Opinión

Carta abierta

Desde hace semanas la opinión pública se ha ensañado con el Poder Judicial del Estado de Chihuahua en un afán de no dejar títere con cabeza

Luis Villegas Montes
Analista

lunes, 22 noviembre 2021 | 06:00

Ya estuvo suave.

Desde hace semanas la opinión pública se ha ensañado con el Poder Judicial del Estado de Chihuahua en un afán de no dejar títere con cabeza.

Ya me cansé.

Hasta la náusea, durante días he estado esperando que el autor y responsable del estropicio salga a dar la cara y dé cabal explicación de su estulticia supina, de su inexplicable ingenuidad política, de su reconocida falta de escrúpulos, de su incompetencia probada y de su absoluta falta de integridad. Me refiero, por supuesto, a Pablo Héctor (alias “El Espada Veloz”) González Villalobos.

Su pertinaz silencio afrenta, en primer lugar, a la división de poderes; en segundo, al Poder Judicial del Estado; en tercero, a los magistrados que integran Pleno; y en último y modestísimo lugar, a quien esto escribe. Y ahí sí no.

Lejos de sentirme el célebre Barón de Montesquieu —la división de poderes es una teoría en crisis que, tras el llamado “bloque de constitucionalidad” y la creación de organismos autónomos a diestra y siniestra, nos obliga a una nueva reflexión—, hago mutis; al Poder Judicial no lo represento; los magistrados (como dice José Alfredo en su popular “No me amenaces”), ya están grandecitos, ya entienden la vida y ya saben lo que hacen; así que quedo yo, solo (otra vez), para defenderse de los ataques, improperios y cuestionamientos que personajitos, mayormente representados por una izquierda mezquina, famélica y retrógrada, indirectamente han dirigido a mi batalladora, bruna y oronda persona. Procedo.

Todo comenzó en forma inocente: el jueves 21 de octubre de 2021, el Consejo de la Judicatura local decidió, en uso de sus facultades, por mayoría absoluta, aplazar la ratificación, o no, de dos jueces. Lo anterior, provocó una reacción furibunda y fulminante por parte del entonces presidente del Tribunal Superior de Justicia (el citado verdugo en grado de tentativa, Pablo Héctor González Villalobos), quien por sus tompiatitos decidió defenestrar al magistrado Gabriel Ruiz. 

Mediante engaños y mentiras, el siguiente lunes 25 de octubre, el amago de samurai, González Villalobos, congregó en torno suyo a un grupo de 17 magistrados para obrar en consecuencia y celebrar, puntuales, a la una de la tarde, una sesión pública a fin de cortarle la cabeza a nuestro compañerito. 

Ese mismo día, sin explicaciones, el mismo personaje, el conato de sayón, Pablo Héctor González Villalobos, decidió aplazar la sesión y convocarla para el día siguiente (martes 26 de octubre), a las nueve horas, con idéntico orden del día. Al final, salió con su batea de babas a decir que siempre sí, sí, sí, el magistrado Ruiz Gámez se mantendría “en su cargo”. 

Después del público ridículo de matador frustrado, en privado y esquivando mandobles ciegos, el suscrito se reunió con él para decirle cuatro verdades: la primera, que me ofrecía a ayudarle a transitar en su debacle para que se fuera con dignidad y no por la puerta de atrás, tal y como lo ayudé (dos veces) a ser electo presidente por unanimidad; la segunda, para decirle que él ya no conducía los destinos del Tribunal, después de la evidencia palmaria de que había perdido, en menos de cuatro días (y eso porque se atravesó un fin de semana, que si no…), al Consejo de la Judicatura y al Pleno (lo primero por tarugo; y lo segundo por mentiroso); la tercera, para pedirle que, fuera de sí mismo, no buscara culpables pues lo ocurrido obedecía, exclusivamente, a sus acciones y omisiones —es decir, a su sandez y negligencia—; y cuarta, para exigirle que ni en sueños se le ocurriera pensar que podía dirigir su sucesión. Me oyó como Dios a las liebres.

Desde entonces, desde que decidió que debía renunciar y hasta el día de hoy (vistos los editoriales que nos dedican algunos medios), Pablo me recuerda, hasta la náusea, esa otra famosa canción de “Leña de Pirul” que dice, entre otras cosas: “Con lágrimas te advertí/Solo te van a engañar/Y hoy de fracaso en fracaso/Mencionas mi nombre/Y eso me hace llorar”. Ello, porque en su triste peregrinar, y en el término de diez días, Pablo cayó más y más bajo, en la infamia y la maledicencia.

Si de su ataúd político el primer clavito Pablito lo clavó cuando perdió al Consejo y el segundo cuando descaradamente mintió a más de la mitad del Pleno, el tercero fue cuando no hizo caso al consejo del suscrito; el cuarto, cuando declaró que no había renunciado a la presidencia;  y el quinto, cuando dijo que el lunes 8 de noviembre revisaría si continuaba “al frente del Tribunal”.  El colmo de los colmos, la cima de la majadería y estupidez, ocurrió cuando ese mismo lunes renunció “a su llegada a palacio de gobierno”.  De ahí que el viernes 10 de noviembre el suscrito lo increpara públicamente  virtud a las declaraciones y manifestaciones que su torpeza produjeron en perjuicio del Tribunal y que han llevado, a múltiples pseudoanalistas, a tildar de cobardes y sometidos, entre otras lindezas, a sus integrantes. Cosa que no voy a consentir ni a tolerar, de ahí estos párrafos.

En resumen, el único responsable de intentar inmiscuir a otro poder en una decisión interna del Tribunal (tomada desde casi dos semanas atrás por sus integrantes) y derivada de su simpleza, candidez, desvergüenza, ineptitud, cobardía y deshonestidad intelectual, es el propio Pablo Héctor González Villalobos.

Desde estos párrafos hago público que rechazo cualquier línea editorial que me impute responsabilidad en estos hechos que son exclusivos del expresidente y su ínfima camarilla quienes con alma de veleta, desde hace casi diez años, y hasta la náusea, hicieron lo posible, y hasta lo imposible, por acceder al poder a cualquier precio (yendo a despellejarse las manos aplaudiéndole a Serrano o alimentando la locura de Corral pocos meses más tarde); así como a todos aquellos que le atribuyen al suscrito una mala entraña, que solo existe en la imaginación enferma y calenturienta del pobre Pablo y de sus secuaces, voceros, correveidiles y alguna que otra lagartija colada.

A los restantes magistrados del Tribunal, a jueces y secretarios, de Sala y de juzgado, hago testigos de que, en siete largos años, nunca, jamás, en ninguna situación, bajo ninguna circunstancia, ni pública ni privada, les he amenazado o faltado al respeto o consideración. Mis manifestaciones, dichos y hechos, son públicos y ahí están. Para eso sirven los pantalones.

A Pablo, lo reto a debatir públicamente en el auditorio del Tribunal, cuando y como quiera, lo hasta aquí escrito. Sé, de antemano, que va a declinar, la felonía y el miedo no son cosa de dejarse atrás así como así.

Es cuanto. 

Luis Villegas Montes.

P.D. Lo de “hasta la náusea” es chiste personal.

Notas de Interés

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