Opinión

Chihuahua, ¿qué gobernador? 

Se solicita un estadista para esta entidad federativa

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 15 febrero 2020 | 06:00

Se solicita un estadista para Chihuahua. Si la política práctica y el juego electoral se pudieran filtrar a la sintaxis de un anuncio clasificado, tal sería la oferta. La carrera por la gubernatura está desatada y la ambición de los aspirantes se empieza a mostrar con signos, en ocasiones, hasta lastimosos.

Chihuahua parece que le queda grande a todos los que se asoman. Uno quisiera ver en la arena pública chihuahuense a alguien que, comprometido con su papel de hombre de Estado, nos deslumbrara con sus dotes de rockstar de la política, pero no, lo que se aprecia es un nivel de aficionado. Alguien tiene que decirle a todos los que ya se sienten protagonistas en la sucesión que Chihuahua ya se merece algo mejorcito.

Lastimada por la violencia, la corrupción, la negligencia, la entidad ya necesita otra clase de liderazgo político. Uno que no se vaya a extraviar en fanatismos y que nos haga regresar a la Edad Media en materia de derechos. Uno que no vaya a confundir el ejercicio del poder público con lo que “sus abuelitos le inculcaron” en el terreno de la moral y las libertades básicas.

Uno también que entienda que los gobernadores no son virreyes, capaces de sojuzgar a los otros poderes públicos y ejercer una sistemática ofensiva contra quienes no les limpian las botas a través de la pluma o el micrófono. Que entienda pues la real política como un ejercicio de amplio espectro discursivo, en donde cada idea o postura sea susceptible de debatirse en el terreno de las razones y no en el de las vísceras o meras pretensiones e intereses.

Alguien que no vea la alta investidura como el campo propicio para enriquecerse y garantizar la buena vida a toda su histórica descendencia. No es cursilería, pero Chihuahua se merece alguien que ya no la socave. Que haga de la austeridad propia, carta programática. Un político dispuesto a vivir en la honrosa medianía, destino de quien no está dispuesto a transigir, bajo la penumbra, con los poderes fácticos dominantes.

Este es, quizá, uno de los elementos más difíciles de cumplir para el político práctico mexicano, acostumbrado a tener el alma vendida en ocasiones desde el más temprano preámbulo de las campañas electorales. Chihuahua  requiere a alguien con la legitimidad y probidad suficientes para decirles que no a los altos empresarios, a las iglesias, a los grandes capos de la delincuencia organizada, cuando sencillamente se tenga que decirles que no. Y ese no, no implica necesariamente romper el diálogo ni establecer un divorcio basado en el odio o el deseo de destrucción mutua, sino sólo privilegiar el bienestar de los gobernados antes que sacrificarlo por un interés mezquino que beneficiará sólo a una élite.

Chihuahua pues, tampoco requiere a los cartuchos quemados de siempre. Hombres y mujeres que han probado que su concepción de la política es estrecha. Ellos han hecho del ejercicio público un modo de vida personal que parece nada tiene que ver con las necesidades de la gente ni con su sufrimiento. Es tanta la frivolidad que portan que saltan de butaca a butaca, de escaño en escaño, de hueso en hueso, como si fueran expertos en todo. Algunos brincan de un partido a otro, como si la ideología y las convicciones entraran, en automático, al juego de la oferta y la demanda. Sueñan con ser gobernadores dizque para coronar carreras políticas de largo aliento. Más bien son carreras de corrupción, de negligencia, de despotismo. Ya deberían dejar descansar a nuestro estado. Y es que en el patio de su casa no faltara una cómoda mecedora que los acoja.

Chihuahua requiere alguien casi magnánimo, que inaugure la posibilidad de una política de alto calado, en donde los que menos tienen, los ignorados y excluidos, sean parte medular de su agenda.

Por el bien de Chihuahua, ¿habrá alguien con la estatura política para gobernarlo?