Borrón y cuenta nueva

Con el fin de enero llegó, según declaró el presidente López Obrador, 'el fin de la guerra' contra el narcotráfico y el crimen organizado

Jorge Fernández Menéndez
Analista
sábado, 02 febrero 2019 | 06:00

Ciudad de México.- Con el fin de enero llegó, según declaró el presidente López Obrador, “el fin de la guerra” contra el narcotráfico y el crimen organizado. Según el presidente, “no es función del gobierno organizar operativos para detener capos” porque lo que el gobierno quiere es “la paz”. Para llegar a esa conclusión explicó que el martes pasado se habían dado 54 muertes violentas en el país cuando el promedio en los días anteriores era de 80.

Paradójicamente, en la misma conferencia mañanera, cada día convertida más en un espectáculo mediático que en un esfuerzo informativo, también habló el secretario de la Marina, el almirante José Rafael Ojeda Durán, quien explicó cómo en San Salvador, Guanajuato, los marinos se habían tenido que enfrentar con los integrantes del cártel de Santa Rosa de Lima, dedicados, sobre todo, al robo de gasolina. Habló y mostró imágenes de los bloqueos, las quemas de automóviles y tráileres, de los ataques a sus elementos, del peso de ese cártel en Guanajuato que, eso lo decimos nosotros no el almirante Ojeda, llega hasta altos niveles del Gobierno local.

El gran rival de esa organización criminal es el Cártel Jalisco Nueva Generación, quizás el más importante, hoy, en el tráfico de drogas. Ese enfrentamiento entre los de La Rosa (así les llaman) con el CJNG ha provocado centenares de muertos, secuestrados y Oseguera, “El Mencho”, el temible jefe del CJNG, sabe que desde hoy no habrá operativos especiales para detenerlo.

Al mismo tiempo que el presidente López Obrador decía que la guerra contra los capos del narcotráfico había acabado y que no era función del gobierno perseguirlos, en una corte de Brooklyn, en Estados Unidos, la fiscalía concluía el alegato de cinco horas en el juicio contra el principal narcotraficante mexicano, Joaquín “El Chapo” Guzmán. Durante 11 semanas con 56 testigos, un tercio de ellos narcotraficantes convertidos en testigos colaboradores, se desnudó el accionar y la personalidad de “El Chapo” Guzmán. Más allá de algunas mentiras y exageraciones, de denuncias sin comprobar, se pudo confirmar, en voz de los propios criminales, la profundidad con la que ha penetrado el narco en las estructuras de poder político y de seguridad, y el que manejan esas organizaciones, dentro y fuera del país. Un poder que les permite colocar como diputada a la amante del capo, tener sistemas de intercepción de llamadas operados desde el exterior, disponer de algunos millones de dólares para comprar policías y autoridades, contratar productores y artistas para hacer películas biográficas y disponer de la vida y la propiedad de millones de personas.

Tuvo mala suerte “El Chapo”, si no hubiera buscado a Kate del Castillo y Sean Penn para la susodicha película, otorgándole a las autoridades el hilo del cual jalar para volver a detenerlo, hoy en lugar de en una corte de Brooklyn (donde, probablemente, le darán una condena de por vida en una cárcel de máxima seguridad), podría estar tranquilo disfrutando de su familia en su natal Sinaloa, como su compadre, Ismael “El Mayo” Zambada, quien en el juicio de Brooklyn ha quedado como el gran capo en funciones del narcotráfico en México y al que aquí ya no se lo considera un objetivo del gobierno.

Y unas horas después de la declaración del presidente López Obrador, Trump publicaba un tuit recordando la cifra de muertos en nuestro país durante 2018 (diciembre tuvo la cifra más alta del año, en un 2018 que fue el que más víctimas tuvo en la última década) para tratar de justificar la construcción del muro. México está peor que Afganistán, aseguró.

Me pregunto cómo se le explicará a las familias, a los compañeros, a las instituciones, de los más de mil soldados, marinos y policías federales asesinados por los narcotraficantes en los últimos 12 años, que los capos ya no serán perseguidos porque se busca la paz con ellos.

Uno de los más importantes expertos en seguridad global, alguna vez me decía que no es verdad que no se dialoga con los narcos. Siempre se dialoga, la diferencia es que el diálogo no, necesariamente, es verbal: “Dialogas con las acciones que tomas tú contra ellos y ellos contra ti”. Es un diálogo en los hechos que establece límites y rupturas. En ese lenguaje de los hechos, el presidente López Obrador, al declarar el fin de la guerra contra el narco y al decir que no es función del gobierno armar operativos para perseguir a los capos, les ha tendido más que una mano, les está hablando de una amnistía, de una suerte de borrón y cuenta nueva. A ver qué pasa cuando el discurso choque con la realidad, como ocurrió el martes en San Salvador, Guanajuato.