Opinión

Arriba Juárez

Creo que las y los juarenses somos —al igual que Juan Gabriel— individuos acostumbrados al trabajo arduo y al abandono sistemático

Iván González Ibarra
Historiador/Académico

jueves, 08 julio 2021 | 06:00

“La verdad es que en ese tiempo no hallaban qué hacer conmigo, pero con el tiempo no hallaron que hacer sin mí”, sentenciaba en una entrevista el cantautor mexicano más reconocido de los últimos tiempos, el hijo adoptivo de Ciudad Juárez: Alberto Aguilera Valadez, mejor conocido como Juan Gabriel.

El oriundo de Parácuaro, Michoacán fue —al igual que muchos de nuestros padres y abuelos— un migrante involuntario traído por su familia a esta frontera desde muy temprana edad. Hoy en día Juan Gabriel representa para las y los juarenses un símbolo de alegría, tolerancia y resiliencia ante las peores adversidades.

¿Cómo podemos abordar desde una perspectiva histórica la vida de este gran artista juarense? ¿Cómo le explicamos a nuestros hijos e hijas que aquí en la ciudad en que les tocó nacer, se formó uno de los artistas más representativos de México?

Para hacer un análisis desde una perspectiva historiográfica y biográfica es indispensable acudir al entorno y a las circunstancias que formaron el carácter y abonaron al bagaje cultural de Juan Gabriel, algo que Pierre Bourdieu llama “capital cultural”. Desde luego por el breve espacio provisto es imposible plantear un trabajo de esa magnitud, sin embargo considero importante concentrarnos en el entorno que como juarenses compartimos con el aclamado compositor.

El capital cultural no es otra cosa que el lugar y el ambiente en el que nos desenvolvemos, las costumbres, las tradiciones, los aprendizajes, las formas de hablar, vestir, comer, hacer y pensar, todos esos elementos que nos forjan como actores sociales dentro de un espacio determinado. Como originario de Juárez me gusta pensar que al igual que Juan Gabriel vivimos en un espacio de tolerancia, producto de las grandes adversidades que hemos sorteado, pero también como resultado de un entorno cultural amplio y diverso.

La región que habitamos se vio impactada por un boom demográfico a mediados del siglo XX, entre 1940 y 1960 Ciudad Juárez creció a ritmos de hasta el 300% anual, debido a una migración sin precedentes provocada por el llamado “Programa Bracero”. El Convenio Binacional de Trabajadores Huéspedes atrajo a familias de Zacatecas, Michoacán, Durango y Coahuila para trabajar en los campos de algodón del suroeste norteamericano.

En el caso de la familia de Juan Gabriel, no fue la intención venir a Juárez para cruzar la frontera, su llegada se debió a las redes que su madre había tendido con su patrona, la señora María Romero Mora, quien les recibió al llegar a esta ciudad. La sincronía de costumbres sería característica del Juárez que le tocó vivir a Alberto Aguilera, la misma mescolanza de costumbres y tradiciones que heredamos las y los juarenses.

Con una infancia marcada por el abandono, el llamado “Divo de Juárez” debió ingresar como interno al Centro de Readaptación Social para Menores a la corta edad de 5 años, ahí conoció a “su primer gran amigo…un lindo viejito que se llamaba Juan”, por quien se puso su nombre artístico, pues fue él quien le “enseñó a trabajar”.

Creo que las y los juarenses somos —al igual que Juan Gabriel— individuos acostumbrados al trabajo arduo y al abandono sistemático, junto con “El Divo” somos producto de las circunstancias adversas que implican habitar un desierto en condiciones de pobreza. Con tristeza he de señalar que aún hay casas sin agua, sin drenaje, sin gas y sin luz, y con calles de terracería como a él le tocó vivir.

Habitamos la misma pobreza que él habitó y salimos adelante trabajando igual que él, por eso en Juárez habemos pura gente sincera y tolerante, pero sobre todo orgullosa de ser como es.

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