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Opinión

California Fashion I

Otra tarde color dorado mate en Jtown. La tormenta de arena hace que la escena transcurra en cámara lenta

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 08 mayo 2022 | 06:00

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Otra tarde color dorado mate en Jtown. La tormenta de arena hace que la escena transcurra en cámara lenta. En la catedral una mujer pide limosna sentada en la escalera de piedra, mientras un artista urbano infla un globo con forma de salchicha para después doblarlo hasta convertirlo en una corona. Dos ancianos comparten un pan duro para aventar migajas a las palomas. Las aves vigilan la plaza día y noche como gárgolas góticas. Mientras tanto, suenan los últimos estertores del tráfico vespertino y yo camino entre los vendedores de juguetes de manufactura china, tratando de evitar los pequeños riachuelos de aguas negras que forman un remolino en cada esquina. Un bolero viejo ofrece sus servicios en los arcos de la legendaria Manzana Catorce. A lo lejos, una mujer anuncia el fin del mundo recitando versículos del Nuevo Testamento. Una señora busca en su bolso las llaves de su auto en la cartera mientras habla por su celular. En la joyería Zafiro, el relojero se asoma por la puerta esperando que algún cliente se acerque y poder reparar una máquina del tiempo. En el Café Central una joven me recibe abrazando un menú y luego lanza las dos sílabas más solitarias del diccionario en forma de pregunta “¿u-no?”, mostrando su dedo índice para complementar el anagrama, casi al mismo tiempo muevo la cabeza afirmando. Me pasa a la barra y de pronto me enfrento al santo grial de la gastronomía, su majestad el pan dulce. Pido un “Ojo de Pancha”, señalando la primera charola de aluminio. También un café lechero. Mientras espero, se acerca un hombre joven, unos treinta y tantos, su cara se oculta detrás de una barba descuidada, la ropa no es de su talla. Estaba más grandote el muertito -pensé-. Como en las películas de hollywood, el sujeto tomó un periódico y fingió leer alguna noticia de deportes. Entones escuché “¿Qué piensas de los viajes en el tiempo?”. A mi alrededor no había nadie más que pudiera contestar aquella pregunta que quedó botando como un balón de baloncesto hasta que perdió fuerza y se arrinconó en el silencio. El hombre seguía fingiendo que leía y yo comencé a fingir que veía el celular mientras trataba de ver de reojo al misterioso sujeto. Como una flecha volvió a lanzar una pregunta “Sí, tu, Carlos Murillo, ¿qué piensas de los viajes en el tiempo?”. Nadie puede romper las reglas del juego así nada más, mucha gente me conoce porque escribo en El Diario, seguramente es algún lector que ahora quiere entablar un diálogo. Y preguntarle cómo es que sabe mi nombre sería un desperdicio de tiempo, entonces preferí seguir la corriente del río y deslizarme como mantequilla en un hotcake o como gorda en tobogán. Seguí viendo fijamente la pantalla de mi celular y dije con voz firme “Pienso que los viajes en el tiempo son una fantasía”. La mesera pasó enfrente de mi en ese momento y me volteó a ver sin causarle ninguna sorpresa que estuviera hablando solo, seguramente pensó que era otro loco más de los cientos que entran durante el día y ni siquiera se molestó en preguntar si le hablaba a ella. La siguiente frase fue “Me llamo Tonatiuh, vengo del año 2052”. Estas cosas solamente me pasan a mi, ahora estoy hablando con un viajero en el tiempo. Tengo dos alternativas, la primera es quedarme y seguirle la corriente o salir corriendo de aquel lugar para evadir a aquel esquizofrénico. Sin duda, lo más razonable era irme; entonces me quedé a seguirle la corriente al tremendo Tonatiuh, tomé un largo trago de mi café y le dije “¿tienes una máquina del tiempo?”. Un par de policías de la Guardia Nacional entraron apresurados, su lenguaje corporal era de un perro detrás de un hueso, era evidente que algo buscaban. Tonatiuh se levantó y caminó sonriente enseguida de una familia tratando de camuflarse. Los policías hablaron por radio y salieron corriendo de aquel lugar. Por alguna extraña razón, aquel momento fue uno de los más emocionantes que había tenido en mucho tiempo. Después de ahí me fui al Bar 15, en la Avenida Juárez, tras saludar a los parroquianos pedí un caguamón de la cerveza más corriente, en ese momento recordé la letra de un corrido norteño que dice “una cruz de madera, de la más corriente”, como un resorte me levanté para ir directo a la rockola con un dólar que pedí prestado al mesero y que anotó en una comanda para agregarlo a la cuenta. Por un momento sentí que eso ya lo había vivido antes, es lo que llaman un Dé jàvu, me ocurre seguido. Habían pasado dos horas de aquel episodio en el Café Central, en la pantalla del bar se veía el noticiero nocturno, después de algunas escenas del clima de pronto vi a Tonatiuh en la televisión, el rostro estaba difuminado pero lo reconocí por la ropa, detrás había una manta con el logo de la policía y debajo un cintillo del editor que decía “¿Defraudador o loco? Dice que es viajero en el tiempo y aprovecha para robar”. Bueno, una historia más que termina en fiasco -pensé- y seguí con la segunda ronda. Para aprovechar el tema fantástico, repetí la dosis y puse la rolita del David Bowie “The man who sold the world”, luego regresé a la barra, entonces el mesero se acercó y me dijo, hace un rato vino un cuate y me dio cien dólares para que le entregara esto, debe ser para usted porque me dijo que la señal era esa canción que acaba de poner. Me entregó un sobre con una carta mientras mi piel se hacía chinita hasta convertirse en una chinela de avestruz. Tomé el sobre, lo abrí y comencé a leer “Cuando leas esto ya te habrás enterado que me detuvieron, intencionalmente provoqué esto para ofrecerte la primera prueba, en unos minutos más subirán la noticia en los portales digitales que me he escapado y me siguen buscando, esto va más allá de ti y de mi, ambos, en un futuro seremos los responsables de esta operación que lleva por nombre “Acapulco Fashion”, una vez que revises tu celular para confirmar, te espero en la puerta del Casino La Fiesta a las 22:00 horas”. Entonces tomé mi teléfono y vi en El Diario Digital la noticia que anunciaba “Se escapa viajero en el tiempo; estaba bajo resguardo de la policía municipal”. Un rayo de adrenalina recorrió mi sistema nervioso. Vi el reloj y faltaban cinco minutos para las diez. Inmediatamente pedí la cuenta sin preguntar más y salí del Bar 15, un poco desorientado crucé la calle, caminé al norte hasta un templo Bautista que está en la esquina y por ahí entré a la penumbra de la zona más oscura del centro. Mientras caminaba por el callejón Carreño pensaba que esa aventura parecía una locura, pero de algún modo la vida misma es una locura. 

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