Opinión

Bálsamo de paz

La realidad llega a ser tan insoportable que requiere de una pizca de fantasía para ser tolerable. Por eso es bueno, aunque sea de vez en cuando, descansar de la realidad, pero sin escaparse de ella

José Elías Romero Apis
Analista

sábado, 01 enero 2022 | 06:00

Ciudad de México.- La realidad llega a ser tan insoportable que requiere de una pizca de fantasía para ser tolerable. Por eso es bueno, aunque sea de vez en cuando, descansar de la realidad, pero sin escaparse de ella.

Cuando vemos las genialidades de René Magritte o de Octavio Ocampo sabemos que ese caballo o esa columna no pueden existir en la realidad, sino tan solo en la fantasía del genio y en los ojos del espectador. El horizonte existe en nuestros ojos, pero no en la realidad. Nuestro realismo siempre requiere un poco de ilusión y nuestra fantasía siempre requiere un poco de realidad.

Ese ensueño puede ser una mentirilla gubernamental. Que creció nuestra economía. Que ya no hay corrupción. Que somos un país muy seguro. Que estamos mejor que nunca. Se escuchan muy bien mientras no se las creamos. Otras veces, esa quimera puede ser una fullería comercial. Meses sin intereses. Rebajas a mitad de precio. Garantía de por vida. Nos entusiasman mucho si no nos embaucan. En ocasiones, esa seducción puede ser un truco sentimental. Nadie es como tú. Te ofrezco mi vida. Tú eres todo para mí. Se disfrutan harto mientras no nos lastiman.

La fantasía es muy sabrosa, pero es una bebida fuerte. Con moderación, salva. Con exceso, mata. Por eso, estos feriados permiten que nosotros descansemos y que los otros descansen de nosotros. Como yo reduzco mi actividad en un 90%, de mí descansan mis clientes del litigio, mis adversarios del proceso, mis autoridades de resolución, mis socios del bufete, mis colaboradores de la oficina, mis alumnos de la universidad y mis amigos del corazón.

Tan solo prosigo acosando a mis lectores que atormento todos los viernes, a mi familia que siempre me acompaña en estas placenteras tres semanas y a mis libros que los maltrato todo un mes.

Ya he platicado que en mi remanso sureño yo obedezco nueve recetas que mi padre recomendaba para hacer de la lectura uno de los mayores placeres.

La primera, leer en español, uno de los lenguajes más bellos de Occidente. Segunda, hacerlo en un jardín aromatizado y no necesariamente en la biblioteca. Tercera, colocado bajo la sombra que proteja del sol del trópico húmedo. Cuarta, refrescar el ambiente y el sonido con el alboroto de un apantle o de una fuente de agua fresca que provenga del deshielo de las montañas.

La quinta, sexta, séptima y octava, acompañar el libro con un poco de queso fino de La Mancha, con un vaso de buen vino del Mediterráneo, con una taza de café robusto de la América Latina y con un tabaco fresco de las Antillas. El noveno y último elemento tiene que ser un agregado personal y exclusivo. Para cada quien, la paz, la serenidad, la compañía, el confort, la hora, la indumentaria o, incluso, la ayuda.

Leer así es todo un deleite. Pero Jorge Luis Borges decía que al placer de leer en mucho lo supera el placer de releer. Yo estoy de acuerdo, sin duda alguna.

Mucho de lo que leí de joven me ha acompañado casi todos los días. Hay fragmentos de obras que he leído más de cien veces a lo largo de la vida y puedo asegurar que la ocasión más reciente ha sido, hasta ahora, la más grata y fructífera de todas ellas.

Hay dos libros que viven en mi buró. Ellos son la Biblia y la Constitución. No piense el lector que soy muy buen creyente ni que soy muy buen ciudadano. Es tan solo que, durante las noches, me despojo de mi realismo tan brutalmente descarnado y me convierto en un niño ingenuo al que le gusta soñar con el mundo que esos dos libros nos prometen. No es malo soñar. Lo malo es no despertar.

Los acaricio. Les agradezco. En muchas noches, los consulto. Y, entonces, casi siempre se vuelven a cerrar ya con nuevas señales y con nuevas anotaciones. Eso significa que ya nos dijimos cosas nuevas, pero con las mismas palabras, como lo hacen los viejos amigos.

En fin, estos son los tiempos para descansar, para disfrutar y hasta para soñar en el respeto, en el honor, en la concordia, en la prosperidad, en la salud, en la suerte y en la felicidad. Para desear que, mientras no se inventen cinco mejores palabras… la paz esté con nosotros.

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