Opinión

Apología del delito

La nueva temporada de la serie 'Narcos: México', subida recientemente a la plataforma de Netflix y que se centra en el período del dominio de Amado Carrillo Fuentes, ha traído de nuevo a colación la reiterada discusión por los alcances de la denominada 'Apología del delito'

Jesús Antonio Camarillo
Académico

sábado, 20 noviembre 2021 | 06:00

La nueva temporada de la serie “Narcos: México”, subida recientemente a la plataforma de Netflix y que se centra en el período del dominio de Amado Carrillo Fuentes, ha traído de nuevo a colación la reiterada discusión por los alcances de la denominada “Apología del delito”. En términos generales, esta ha sido concebida como la manifestación de un elogio, solidaridad pública o la misma glorificación de un hecho delictivo o de su autor. Se trata de una figura jurídica cuyos orígenes se remontan, en México, a la segunda parte del siglo XIX. Irrumpe en el Código Penal para el Distrito y Territorios Federales de 1871, ubicándose el tipo penal en el capítulo concerniente a los “delitos contra el orden de la familia, la moral o las buenas costumbres”.

No es necesario añadir elementos o rasgos que resalten el carácter conservador del entorno normativo e histórico que rodea a la inclusión de la apología del delito en el catálogo criminal de ese entonces. Estamos hablando todavía del siglo XIX y por más matices de renovación moral e ideológica que ya se identifiquen ahí, es claro todavía el influjo de concepciones ancladas en la idea de una moralidad única y estereotipada. La incorporación de la “Apología del delito” en el capítulo relativo a delitos “contra el orden de la familia, la moral o las buenas costumbres” dice mucho sobre el talante ultraconservador que subyace en la motivación originaria de la inclusión de esta figura. Motivación que permeó en codificaciones posteriores. En el Código para el Distrito y Territorios Federales de 1929 es incluida también en el capítulo relativo a “delitos contra la moral y las buenas costumbres”, así como en la codificación de 1931. Y de ahí para adelante, codificaciones estatales y vetustos reglamentos de “policía y buen gobierno” suelen introducirla en sus  numerales. En estos últimos, apareciendo como falta de carácter administrativo que, de cualquier forma, posibilita la detención o la multa al infractor.

En el vigente Código Penal Federal  ya no se incluye en capítulos con rótulos tan anacrónicos pero se sigue tipificando con una textura abierta impresionante, que da pie a una notoria vaguedad. El artículo 208 señala que “Al que provoque públicamente a cometer un delito, o haga la apología de este o de algún vicio, se le aplicarán de diez a ciento ochenta jornadas de trabajo en favor de la comunidad, si el delito no se ejecutare; en caso contrario se aplicará al provocador la sanción que le corresponda por su participación en el delito”. Tal como está descrito el tipo penal queda la impresión de que todo y al mismo tiempo nada, entra en el abierto juego entre el lenguaje y el comportamiento desplegado por el eventual imputable.

Pero además, no debemos olvidar, que a nivel global, la intromisión de la punibilidad de las conductas “apologéticas” del delito ha servido históricamente para engrosar el recorte de libertades y ha constituido un modelo instrumental idóneo para los gobiernos cuando de socavar la crítica y el disenso se trata. Crear nuevos delitos y hacerlos coexistir con el bloque de las apologías del delito resulta una fórmula idónea para acotar la disidencia.

No dejemos pasar por alto tampoco que lo que entendemos por “delito” tiene una dimensión social e histórica que no se puede reducir a la manoseada concepción de la dogmática penalista que lo limita conceptualmente a un acto humano típicamente antijurídico y culpable. Muchos de los actos más deleznables en la historia de la humanidad no eran considerados, en su momento, como “delitos” frente al reproche penal. Otros lo eran y ahora pueden calificarse inclusive como actos heroicos, o simplemente, como indiferentes frente a los efectos y la fuerza del derecho represivo. De forma que, si se insiste en seguir aludiendo a una “apología del delito”, los contornos de la figura tienen que acotarse con las tijeras de un legislador que tome en cuenta todo lo que está en juego y no solamente legislar con el pulso de la moralidad que le heredaron sus “padres fundadores”.

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