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Opinión

California Fashion, capítulo final

Nadie conocía el nombre real de Omega Once, algunos decían que era Armida, otros afirmaban que su nombre era Teresa.

Carlos Murillo
Abogado

domingo, 11 septiembre 2022 | 06:00

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Nadie conocía el nombre real de Omega Once, algunos decían que era Armida, otros afirmaban que su nombre era Teresa. Cuando se elige la vida clandestina el nombre parece no importar. Otro rumor que se escuchaba en las quince casonas de la Nueva Chaveña, era que había tenido dos hijos pero, como suele pasar con frecuencia, los hijos no siguen el camino de los padres; por su edad, quizá uno setenta y tantos, los hijos podrían tener entre cuarenta y cincuenta años. A pesar de conservar una personalidad enigmática y aparentemente invencible, Omega Once tenía sus momentos de debilidad, había formado una comunidad como si fuera una secta comunista en una fortaleza en medio de la nada, apartada de Ciudad Juárez intencionalmente, pero, en el fondo, esta mujer nacida en Juárez, siempre estuvo dispuesta a regresar a la casa donde vivió toda su infancia, enfrente del Parque Hidalgo. Era una idealista pacífica, pero no fueron pocas las veces que ordenó matar a alguien para defender a la comunidad. 

Merced a los viajes en el tiempo, ahora se veían las caras frente a frente el agua y el aceite. Omega Once, la matriarca, tenía una arraigada ideología anarquista, tanto así que también se hacía llamar Guadalupe Scobell, se puso el nombre de una sobreviviente guerrillera de la Liga Comunista 23 de Septiembre, la señora era una auténtica Out of Law que no encuentra diferencia entre el Estado y la Mafia porque piensa que son lo mismo. Y, ahora, estaba frente a don Carlos, un hombre de Estado, el símbolo del patriarcado autoritario, nacido en un sistema político que privilegia el fin sobre los medios y que usa el poder para hacer prevalecer la ley y el orden; sin medias tintas, es capaz de ordenar el uso de la fuerza sin cortapisas, bajo la premisa de que “muerto el perro se acabó la rabia”. Sí, eran agua y aceite, pero tenían el mismo recipiente. 

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Don Carlos, unos minutos antes, había aparecido en el Cerro Bola; dos sujetos desconocidos para él, pero conocidos para nosotros, Tonatiuh y el Profesor Zobek, entraron al Bar Mint, el 6 de febrero de 1962 y entregaron una esfera a don Carlos que le transportaría al 11 de septiembre de 2022. Harto de la maldita rutina, había aceptado el reto por diversión y ahora se encontraba en otra línea del tiempo.

“Vamos al balneario Riviera”, ordenó don Carlos a Babe Sharon mientras se sacudía el polvo de su traje negro, “tú vas a ser mi secretaria particular”, le dijo al luchador exótico, quien asintió con la cabeza y corrió lentamente con la cadencia de una adolescente hasta Omega Once, que estaba por subir a uno de los tres jeeps que aguardaban para sacarnos de ahí. Algo se dijeron casi en secreto y, después de un cuchicheo entre la matriarca y su escolta, llegaron a un acuerdo y se lo comunicaron al recién nombrado secretario particular. Babe Sharon regresó y nos dijo: “Omega Once aceptó que nos dejarán en el Riviera, de ahí se irán de regreso a la Nueva Chaveña, todos podemos ir con ellos, si así lo deseamos, -hizo una pausa y con timidez agregó- menos usted don Carlos”. 

George ya había subido al último Jeep, donde también don Choco se acomodó; Babe Sharon y el escolta de Omega Once se subieron al primero y quedamos hasta el final don Carlos y yo que fuimos directo con Omega Once. Tras bajar del Cerro Bola en un silencio absoluto, nos incorporamos al Camino Real, desde ahí se alcanza a ver buena parte de la ciudad y don Carlos pegando la frente a la ventana dijo “ahhh Ciudad Juárez, creció bastante en estos años por lo que veo”. Omega Once contestó “ya no es la misma de hace setenta años”. Tras unos minutos sin respuesta, don Carlos dijo “Juárez nunca es la misma, cada día es diferente”. Aquel debate entre silencios y aforismos eran miradas aparentemente contradictorias, pero, en realidad, mostraban las dos caras de una misma moneda. “Es sí, no ha mejorado en setenta años, es más, creo que Juárez se ve peor, espero que tengan controlada a la delincuencia por lo menos”, dijo don Carlos visiblemente molesto. Omega Once pensó unos segundos su respuesta y contestó “hay la misma violencia, pero ahora se matan entre pandillas, ya no los mata la policía”. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de don Carlos, “entiendo a lo que se refiere señora, pero le aseguro que eso es una leyenda urbana, yo no soy el villano aquí; el maleante, el violador, el raterillo, ellos son los malos y nosotros somos los buenos”, concluyó su perorata mientras frotaba sus manos en sus piernas en señal de molestia.

Para cortar distancia, pasamos por los barrios más calientes de la ciudad en el poniente, el convoy iba en zigzag subiendo y bajando cerros repletos de pequeñas casas cayéndose. Después del sube y baja, desembocamos un poco después del Arroyo de las Víboras y tomamos el bulevar Municipio Libre.

“Mi hermano mayor, José María, desapareció, mi mamá decía que usted lo había matado y le llevaba flores a la piedrera”, Omega Once, lanzó la bola dura a 100 kilómetros por hora. “Todo eso es falso señora -dijo con serenidad don Carlos-, ya se lo dije, a lo mejor su hermano se fue al otro lado, se quedó por allá trabajando y se olvidó de todo, supe la historia de un muchacho que llegó hasta Kentucky, chaparrito, delgado, muy bonachón, lo hicieron jockey y ganó varios premios, un árabe se lo llevó a un país raro cerca de Egipto y nunca regresó, allá se quedó; piénselo, es lo más probable que eso haya pasado con su hermano o viajó en el tiempo como yo”, volvió a reír sin ningún pudor.

Pasamos por la avenida Reforma, casi todos los negocios lucían completamente destruidos, luego dimos vuelta en la calle Vicente Guerrero y el escenario era devastador, parecía una zona de guerra o un pueblo fantasma. Asombrado don Carlos solo dijo en voz alta “¿por qué está así…?”. Todo pasó y nada se quedó. Son los tejidos muertos de la ciudad. 

Finalmente, llegamos al Riviera, el lugar está clausurado totalmente, vandalizado por dentro y por fuera. Un anciano de unos ochenta años abrió una de las puertas desde adentro y nos hizo señas para entrar, aquel lugar parecía Chernobyl, han pasado más de cinco décadas desde que cerró y el tiempo ha carcomido la alberca y las habitaciones del motel. Todos nos apeamos de los jeeps mientras veíamos sorprendidos aquel espectáculo dantesco que una vez fue el ícono de la clase alta de Juárez.

“Don Carlos, pensé que no vendría”, dijo el anciano con familiaridad. Antes de viajar en el tiempo, don Carlos había pagado doscientos dólares a un mesero por seguir sus instrucciones, se verían en el Riviera sesenta años después y le pagaría 50 mil dólares ahí mismo, en una servilleta le escribió la fecha exacta de la cita. “Esperen, hay algo que quiero enseñarles”, les dijo y fue directo a un cuarto donde movió una roca en una pared que tenía oculta una caja fuerte marca Mosler. 

Omega Once comenzó a despedirse, abrazó a George y le dijo algo al oído, después apretó la mano de don Choco, de BabeSharon y finalmente se despidió de mi, “cuando quieran ir a la Nueva Chaveña, usen la radio, tienen las puertas abiertas”, entonces reapareció don Carlos cargando una maleta militar llena de dólares y una ametralladora Thompson, el escolta de Omega Once intentó protegerla y recibió una bala calibre .45 en el corazón, luego se escucharon más de veinte detonaciones que iban a todas partes y a ningún lado, el anciano que nos recibió corrió hasta don Carlos por detrás y le quitó la bolsa de dinero, después le disparó en la sien con una escuadra marca Ruger, luego escapó por una puerta trasera y desapareció. Como suelen ser los desenlaces, todo pasó muy rápido. De pronto todo se nubló, poco a poco dejé de escuchar los ruidos de la ciudad hasta perder el conocimiento por completo. 

Cuando desperté, una luz estaba frente a mí, era un médico que me preguntó mi nombre y después dijo “ya está consciente". Luego, una enfermera me explicó que llevaba 21 días ahí, sin ningún rastro había aparecido en la puerta del Hospital General con un golpe en la cabeza y desde entonces estuve hospitalizado. Todo era confuso. La enfermera se retiró y cerró las cortinas, entonces escuché una voz de una mujer que dijo “¿qué piensas de los viajes en el tiempo". Fin.

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