Opinión

Ciencia de gobernar

Más que gobernar, lo que realmente entusiasma al presidente es la plaza pública

Sergio Sarmiento
Periodista

lunes, 01 junio 2020 | 06:00

Ciudad de México— Más que gobernar, lo que realmente entusiasma al presidente es la plaza pública. Por eso se ha mostrado tan inquieto en el encierro y se lanza, en medio de un “semáforo” que pinta de rojo a virtualmente todo el país, a una gira de una semana en la que se trasladará por carretera desde la ciudad de México hasta Cancún. 

El que en medio de la mayor crisis sanitaria y económica de los tiempos recientes López Obrador decida emprender este prolongado e inusitado viaje es cuando menos sorprendente; pero es claro que él mismo no sabía qué hacer con su tiempo. 

Las conferencias de prensa de las mañanas le toman solo dos o tres horas al día; las decisiones de política pública requieren nada más de unos minutos, porque todas las dudas y todas las preguntas están zanjadas de antemano. En el aislamiento de Palacio Nacional, el mandatario ha tenido tiempo para escribir un ensayo de aspiraciones filosóficas, “La nueva política económica en los tiempos del coronavirus”, y para protagonizar un video de exaltación personal ante las cámaras de Epigmenio Ibarra. 

En el documental se transforma en guía de turistas y muestra ese monumento nacional en el que ha elegido vivir porque Los Pinos no le pareció una residencia digna de su papel histórico. Los problemas actuales del país no son suficientes para preocupar al peripatético presidente. El pueblo lo llama, lo necesita, y él está dispuesto a cualquier sacrificio por el pueblo. No le fue fácil tomar las decisiones importantes de la gira, es cierto. 

A Andrés Manuel, por ejemplo, no le gusta aparecer en público con mascarilla; no quiere verse temeroso, cauto; busca proyectar la imagen de un prócer histórico valiente, decidido a cumplir con la cuarta transformación a cualquier costo. Las aerolíneas, sin embargo, exigen hoy el cubrebocas para volar. Por eso el presidente ha preferido hacer el recorrido por tierra, aunque le lleve una semana. Al fin que todos los problemas importantes ya están resueltos. “Eso de que la política es el arte y la ciencia de gobernar no es tan apegado a la realidad -decía López Obrador el 25 de junio de 2019--. La política tiene más que ver con el sentido común, que es el menos común de los sentidos”. Es el mismo político que el 12 de agosto de 2013 exclamó: “¿De cuándo acá se requiere tanta ciencia para extraer el petróleo?... Es perforar un pozo como si se fuese a extraer agua. 

No tiene ninguna ciencia”. El sentido común, en verdad, no es el más común de los sentidos. “¡'Magínense! ” Un presidente preocupado por el bienestar del país, ante la peor pandemia desde 1918-19 y la peor crisis económica desde 1932, frente a una nación lastimada por el mayor número de homicidios desde que tenemos registros fiables y una oleada de violencia intrafamiliar, tendría el sentido común de meterse todo el día en reuniones con expertos para buscar soluciones y coordinar políticas públicas. López Obrador, sin embargo, solo tiene certezas. La culpa de todo es de los neoliberales, particularmente de Felipe Calderón; la solución es tener a un hombre honesto en la Presidencia de la República. ¡Y ya, a lo que sigue! Es tan fuerte el llamado de la plaza que vale la pena preguntarse si llegar a la Presidencia no ha sido una decepción para López Obrador. 

Lo que a él realmente le gusta es hacer campaña, dar discursos en los pueblos y en las plazas, repartir besos y abrazos. Las funciones de gobierno le aburren tanto que no les dedica tiempo ni esfuerzo. 

¿Por qué?

Quizá porque gobernar no tiene ciencia. Renuncia En principio no estoy de acuerdo en pedir la renuncia de un presidente electo democráticamente, como exigieron este fin de semana manifestantes de clase media desde sus autos. Pero en su momento López Obrador exigió las renuncias de Calderón y de Peña Nieto.