Opinión

Chihuahua

En ocasiones, la vorágine política y el acontecer diario nos atrapan y nos van dictando qué escribir en este espacio

Sixto Duarte
Analista

martes, 13 julio 2021 | 06:00

En ocasiones, la vorágine política y el acontecer diario nos atrapan y nos van dictando qué escribir en este espacio, obviando temas que, si bien no son vigentes, no por eso son menos importantes. Precisamente por ello, la semana pasada, no nos fue posible hablar del 197 aniversario de que el Estado de Chihuahua se erigió como una entidad más de la República.

En la actualidad, basta buscar en Google o cualquier buscador la palabra Chihuahua, para que aparezcan noticias que nos laceran a quienes amamos este pedazo de patria, tales como la violencia, la corrupción, los conflictos políticos, entre otros. Sin embargo, Chihuahua es más que eso.

De Chihuahua se ha hablado, escrito y compuesto mucho. Todo chihuahuense que se precie de serlo, en algún momento de su vida, ha cantado a todo pulmón el “Corrido de Chihuahua”, “El Cielo de Chihuahua” (de José Alfredo Jiménez), entre otras melodías que aluden a este privilegiado estado.

Quizá los dos libros que mejor retratan la cultura, historia, idiosincrasia y geografía humana de Chihuahua son “Crónica de un país bárbaro” de Fernando Jordán, y “Chihuahua, almacén de tempestades” de Florence y Robert Lister.

Desde la época precolombina ha sido una tierra compleja. Es lugar de origen de tribus como los mansos, los janos, los tepehuanes, y los rarámuris, cultura milenaria de pies ligeros y alma gigante asentada en este rincón del país, acreedores de una enorme deuda histórica que tenemos con ellos. El hecho de estar nuestro estado ubicado entre las adversidades que representan nuestra majestuosa Sierra Madre y el inhóspito desierto de Chihuahua, ha venido a forjar el carácter aguerrido y pujante de los chihuahuenses de hoy.

Desde la fundación de las misiones de Paso del Norte, en el extremo septentrional del estado, hasta San Pablo de Tepehuanes en el extremo meridional del mismo, Chihuahua ha sido esa tierra valiente, noble y leal que ha dado a sus hijos todo lo que tiene. Desde la explotación de los minerales ubicados en la Sierra y en el sur, hasta el corazón agrícola del estado en las riberas del Conchos, pasando por los valles donde se desarrolla la mejor ganadería del país, Chihuahua ha sido esa veta inagotable de minerales, de cultivos o de pasto, que dan identidad y sustento a nuestras familias.

Cuna de la Revolución, Chihuahua ha sido el lugar de nacimiento de grandes hombres como Francisco Villa. Seguramente los duranguenses dirán que Villa nació en su tierra, mas debo decir que se equivocan. En Durango nació Doroteo Arango, pero fue en Chihuahua donde nació Francisco Villa, el Centauro del Norte, cuyo espíritu guerrero e indómito aún cabalga en nuestras extensas llanuras después de haber sido arteramente asesinado hace casi cien años.

Chihuahua, además, ha sido esa tierra hospitalaria que ha recibido innumerables culturas europeas, que eligieron ser chihuahuenses por convicción. Los mormones en el noroeste de la entidad, así como los menonitas en la región oeste del estado, han elegido a Chihuahua como su destino perenne.

Soplan vientos de cambio para nuestro estado que anuncian el momento de recuperar la grandeza de Chihuahua. Como bien dijo un exgobernador del estado, “Chihuahua es el estado más grande, pero además, es el estado más extenso”. La grandeza de Chihuahua radica no únicamente en su vasto territorio, y sus incontables recursos, sino precisamente en su mayor activo, que son los hombres y mujeres de esta bendita tierra. Como reza el propio Himno del Estado de Chihuahua, “Chihuahuense yo soy y ya nada, me arrebata este altísimo honor”.

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