Bajo el sol de Satán

El presente no es una ‘opinión’, ni se refiere sólo a un hecho puntual

Hesiquio Trevizo
Presbítero
domingo, 17 febrero 2019 | 06:00

El presente no es una ‘opinión’, ni se refiere sólo a un hecho puntual. Hablando del periodismo, uno de los grandes, William Randolph Hearst III, dice: Tu oportunidad de ser diferente está en otra línea, ni siquiera en la ‘opinión’. Hay demasiada opinión, dice. “Es demasiado fácil de copiar. No quiero estar en un negocio en el que cualquiera puede opinar; cualquiera puede opinar, pero la opinión es eso, opinión, no criterio de verdad y sin verdad el periodismo se esfuma en ‘opiniones’”. El presente va más en la línea de un ensayo, aunque breve. Sí, la novela sobre un cura que quiso salvar las almas a costa de la suya propia. Eso es estar bajo el sol de Satán.

La caída de un sacerdote es una noticia ambicionada por la crónica. Ya no alcanza la altura de la novela; sólo es una novedad lúbrica, que reanima la moribunda y aburrida conversación de los salones, que llena de sonoras carcajadas la atmósfera vinolenta de las tabernas, que anima la aburrida conversación de las tertulias, que suple las ocurrencias de la política;  y se convierte en ocasión feliz para ver con lucidez la estupidez “de lo que predicamos”, (S. Pablo), lo ridículo de la virtud. ‘Pero los hombres ríen’, escribe Bernanos.

Esta obtusa, inconsciente y vulgar mezquindad, que se ríe, a la manera de Boccaccio, ante el abismo revelador de la miseria humana, nos hace desesperar de la humanidad y de su destino, más aún que la caída de un sacerdote, más que el propio abismo abierto por completo. Y esto debería darnos miedo.

Esta risa no es tonta. Ese pecado da a la conciencia como el sentido de la fatalidad del vicio y de la locura de la virtud; por eso la conciencia ya no se rebela, ya no lucha sino se echa en el cieno de una falsa paz de derrotado. Después de esto, se cree, la derrota del espíritu está garantizada. Y el odio refrenado, explota. 

Todo el que tenga corazón debe llorar al adivinar la amarguísima tristeza del que ha perdido el cielo sereno de la conciencia, la alegría del apostolado, la poesía de su sacerdocio, el éxtasis del Santo Sacrificio.

Y es que el sacerdocio es un peligro. Más aun, es el mayor peligro para la creatura humana, porque sí, como escribe Gustav Thibon, el peligro es una cuerda que se mece sobre el abismo, el peligro del sacerdocio oscila entre el cielo más alto y el infierno más profundo, entre la felicidad más extasiante y el tormento más desesperado. Es un juego mortal en el cual se apuesta el todo por el todo. La vida del sacerdote fluctúa entre el amor –y lo es gratis o no lo es– de una comunidad que ha llegado a ser su familia, la única familia y el desprecio y la soledad, a veces nada gloriosos, de un calvario. Pero la autocompasión es muy peligrosa. 

Lo ha reconocido un adversario leal: M. Noël Vesper, –pastor luterano que fue–, quien en su fascinante libro “Anticipation á une moral du risque”, dice: “Los sacerdotes, deliberadamente, por propia elección, están fuera de la condición natural de los hombres, y, para ellos, la aurora de su vocación es al mismo tiempo el ocaso de su destino”.

Y es que, en realidad, estamos ante un misterio, ante la fuerza aterradora del pecado que Cristo vivó en el Huerto; ante la fuerza perturbadora que destruye el entorno; es el gran desorden, que jamás, nadie, nunca, ni los más santos entre los santos, han vencido del todo. El pecado está detrás de los más grandes desórdenes de la historia. Los místicos hablan de “cobrar horror al pecado”. Es a esta fuerza terrible a la que se enfrenta Cristo en la noche helada del Huerto. Y Satanás aconseja la rendición.

El amargo sabor del pecado. El sufrimiento de Cristo en Getsemaní fue una única e interna experiencia del pecado humano. Jesús estaba libre de pecado. Él jamás cayó en la tentación, en el orgullo de la autosuficiencia; él permaneció fiel a la voluntad de Dios a lo largo de toda su vida. Esta ausencia de pecado es una característica especial del Salvador. Él se ha convertido en “el chivo expiatorio”, (en el sentido bíblico), de todos los pecados cometidos por el hombre y la mujer, y de todos los pecados que habrían de cometerse en el futuro. «Mi siervo justificará a muchos, porque cargó sobre sí los pecados de ellos». En efecto, Él tomó sobre sí la responsabilidad de cada traición e infidelidad, de cada injusticia, la desobediencia de cada hombre y de toda la raza humana, a la voluntad de Dios. Incluso la gente que está acostumbrada a la vida de pecado siente el remordimiento de la agonía cuando se enfrenta con la verdadera naturaleza y consecuencias de sus acciones pecaminosas. 

Para nosotros, pobre raza caída, el pecado es un hecho común y un compañero familiar, pero, para Cristo, el pecado es “la esencia y la ponzoña de la muerte”, dice el santo cardenal H. Newman. Lo insólito es que se trata de una solidaridad, o de una identificación espiritual de Cristo con la responsabilidad de los culpables, de todos nosotros, en todos nuestros pecados. Consecuentemente, para Jesús, esto significó un cruel y profundo tormento. Entonces el tema no se agota en los tribunales humanos y menos en el esquivo y fementido mundo mediático o en la toxicidad de las redes. ¡La violencia tiene tantas máscaras! Se trata de un misterio, del misterio del pecado que nos envuelve por completo. Se hace forma de relación y se transforma en cultura. Y aquí no hay lugar para la burla. Por ello, Jesús apostrofa a los hipócritas que en nombre de la santa ley intentan lapidar a la mujer adúltera: el que no tenga pecado que tire la primera piedra. Pero le advierte: no peques más.

 Y entonces surgen las preguntas últimas, definitivas: ¿Para quién, pues, es el cristianismo? ¿Quién podrá mantenerse puro? ¿Entonces el cristianismo es una utopía imposible? ¿Entonces la humanidad está encadenada al pecado con el determinismo y la fatalidad con que la piedra cae al fondo del abismo? Y con estas preguntas no se juega ni se ríe. “Quiero morir y estar con Cristo”, llora S. Pablo. “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de pecado?”, exclama.

“El odio de satanás está reservado para los santos” ha escrito G. Bernanos en tono mayor. “Vosotros, que no conocéis del mundo más que colores y sonidos sin sustancia, corazones sensibles, bocas líricas en las que la áspera verdad se derrite como un chocolate –pequeños corazones, pequeñas bocas-, todo esto no es para vosotros.

Vuestras acciones diabólicas están a la medida de vuestros nervios frágiles, de vuestros preciosos caprichos, y el satanás de vuestro extraño ritual no es más que vuestra imagen misma deformada, porque el devoto de la carne es el satanás de sí mismo. 

El enemigo os mira riendo, pero no ha puesto sobre ustedes sus garras. No está en vuestros libros llenos de chistes, ni en vuestras blasfemias y ni siquiera en vuestras ridículas maldiciones. No está en vuestras miradas ávidas, en vuestras manos pérfidas, en vuestras orejas llenas de viento.

Es inútil que lo busquéis en la carne más secreta que vuestro despreciable apetito atraviesa sin saciarse; de la boca con la que mordéis escurre una sangre insípida y descolorida. 

Pero en la oración del solitario, en su ayuno y en su penitencia, en el éxtasis más profundo y en el silencio del corazón, ahí el enemigo está presente. Envenena el agua lustral, arde en el cirio sacro, respira en el hálito de las vírgenes, se esconde en el flagelo del cilicio; prueba todos los caminos.

Vigila los labios que se abren para pronunciar la palabra de la verdad, persigue al justo entre los rayos y los relámpagos del éxtasis beatífico, lo alcanza, incluso, entre los brazos de Dios. ¿Para qué disputarle a la tierra tantos hombres que se retuercen como gusanos, aceptando que  ella los engulla de nuevo, mañana? Ese rebaño ciego va por sí solo a su destino” (Bajo el sol de Satán).  En forma coloquial, Satán no se preocupa de aquellos que ya estamos en su huacal, se preocupa de los santos.  Y el sacerdote es una presa más codiciada. Al cabo, Satán es el “acusador de los hermanos”.

El problema únicamente puede resolverse en un contexto de fe. Pero pienso que nos falta fe en Dios –en la acción de su Espíritu que nos trabaja internamente-; fe en los hombres– desconfiamos demasiado del otro, quizá porque tomamos como dato de control nuestra propia mediocridad interior-; fe en la Iglesia, que seguirá viviendo y operará la salvación por la mediación del sacerdocio ministerial. No puede no puede ser de otro modo; y fe en la fuerza de Cristo a través de los sacramentos. Nos urge a todos una reflexión profunda y personal para pulsar la profundidad, la vigencia y la esperanza de nuestra propia fe, no sea que se nos vaya diluyendo en inquietudes más o menos de fondo, o que lo hayamos perdido hace tiempo y aún no seamos conscientes de ello.

“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará todavía fe en el mundo”, dice Lucas (18.8).