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Opinión

Casa del Migrante en Juárez y los pies de Cristo

Muy socorrido es en la actualidad el tema de migración. De alguna manera todos creemos saber y creemos poder opinar sobre temas de movilidad humana

Laura Estela Ortiz Martínez
Doctora

viernes, 05 agosto 2022 | 06:00

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Muy socorrido es en la actualidad el tema de migración. De alguna manera todos creemos saber y creemos poder opinar sobre temas de movilidad humana. Y claro, tenemos derecho a hacerlo siempre y cuando abordar el tema invite a la reflexión y a la acción en pro de quienes se han convertido en los protagonistas de esta penosa e infame situación: los migrantes. 

Es necesario y muy importante tener la voz y levantarla por los demás, siempre y cuando podamos entender desde el corazón, penetrar de verdad en ese mundo resultado de la segregación, exclusión y miseria a la que están expuestas miles de personas que viven este problema, doblarnos un poco, tomar un tiempo para escuchar sus testimonios y para acompañar el sufrimiento, la discriminación, la xenofobia y la desigualdad de los que son víctimas en su máxima expresión. 

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Los pies cansados, heridos, inflamados y con ampollas están entre los mayores problemas y desafíos para los miles de migrantes provenientes de Centroamérica que avanzan por el sur de México con la esperanza de iniciar una nueva vida en nuestro país o en Estados Unidos. Solo hay que imaginar a esos pies caminando a diario sobre el asfalto caliente de las carreteras hechas para vehículos, no para personas. Travesías de semanas quizá de meses. Los migrantes desechan sus zapatos dañados reemplazándolos con otros donados en las escalas que van haciendo, o con pares de repuesto que llevan en sus mochilas. A pesar de ello, el contacto tan prolongado con el pavimento, deshidratación y mala nutrición, virtualmente destroza sus pies, los inflama, los llena de dolorosas heridas. Y hablamos no solo de adultos: de ancianos, de mujeres embarazadas, de jóvenes, sino -Dios nos perdone- también de niños. 

Una vez que ánimo, fe y heridas han cicatrizado, los migrantes se imponen al dolor, decididos a llegar a un lugar donde sueñan que es diferente al infierno que han vivido. 

Unos apenas van a intentar cruzar, otros ya regresaron con los sueños rotos y los pies cansados.

En el año 2013, en la Casa del Migrante de Ciudad Juárez, un buen samaritano, de esos héroes anónimos que existen, inició un proyecto único: dar masaje a los migrantes que, con los pies lastimados, inflamados, llenos de heridas y grietas  llegaban en busca de refugio. A él se unieron otras pocas almas piadosas, personal voluntario del albergue a quienes les enseñó la práctica de la reflexología, un poco de herbolaría y terapia física, dándose a la tarea de continuar el proyecto, estableciendo horarios y tiempos para preparar infusiones de la planta gobernadora y de árnica para lavarles los pies, recolectar material de curación como vendas, gasas y alcohol desinfectante para curar las heridas, conseguir aceite de olivo puro para lubricar y tocar con suavidad las ampollas, proveer de toallas y papel para secarles y así  crear un método  de ayuda providencial, que  involucra la higiene, la curación, el descanso y el amor. 

Para muchos de los hermanos migrantes es difícil el proceso, no lo permiten, se resisten y con gran razón, les avergüenza ser observados y tocados, les atormenta descubrir sus pies maltratados, se sienten indignos, defraudados, sucios y llenos de amargura, pero poco a poco se realiza el acto de convencimiento por parte de las manos piadosas  de quienes se ponen a sus pies en el sentido estricto de la palabra y  les hacen sentir acogidos, en confianza, en casa. Benditos sean. 

Ponerse a los pies de alguien, es la manera de reconocer voluntariamente respeto y  piedad, representa un acto de humildad. Por eso este proyecto es una de las grandes misiones de la Casa del Migrante entre otras muchas más que realizan diariamente quienes dirigen, trabajan y prestan su servicio voluntario ahí. 

Los pies de Cristo representa aquel momento de la última cena donde Jesús convierte pan y vino en su cuerpo y sangre, se levanta y lava los pies de sus doce apóstoles y tras ello les dice: "Hagan como yo he hecho con ustedes", seguramente los miró a los ojos, su mirada penetró a su corazón observando la historia de cada uno de ellos. 

Los seres humanos podemos presentar muchos rostros, muchos rasgos, posturas, manera de caminar que nos identifican, pero los pies hablan mucho de nuestra persona, son  el reflejo de lo que somos: olor, sudor, uñas, grietas, espinas, ampollas, heridas, sufrimiento.  Por eso cuando realmente queremos conocer quien es el otro, no para criticar, sino para ayudar, para levantar y amar, los pies son la clave.

Así como este proyecto bondadoso, existen muchos más dentro de la Casa del Migrante, donde nos invitan a la comunidad de Ciudad Juárez a sumarnos a sus esfuerzos, despertar conciencias, asumir responsabilidades y poder crear hábitos para un solo fin: ayudar a quienes por esta vuelta han sido más desafortunados que nosotros. Hagamos un trabajo serio y comprometido convirtiéndonos en activistas reales. Más allá de lo cuantitativo, debemos imprimir calidad a los buenos actos. Nunca es tarde para arrimar el hombro y ayudar. Ropa, calzado, calcetas, calcetines, artículos de higiene personal, material de curación, aceite de olivo, toallas, alimentos no perecederos, huevo, embutidos, agua purificada, nos esperan en cada espacio de este albergue, en cada casa de ayuda, en cada asilo y en la vulnerabilidad completa de las personas que ahí llegan pidiendo auxilio. 

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