Opinión

Biotecnología para derrotar el hambre

Las estimaciones de 2019 más recientes muestran que, antes de la pandemia, cerca de 690 millones de personas padecían hambre

Armando Sepúlveda Sáenz
Analista

sábado, 02 enero 2021 | 06:00

La FAO en Informe sobre el estado de los Objetivos del Desarrollo Sostenible, publicado en septiembre de 2020, refiere que la situación en 2019, “debido a la Covid-19, una crisis sanitaria, económica y social sin precedentes está amenazando vidas y medios de subsistencia, haciendo incluso más difícil el logro de estas metas”. Las estimaciones de 2019 más recientes muestran que, antes de la pandemia, cerca de 690 millones de personas padecían hambre, es decir, el 8,9 por ciento de la población mundial. A nivel mundial, la inseguridad alimentaria moderada o grave aumentó entre 2015 y 2019 y actualmente se estima que afecta a un 25,9  por ciento de la población mundial. A la causalidad señalada por la FAO debemos añadir los efectos crecientes del cambio climático. Durante 2020 la situación se ha agravado, de modo que la población que sufre hambre puede acrecentarse en 200 millones.

Las personas más pobres del mundo, muchas de las cuales son habitantes y productores del medio rural, están siendo los más afectados por las altas temperaturas y el aumento de la frecuencia e incidencia de desastres relacionados con el clima.

Al mismo tiempo, la población mundial permanece creciendo y se espera que llegue a 9,600 millones de personas en 2050. Para cubrir una demanda tan grande, los sistemas agrícolas y alimentarios tendrán que adaptarse a los efectos adversos del cambio climático y hacerse más resilientes, productivos y sostenibles. Es la única manera de que podamos garantizar el bienestar de los ecosistemas, de la población rural y reducir las emisiones.

Cultivar alimentos de manera sostenible significa adoptar prácticas que producen más con menos, en la misma superficie de suelo y usar los recursos naturales de forma racional. Significa también reducir la pérdida de alimentos antes de la fase del producto final o venta al por menor, a través de una serie de iniciativas, que incluyen una mejor recolección, almacenamiento, embalaje, transporte, infraestructuras y mecanismos de mercado, así como marcos institucionales y legales. 

La FAO, al hablar de la capacidad de respuesta de los pequeños productores ante eventos adversos expresa su convicción de que se puede garantizar la seguridad alimentaria de una población del planeta cada vez más hambrienta, a la vez que se reduzcan las emisiones.

El mundo produce más del doble de la comida necesaria para alimentar a su población y, sin embargo, casi 800 millones de personas pasan hambre. Los factores son diversos: desde el impacto de fenómenos climáticos, a los conflictos de variada naturaleza, pasando por las pérdidas postcosecha o un sistema comercial que deja a algunos fuera ¿Qué podemos hacer al respecto? ¿Cómo distribuimos los alimentos? ¿Qué y cómo consumirlos? ¿Cuáles son y cómo se producen los alimentos básicos en el mundo? ¿Quién controla y le pone precio a los bienes alimentarios?

Es claro que consumimos lo que se produce; tal vez deberíamos variar nuestros hábitos de consumo para incidir en los modos de producción rural. Ese podría ser un paso para reducir la huella hídrica, de carbono y la contaminación. Por ejemplo, reduciendo nuestra ingesta de carnes, reducimos las necesidades de producción de grano para consumo animal, necesitamos menos animales para carne, por consiguientes, al reducir el hato y las poblaciones de aves, arrojamos menos metano a la atmósfera, utilizamos menos insecticidas y fertilizantes y con ello reducimos el impacto contaminante sobre los suelos y los mantos freáticos y las corrientes superficiales, etcétera.

Podemos también introducir cambios en los mecanismos de comercialización, incidir en los incentivos para la producción, discriminando por tipos de productores, modificado los precios vía subsidios, etcétera. Sin embargo, estas vías no arrojan los resultados necesarios para erradicar la pobreza alimentaria. El que suscribe está convencido de la necesidad de otra revolución en los bienes de consumo alimentario vía innovación tecnológica. En el futuro produciremos los bienes básicos industrialmente, y serán más que solo una transformación de los bienes agrícolas y pecuarios; serán más bien, productos de grandes instalaciones de procesos bioquímicos. Esto es, productos alimentarios sintéticos. 

Y los hechos evolucionan siguiendo este hilo conductor: hay helados de “yogur” que están elaborados con “leche” de almendra, sin azúcar, pero endulzados con Stevia, adicionados con probióticos, bajos en calorías y supuestamente veganos, con sabores artificiales; el surimi es otro caso, que generalmente se presenta con apariencia y sabor que quiere imitar a la carne de cangrejo o algún otro marisco. A este producto según la Biblioteca de Agricultura de la Administración de Alimentos y Drogas de los Estados Unidos, se le puede definir como: Producto procesado de carne de pescado, típicamente abadejo de Alaska, y es condimentado, precocinado, y cortado de manera que se asemeja a la carne de mariscos o crustáceos; los “cortes de T-bone” con base en proteínas y grasas elaborados en laboratorio como impresiones de 3D, con sabor y textura de carne, etc.; producto que ha fracasado por su prohibitivo precio. Se ha optado por ellos en sustitutos “veganos”. Otro caso notable por ser aprobado por la FDA, es de la leche PerfectDay, con éxito por sus características de sabor y consistencia, y su aceptación por el mercado. El proceso, además, permite un ahorro importante en el uso de agua, permite menos emisiones de gases a la atmósfera al no haber animales involucrados y un proceso de producción más económico, menos contaminante y sustentable. Tiene otras ventajas, por ejemplo, los derivados son más homogéneos en sabor y consistencia. En el futuro se puede producir una proteína totalmente fabricada en laboratorio para sustituir la de leche. El rasgo predominante hasta ahora en la producción sintética es imitar los derivados de la producción vegetal y animal, con huellas hídrica significativa y en gases que contribuyen al calentamiento global. Sin embargo, es previsible que, en corto plazo, se abandonen estas simulaciones para entrar de lleno en productos alimentarios, que satisfagan las necesidades nutricionales, con texturas y sabores agradables y totalmente sintéticos.  

Se puede anticipar que, en el futuro cercano, la ingesta generalizada de un alimento en forma de una masilla o sólidos con texturas agradables al gusto y sobre todo que reúna todos los ingredientes nutritivos para el humano, y que prescinda de la dependencia de los productos alimentarios agrícolas, pecuarios o provenientes del mar, sin impactos negativos en la atmósfera, el suelo, el agua, y sin sacrificar animales. Un producto alimentario estándar sustentable y económico que permita derrotar el hambre y contribuir a reducir drásticamente la pobreza; aunque dejando la posibilidad de quien quiera pagar el costo de seguir consumiendo alimentos de manera tradicional, lo haga.