Opinión

'¡Carmelo que está en el cielo!'

Dedico este relato a José Guillermo Dowell Fernández ¡que viva la fiesta José!

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 19 septiembre 2021 | 06:00

Por ahí de las seis de la tarde pedí un Uber con destino al Kentucky Bar, ahí quedamos de vernos para tomar un par de cervezas y emprender la caminata a la plaza de toros Alberto Balderas. El conductor era un joven de unos veintitantos en un auto compacto marca Kia, casi nuevo, algo que cada vez es más raro en este servicio que poco a poco va a perdiendo las virtudes. Es difícil entablar comunicación en esas circunstancias, frecuentemente uso dos temas: el tráfico y el clima. No se puede hablar de otra cosa en Juárez, donde los conductores han sido blanco del crimen organizado, no me gusta incomodar con preguntas relacionadas con el negocio. El conductor me preguntó que si tenía cambio, porque antes de mi hubo un cliente que pagó con un billete de quinientos y le había dejado sin morralla. Afortunadamente, yo había previsto eso y llevaba billetes de baja denominación -como siempre-. Entonces asentí y ahí comenzó la platica. Me dijo “qué tal se pone el Kentucky”, a lo que contesté que no iba propiamente al legendario bar, sino que me encontraría con unos amigos ahí para ir a la corrida de toros. Su respuesta fue “¿todavía hay toros?”, la pregunta es bastante lógica, sobre todo con la embestida de los grupos que se oponen a la Fiesta Brava en todo el mundo. Le dije que sí, con cierto dejo de orgullo y agregué “la corrida pasada se llenó, ojalá que ahora también se llene”. El cuate no hizo muecas, solamente dijo “¿y si se pone suave?”, esa pregunta es más filosófica; bueno depende de lo que se entienda por “suave” -no contesté eso, pero lo pensé-. No quise entrar en detalles, pero le dije que es como el fútbol, a mucha gente le gusta y a otra no, pero somos muchos los que disfrutamos la Fiesta Brava. Pero, efectivamente, no es para todos. Lo taurino es algo que se forja con la vida misma. Es difícil de explicar. Bueno, para la siguiente vuelta quizá acabe con mi perorata, porque he llegado a mi destino. En el Kentucky un guardia de seguridad celoso de su deber impide el paso a los parroquianos. Adentro, la mitad está esperando a que den las siete con treinta y salir volados. Una mala pasada del destino y se atraviesa el tren. Para evitar eso hay que irse temprano. Cuando vamos pasando por la esquina de Mejía y Juárez, Alfredo Barrios me pregunta “¿cómo se llamaba este lugar, Florida?”. Afirma -le contestó con tono marcial-. Precisamente en ese momento se escucha la trompeta del tren. Alberto Barrios nos grita “apúrenle” y todos apretamos el paso; de marcha en desfile pasamos a trote lento. Desde que nos asomamos y alcanzamos a ver el hormiguero, comienza a sentirse el ambiente taurino. En la esquina nos intercepta una mujer que trafica con semillas tostadas, un elixir de los dioses prehispánicos. Los gritos de vendedores que ofrecen cojines o souvenirs me recuerdan a la bella Plaza México. Cuando tenía unos trece años mi papá me llevó, recuerdo que antes de entrar fuimos a los puestos que ofrecían tacos de todo, los preferidos de mi papá eran los de arroz con huevo cocido, un manjar exquisito que disfrutaba como si fuera una rib eye; luego ir a gallopa en los boletos de veinte pesos. Seguramente mi papá pudo elegir ir solo y disfrutar de un lugar más cerca del rendondel, pero, como lo hacen los padres, decidió sembrar la afición y partir su boleto en dos para llevarme. Esa es solamente una deducción, pero debo decir que lo menos que tiene la Fiesta Brava es lógica, porque además así es la cultura, simplemente es. En el puesto que vende unas deliciosas enchiladas alcanzo a ver a mi amigo, el abogado Ernesto Lucero Talavera. “Nobleza, obliga”, repetía mi papá, por eso me arranqué a saludar. Poco antes de entrar, la gente hace un remolino en la taquilla, recuerdo que hace cuatro años me encontré en la fila al licenciado Luis Alfonso Mayorga, en aquella ocasión recordé que la plaza había quedado abandonada durante varias décadas y apenas se reactivaba, creo que la usaban como escuela taurina, pero la plaza más grande era la Monumental, donde ahora está un Walmart. Es irónico, los promotores de la cultura se opusieron argumentando que era una tradición en Juárez, luego estaban en contra de las corridas de toros. Por ahí del inicio de los noventa, por un lado de la Plaza Alberto Balderas había pequeños locales, ahí había un cuate que tenía una computadora Macintoch de primera generación, que era como una caja blanca y toda una maravilla porque ya no era la pantalla negra con letras verdas, la Mac había incorporado gráficos. Mi papá editaba una revista que se llamaba “Los Principales”, en una abierta referencia al PRI. En cierto modo, ser taurino es como identificarse con una ideología política, si se entiende en serio. Entramos a la plaza, pero en el camino me encontré a Mauricio Porras y su papá don Rual, en lo que platicamos pasó un torero con su traje de luces, “¡suerte matador!”, dijo un cuate, en ese momento no sabía quien era. La platica fue muy breve, coincidimos en lo mismo, las corridas de toros son parte de nuestra identidad hispana, concluimos que no podemos separarnos de esas raíces. Al llegar a la plaza, a lo lejos veo a mi amigo Carlos Castañeda Echaniz y su esposa, en el ruedo alcanzo a ver al mejor picador de México, el gran maestro Efrén Acosta “El Loco”, a quien le dedicaron dos toros como homenaje a su trayectoria; en las gradas, decenas de amigos, mi querido Alejandro Ramírez y su esposa que no fallan, cerquita del ruedo el maestro José Mario Sánchez Soledad, una cita obligada cuando se habla de toros y de lucha libre en Juárez. Es una fiesta y, por tanto, es la euforia total. Debo aceptar que disfruto gritar ¡olé!, pero también gritar “¡Música Varela!”, en alusión a la autoridad de la plaza, mientras el arquitecto Paco Zarate y el licenciado Dante Acosta aplauden la puntada. El tercer toro, con el apodo Corralijo de Rancho Seco, fue dedicado por el matador Leo Valadés al notario José Guillermo Dowell Delgado, el momento no pudo ser más emotivo, me enorgullece ser su amigo. El gran ganador de la noche fue Armillita IV, con dos orejas en el quinto de la tarde. Una vez más, sonó el paso doble de Agustín Lara, sobre el gran Silverio Pérez “¡Carmelo que está en el cielo se asoma a verlo torear!” y desde el cielo, todos los que ya no están y que nos heredaron la fiesta.

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