Avelina y el sueño de ser maestra

Unos meses antes de la Revolución Mexicana, Juan decidió migrar al norte para huir de la miseria

Carlos Murillo
Abogado
domingo, 08 septiembre 2019 | 06:00

Papá Juan, así le decían sus nietos. Era un hombre de su época, quienes lo conocieron lo describen como un hombre callado, por momentos ausente; también fue un incasable trabajador del campo, de pocas palabras y con una conducta intachable. Papá Juan nació en Jerez de García Salinas, Zacatecas, en enero de 1876. Su primer hijo, Luis, nació a en 1897. 

Unos meses antes de la Revolución Mexicana, Juan decidió migrar al norte para huir de la miseria. El segundo hijo, Antonio, nació en Chihuahua, donde por cierto moriría muy joven, a los 30 años; “a Toñito se lo tragó el trío Chuviscar en una crecida” –solía decir mi tía Avelina–. 

En un cerro, Papá Juan y su familia fundaron la colonia ‘El Palomar‘. Durante un tiempo se dedicó a la labor en las fronteras del pueblo, pero sus últimos años trabajó en la cantería, era uno de muchos picapedreros que sacaron materia prima del Cerro Cantera y, las manos de estos artesanos, construyeron las casonas del Centro y restauraron el Palacio de Gobierno de Chihuahua por ahí de 1945.

Avelina, la primera nieta de Papá Juan, fue una niña muy inteligente que creció en el México posrevolucionario, cuando se fundaron las instituciones; en 1938, con la creación de la Secretaría de Salud, el Gobierno reclutó a adolescentes con estudios de primaria que supieran leer y escribir, les dieron un curso de trabajo social y las mandaron a los pueblos para ofrecer servicios de salud.

Fueron pocas las mujeres que se apuntaron para esta tarea. Avelina no tenía el permiso de sus padres, pero no lo necesitaba. Inspirada por el feminismo de la época, se fue a trabajar en una función pública que antes no existía y así comenzó a escribir su propia historia.

Viajaban en unos autos de carga rotulados “con el zopilotote” (el escudo nacional) y en caravana llegaban a los pueblos más alejados. La gente se acercaba a ver a los enviados del Gobierno federal como bichos raros, en muchos de esos pueblos era la primera vez que recibían los beneficios de la mentada revolución.

Después de trabajar unos meses en la Secretaría de Salud, Avelina –todavía de 14 años–, fue a buscar a Papá Juan a la labor y cuando lo encontró le dijo “quiero ser maestra, me voy a estudiar a la Normal”. No pedía permiso, ni era una amenaza, era un aviso. El abuelo nunca estuvo de acuerdo.

La Normal Superior Rural “Carmen de Peña Blanca” se fundó en 1930 y se le puso ese nombre en honor a la santa patrona de la región, en 1935 cambió el nombre de la escuela por “Ricardo Flores Magón”, después se cambió la sede de la Normal al pueblo de Salaises y finalmente se trasladó a Saucillo, donde se han formado miles de maestros hasta la fecha.

Durante dos años, Avelina estudió para ser maestra, después de graduada la enviaron al pueblo de Guadalupe, en el Valle de Juárez, donde llegó a los 16 años y se hizo cargo de la escuela. Tenía 15 alumnos de todas las edades, no había grados, ni grupos, la escuela era un salón, una maestra, las niñas y los niños. Un año después murió Andrea, la mujer de Papá Juan, quien estuvo enferma durante meses de pulmonía, pero se complicó el padecimiento antes de cumplir medio centenario. “La mató la pobreza”, decía Papá Juan porque no pudo llevarla a otro hospital.

Avelina había cumplido su sueño de ser maestra, durante sus primeros días en Guadalupe envió una carta para Papá Juan, donde le cuenta lo feliz que estaba de poder enseñar con una impecable letra cursiva. 

Unos días después llegó la respuesta. Papá Juan fue a que le leyeran el mensaje en un escritorio público que estaba enseguida de la Catedral e inmediatamente le dictó una respuesta al escribiente que tundía las teclas a ritmo de swing en su máquina de escribir marca Royal. “Recibí tu carta. Estoy feliz por ti. Te escribiré cada semana. Te quiere, Papá Juan”, adentro del sobre venía un billete de 10 pesos -ese que trae la imagen de una joven en traje de tehuana-. Desde aquel día, cada lunes llegó una carta con el mismo mensaje y con la misma cantidad. Esto ocurrió durante cinco años seguidos.

La maestra Avelina regresó a la capital para ser directora de una escuela ubicada sobre la calle 28, la primaria hoy se llama “Porfirio Parra”, pero en ese entonces ni nombre tenía. Era el año de 1957 y la escuela eran unos cuartos de madera. 

Avelina, de 21 años, fue al Palacio de Gobierno y pidió hablar con el gobernador, don Teófilo Borunda; después de esperar varios días sin obtener respuesta del despacho, decidió hacer guardia afuera del Palacio hasta que saliera el mandatario.

Cuando lo vio bajando las escaleras se acercó y le dijo en tono de exigencia “Señor gobernador, constrúyame una escuela”, don Teófilo volteó a ver a la joven maestra, no pudo ocultar su asombro al ver el arrojo y la valentía con que la joven alzó la voz para exigirle. El gobernador, intrigado le preguntó “¿quién es usted?”, la maestra le dijo en tono aguerrido “soy una maestra que viene a hablar por los niños”. 

El gobernador sonrió tras la respuesta y dio órdenes para que inmediatamente le construyeran la escuela a la maestra. Por las mismas fechas murió Papá Juan tras una larga enfermedad pulmonar, provocada por respirar el polvo de la cantera. “Lo mató el cerro “, solía decir Toñita, prima de Avelina. Tras la muerte de Papá Juan, la familia guardó luto por décadas.

Cada persona tiene una historia. El viernes pasado, un grupo de maestras de la Normal de Saucillo exigieron legalidad y transparencia en la asignación de plazas, tras la manifestación de inconformidad detuvieron a tres de las maestras, una de ellas aparece en medios de comunicación esposada en el sótano del Salón Castello.

¿Qué hubiera hecho Avelina si le roban su sueño de ser maestra? ¿Qué les hubiera dicho a los rufianes que hoy trafican con plazas de maestros? ¿Cómo les contestaría a los policías enviados por la presidenta municipal y el gobernador para intimidar? Creo que hubiera hecho lo mismo que las maestras normalistas.

Es una aberración, una vergüenza nacional, una infamia que se use la fuerza pública con manifestantes que hacen uso de sus libertades al exigir sus derechos y es más agravio para los chihuahuenses que lo hagan con las jóvenes maestras que son formadoras de nuestros niños.

Por la memoria de mi tía Avelina, hoy repudio el autoritarismo y la represión contra las maestras normalistas y me uno a la exigencia de justicia laboral en el magisterio.

¡Nadie tiene derecho a robarles el sueño de ser maestras!