lo son—, y las intenciones de los nuevos recién llegados no son quedarse en Ciudad Juárez.  

Pero a juzgar por experiencias previas algunos de ellos terminarán convertidos en juarenses. Como mínimo, podemos esperar que durante el resto del gobierno de Trump nuestra ciudad sea antesala de las oficinas inmigratorias estadounidenses. Por lo tanto, es mejor adaptarnos a ello.

Y poco importa si el Gobierno mexicano se pone las pilas y organiza de manera eficaz el paso de los inmigrantes, cosa que hasta ahora no ha hecho. Si dosifica su entrada al país, prolonga las estancias en otras ciudades o procura su integración a otras comunidades sería muy difícil evitar que los migrantes intenten alcanzar tarde o temprano la frontera norte. ¿Cómo nos preparamos?

Primero que nada, creo, conviene no ver a esos seres humanos en busca de mejores oportunidades como la causa de la intensificación de nuestros problemas. Los motivos de la migración son complejos, mientras que, al menos a corto plazo, quizá la mayoría de los mismos estén fuera de nuestro alcance. Tampoco podemos caer en la trampa del discurso que califica de oportunistas a todos los solicitantes de asilo y ve en cada recién llegado un delincuente potencial o ladrón de empleos y recursos.  

Mejor recordemos que ni en la entidad ni en estudios realizados en Estados Unidos se han encontrado vínculos entre la inmigración —legal o ilegal— y los índices de delincuencia. Tengamos asimismo en cuenta una noticia reciente del New York Times: varias ciudades del estado de Nueva York están disputándose a los refugiados para evitar convertirse en pueblos fantasma y compensar el envejecimiento poblacional y la baja en el número de contribuyentes. 

Es obvio que zonas enteras juarenses se encuentran en el abandono. Y, dicen los expertos, nosotros también debemos empezar a tomar medidas ante el envejecimiento de la población.  Tal vez la clave sea aprovechar el cúmulo de talento y energía de alguien que desea superarse integrándolo de manera formal a la sociedad. 

Eso es lo que nos ha faltado. Ciudad Juárez siempre ha dado cabida a sus habitantes recién llegados, pero recurriendo demasiado a canales informales. Sólo abriendo paso abiertamente a los nuevos fronterizos podremos beneficiarnos humana, cultural y económicamente de manera óptima con su contribución.