Opinión

Aquí están sus Indios

El mes de octubre huele y sabe a béisbol. Suelo dedicarle, en algún día de cada otoño, un artículo. Lo llaman el Rey de los Deportes y quizá, en cada juego, se reivindica esa denominación

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 09 octubre 2021 | 06:00

El mes de octubre huele y sabe a béisbol. Suelo dedicarle, en algún día de cada otoño, un artículo. Lo llaman el Rey de los Deportes y quizá, en cada juego, se reivindica esa denominación. Lo mismo puede ser en un llano, plagado de parcelas de lodo, que en el más majestuoso estadio de las Grandes Ligas, lo cierto es que en cada juego encontraremos algo que nos haga decir que valió la pena entrar en sintonía con su parsimonia y su ritmo, que a muchos les parece aletargado. Lo que pasa es que en el béisbol el que juega es el hombre y el tiempo se erige en algo enteramente prescindible.

En Ciudad Juárez hay una buena y conocedora afición. Una afición que ha sido testigo de las mayores glorias a nivel nacional. “Aquí están sus Indios”, gritaba ante el micrófono uno de los cronistas que narraba las hazañas del equipo grande, en ese ya lejano año de 1982, en que se coronaba la plantilla comandada por el legendario Zacatillo Guerrero ante unos Tigres capitalinos, en una serie que la novena juarense se llevó bajo la friolera de cuatro juegos a cero. Por primera vez en su historia, los Indios de Juárez de la entonces Liga Mexicana de Béisbol, saboreaban el indiscutible triunfo después de arañar el codiciado galardón en varias intentonas anteriores.

Y no era para menos, se trataba de un equipo espectacular. Con una rotación de abridores y relevistas de primera línea. Rafael García, Mike Paul, Miguel Alicea, el “ex big leaguer” José “Peluche” Peña, sin olvidar a quien poco tiempo después sería una estrella en las Ligas Mayores, Teodoro Higuera, entre otros. Bateadores de gran poder, como Terry Lee y Gregory Biagini, combinados con el bateo oportuno de Bobby Smith y la inolvidable velocidad en los senderos de Antonio Briones. Un trabuco pues, que brindó muchas satisfacciones a su público.

Esa fabulosa etapa del deporte juarense coincidió con la que constituye una de las mejores manifestaciones del periodismo escrito deportivo de la localidad. En buena parte, auspiciada por la pluma de Ramón Guzmán Gallegos, en la sección deportiva de este periódico. La crónica y la entrevista en la máquina de escribir de Guzmán Gallegos eran otra cosa. Como luego se dice, se metía hasta la cocina para darle cuerpo a sus crónicas y a las entrevistas a los Indios y a los jugadores visitantes. Combinaba una agilidad portadora de toques lúdicos con el robusto conocimiento que tenía del béisbol y de otros deportes. Conocía su oficio, quizá como pocos en la entidad.

A los pocos años ese emblemático equipo, del que la pluma de Guzmán Gallegos tanto se ocupó, desapareció. Un conjunto de factores contribuyeron a que Ciudad Juárez se quedará sin equipo de categoría nacional. Hoy, la afición se tiene que conformar con un breve calendario propio de una Liga Estatal, cuyo nivel no se demerita, pero que poco tiene que ver ya con las hazañas de aquellos legendarios jugadores que pusieron a la ciudad en el candelero nacional.

Muchos de los niños de ese entonces nos acercamos a este bello deporte por el influjo de una novena que todos queríamos emular. Las cuadras de los barrios se llenaban de pequeños “Teodoros Higuera” jugando con pelotas cubiertas de “type” negro, que a las primeras de cambio dejaban ver sus entrañas, sin que esto fuera pretexto para terminar el juego.

Coexistiendo con el “boom” de los Indios de Juárez, en Los Ángeles, California, un jovencito que no llegaba a los 20 años se convertía en el fenómeno deportivo del momento. Su bola de tirabuzón dejaba quietos en el plato a los mejores bateadores del mundo. Ni el célebre Reggie Jackson lograba descifrar los códigos de sus lanzamientos. Fernando Valenzuela, el “Toro de Etchohuaquila” empezaba a hacer historia. Medio México se paralizaba para verlo lanzar. La “Fernandomanía” daría mucho de que hablar en los siguientes años.

Hoy, cuatro décadas después, un talentoso joven mexicano saldrá a cumplir en la clásica postemporada de las Ligas Mayores con las responsabilidades propias del diamante. Los ojos de todos los aficionados estarán puestos nuevamente en Julio Urías, pitcher de los Dodgers de Los Ángeles, miembro ya del exclusivo club de mexicanos poseedores de 20 triunfos en una campaña.

Urías, joyas finas, como yo le digo, saldrá al montículo y nos hará evocar, en cada lanzamiento, el linaje de los grandes peloteros mexicanos.

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